He de confesar que tengo una cierta afición que nadie, y digo absolutamente nadie, conocía hasta el momento.
Me
gusta el arte, en todos sus aspectos y aunque sea ignorante en la
mayoría de las artes. Y me gusta la pintura, su creación e intento
entenderla, aunque me resulta más fácil "que me llegue".
A esto le
añado que archivo -buscando, recopilando y por ello coleccionando-
cuadros, obras y demás elementos pictóricos relacionados con un tema
común: una espalda desnuda femenina.
No, no hace falta echarle
imaginación al asunto; por lo pronto descartar el que sea "homo" o "bi"
(a no ser que no me haya dado cuenta hasta el momento), sin que ese
pensamiento que a más de uno le habrá llegado a su cabecita me origine
ningún conflicto; es más, muchas mujeres no sólo podemos envidiar el
cuerpo de las otras, sino también admirar y recrearnos en el cuerpo de
otra mujer. Sí, por muchos motivos que no detallo para no extender más
la cuestión, pero es que además estoy hablando de la belleza de esa
parte femenina en el arte.
¿El por qué de la belleza de un desnudo
femenino?, ¿en concreto un desnudo de su espalda?. Es sencillo de
explicar, o debería serlo.
Mi propia espalda es el motivo en sí. Hay dos cuestiones.
La
que tendría que ser la primera, y en realidad es algo secundario
-creo-, es que no sólo es el eje del cuerpo que me sostiene, pues
también es "culpable" de mi debilidad física. Culpable sin quererlo,
por la imposición de los acontecimientos que en mi vida se han ido
dando. Aunque esto es algo que llegó después.
La primera cuestión
procede de años atrás. Un día en clase del instituto, estando de pie
sujeta sobre la mesa de unos compañeros con los que charlaba, otro
compañero se acercó y suavemente sus labios recorrieron -el tiempo que
pudo darle mi reacción- mi nuca (llevaba el pelo recogido). Me giré
desconcertada y al ver su sonrisa socarrona -y la confianza que le
tenía- le pregunté el motivo de ese "afecto repentino". No pudo ser más
sincero: aún a pesar de que igual se había extralimitado y pidiéndome
disculpas si me había ofendido (y si le prometíamos que nadie se lo
comentaría a su novia), ¡no lo había podido evitar!: "tienes una nuca
cuyo recorrido inferior está por encima de cualquier método que he
intentado usar para no caer en la tentación de poder llegar a sentirla,
aunque fuera por un instante".
Eso me dejó más perpleja y ante las
risas del resto del grupo, giré atónita entre los que estaban en el
pupitre y él; qué cara no pondría yo que se me puso casi de rodillas
reiterando que le perdona, que había sido un impulso incontrolable y
que llevaba toda la tarde obsesionado e intentando reprimirlo. Se puso
tan serio al observar que yo no le respondía nada que los demás, que al
igual que el resto de toda la clase sabía de sus chanzas, bromas y de
su tono cercano y bonachón, se percataron de la tensión que se
masticaba en el ambiente.
Pude decirle de todo, sí, pero me
perdieron sus ojos sinceros, sus pómulos enrojecidos de adolescente a
punto de ser flagelado con mi respuesta y mi ¡incomprensible vanidad!.
Sí, me sentí halagada. Y es más, había tocado mi "punto débil". Quizás
el de la vanidad, sí, pero a su vez todo mi cuerpo tembló al sentir su
amago de beso y aún retumbaba en su defensa la palabra mágica: " ...
tentación".
Quedó en anécdota el hecho, aunque estuvo un tiempo
repitiendo sus disculpas e intentando explicarse una y otra vez, y
también el tiempo afirmó lo que había sentido: veo en la espalda de las
mujeres trazadas la mía propia y el reflejo de esa tentación que puede
causar, lo cual para mí es un gozo.