En estos días
pasados se ha dado la circunstancia de coincidir en un pequeño espacio de
tiempo las fechas de las evocaciones del nacimiento y de la muerte de dos almas
inigualables unidas por un mismo amor: las palabras. Me refiero a los autores
Mariano José de Larra y Miguel Hernández.
El primero al conmemorarse los doscientos años de su nacimiento. El 24 de marzo
de 1809 vio la luz por primera vez, aunque tristemente decidiera acabar con sus
desdichas con tan sólo 27 años.
El segundo porque un 28 de
marzo murió, a causa de sus heridas y enfermedades a lo largo de su
encarcelamiento y que no fueron tratadas quizás para acrecentar su sufrimiento
y agonía. Sin embargo, no pudieron cerrar sus inmensos ojos que habían
observado tanta vida y tanto horror. El poeta escribiría: "Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte". Indicar queEl Congreso de Diputados
aprobó por unanimidad que 2010 sea declarado "Año Miguel Hernández"
en España.
Ambos representan una parte muy importante de la obra de nuestro país y del
saber interpretar la realidad de España a través de su historia y sus
acontecimientos. A su vez, sus obras siguen tan vigentes como cuando las
concibieron.
En el caso de Larra, un -hasta entonces desconocido- joven Zorrilla leyó una
elegía, se dice que improvisa y entre lágrimas, ante su tumba como final digno
de una vida y una personalidad apasionadas. Quiso recordar la hermosa elegía
que Luis Cernuda escribió al pasional Larra:
A LARRA
CON UNAS VIOLETAS
Aún se queja su alma vagamente,
El oscuro vacío de su vida.
Mas no pueden pesar sobre esa sombra
Algunas violetas,
Y es grato así dejarlas,
Frescas entre la niebla,
Con la alegría de una menuda cosa pura
Que rescatara aquel dolor antiguo.
Quien habla ya a los muertos,
Mudo le hallan los que viven.
Y en este otro silencio, donde el miedo impera,
Recoger esas flores una a una
Breve consuelo ha sido entre los días
Cuya huella sangrienta llevan las espaldas
Por el odio cargadas con una piedra inútil.
Si la muerte apacigua
Tu boca amarga de Dios insatisfecha,
Aspira el leve dón, sombra sentimental,
En esa paz que bajo tierra te esperaba,
Brotando en hierba, viento y luz silvestres,
El fiel y último encanto de estar solo.
Curado de la vida, por una vez sonríe,
Pálido rostro de pasión y de hastío.
Mira las calles viejas por donde fuiste errante,
El farol azulado que te guiara, carne yerta
Al regresar del baile o del sucio periódico,
Y las fuentes de mármol entre palmas:
Aguas y hojas, bálsamo del triste.
La tierra ha sido medida por los hombres,
Con sus casas estrechas y matrimonios sórdidos,
Su venenosa opinión pública y sus revoluciones
Más crueles e injustas que las leyes,
Tal inmenso bostezo demoníaco;
No hay sitio en ella para el hombre solo,
Hijo desnudo y deslumbrante del divino pensamiento.
Y nuestra gran madrastra, mírala hoy deshecha,
Miserable y aún bella entre las tumbas grises
De los que, como tú, nacidos en su estepa,
Vieron mientras vivían morirse la esperanza,
Y gritaron entonces, sumidos por tinieblas,
A hermanos irrisorios que jamás escucharon.
Escribir en España no es llorar, es morir,
Porque muere la inspiración envuelta en humo,
Cuando no va su llama libre en pos del aire.
Así, cuando el amor, el tierno monstruo rubio,
Volvió contra ti mismo tantas ternuras vanas,
Tu mano abrió de un tiro, roja y vasta, la muerte.
Libre y tranquilo quedaste en fin, un día,
Aunque tu voz sin ti abrió un dejo indeleble.
Es breve la palabra tal el canto de un pájaro,
Mas un claro jirón puede prenderse en ella
De embriaguez, pasión, belleza fugitivas,
Y subir, ángel vigía que atestigua del hombre,
Allá hasta la región celeste e impasible.
A su vez, Pablo Neruda escribiría sobre Miguel Hernández un recordatorio a su memoria, a su obra y a su persona:
Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y
recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos
poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya
estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra.
No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de
Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de
panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la
sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel
momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre
sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio,
enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a
golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de
una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la
luz!