ANA
el más bello nombre. Tres símbolos asentados, arraigados en la Tierra
te definen, como eres tú: principio... y punto y seguido. Como la
Madre Tierra.Pienso tantas veces que no cumplo mis promesas que hasta me he habituado a confesarme culpable de ello. Es cierto que son bastantes las ocasiones en las que es así, y otras no me es posible cumplirlas.
Querido amigo, amigo y camarada. ¡Tanto, tanto, tanto cuesta vivir!. En estas últimas noches quise hacerte compañía. Tomaste la iniciativa (¡divina iniciativa!) de utilizar el teléfono. Al ver el prefijo, ya sabía que podías ser tú. En estas largas charlas -como nos comentábamos con risa- aprovechando estas intuiciones que dejé de considerar y vuelvo a retomarlas pues suelen ser ciertas, a falta de otra profesión (obviando, por lo pronto, el hacer horas extras en la Casa de Campo) estoy por la labor de crear un gabinete de tarot y así predecir (con muy buenas referencias, espero, y mejores ganancias) el futuro que les deparará a otros; y sí, algo de brujita he de tener, pues el prefijo podría haber sido de otros tantos que viven por allí, pero eras tú quien llamaba.
La emoción que sentí al oír tu dulce voz era tanta como las ganas de que pudieras usar cuando quisieras ese número que te di. No fue nada complicado, ni un solo titubeo, porque no hubo que romper un hielo que no existía; era como si nos conociéramos de toda la vida. Y es que, en realidad, nos conocemos. Y nos queremos.
Me preguntaste si me molestaba que me llamaras, ¿cuántas veces lo habrás preguntado en las dos largas conversaciones que hemos tenido?. Y hasta, en principio, te confundía (suelo confundir, soy confusa, ¡no sé!, es algo que me viene ocurriendo con demasiada frecuencia) el que de una manera natural, sin dar tiempo a un “razonamiento” en la respuesta te dijera una y otra que no, que no, que no. Y es que pese a las horas, yo estaba aquí, con mis lamentos, y tú allí, con los tuyos. Y ambos son los mismos.
Se supone que yo tendría que haberte acompañado, dejar mi hombro para que reposaras tu dolor, ¡y han sido tantas, tantas las cosas que nos hemos dicho, sin que precisáramos decirnos, que también usaba tu hombro para reposar mi dolor!. Cuando se quiere como nos queremos hasta las palabras sobran. Por eso incluso un momento de silencio era también otro pilar de apoyo. Lo que me contabas, sin concretar, y lo que te respondía no ha sido tan importante como lo que tú me has dicho ante mi dolor. ¡Y yo que esperaba ser un consuelo sujeto por un hilo de teléfono!; pero no, hemos sido un hilo común con una lucha ligada: la de soportar el dolor del corazón unidos ante la misma causa.
Camarada, amigo, mi amigo del alma, ¡cuánto sabes dar sin que se te pida!. Reímos varias veces, ¡tantas horas dieron tiempo a pasar por tortuosos momentos, espacios de relajada conversación de amigos de toda la vida y hasta soplos de bromas para poder acallar los sollozos!. Lloré contigo, sentí tu llanto contraído conmigo; te sentí tan cercano como sabía que serías. Me preguntaste en un momento dado: “¿quién sufre más?, ¿quién deja o quién es dejado?”. Respiré profundo, quise responderte… pero no pude, intenté decir algo pero me pudo el llanto y sólo supe decir lo que sé: “no lo sé”. Te sentiste angustiado, casi pidiendo disculpas. Siempre con tu encanto, con tu delicadeza, pensando no sólo en ti.
Tenemos los dos el corazón roto y es difícil dejarlo echar a volar para que se recomponga junto al ser querido; demasiadas cadenas nos atan en cada caso.
Me preguntabas una y otra vez si estaba arrepentida de haber descolgado el teléfono, de si me habías defraudado. Y yo, sin duda alguna, rotunda, te decía una y otra vez que no, que todo lo contrario. Y entonces volvíamos a bromear por aquello de no andar con halagos, ¡lo recuerdo y me viene la risa!, me rectificabas: “no son halagos, es lo mejor que he podido hacer: llamarte”. Y yo, sintiéndome no sólo útil, sino turbada también por la sinceridad de tus palabras, te decía que era lo mejor que podías haber hecho, pues así la noche, las noches fueron para los dos más llevaderas. Fueron (serán siempre que “nos necesitemos”, nos prometimos con toda la confianza de los amigos sin nada que esconder sobre sus almas) de las mejores noches que en estos dos meses he tenido. Porque yo pensé que te haría compañía y eso me haría sentirme feliz al no dejarte sólo con tu dolor; pero nunca pensé que pudiera llorar por tanto sentimiento que me ahoga (al igual que a ti) y sentirme arropada con el cariño con que decías mi nombre y casi (bueno, sin el casi, con dulzura, pero con convicción a su vez) me regañabas al valorarme de la manera que lo hago.
[...]
"... Incluso a través del dolor y la pena
viendo que sigo yendo a donde sea
aunque traté y traté de ocultar mis sentimientos
siempre me vieron demostrarlos ..."