Domingo, 26 de julio de 2009
ANA el más bello nombre. Tres símbolos asentados, arraigados en la Tierra te definen, como eres tú: principio... y punto y seguido.  Como la Madre Tierra.

Tres "Anas" hay enraizadas en la misma raíz; dos son brazo y la rama de tu mismo tronco.

Tienes la fortaleza de la que emana vida, de la que todo lo da por sus hijos. Eres a quién todos regresamos, como se regresa a la Madre Tierra.

Piensas que no, pero pronto, antes de lo que creas, volverás a ser ANA: Tierra, tronco, vida,  madre, abuela. Volverás a ser fuerza y a sentir la fuerza.

Y volverás a caminar las calles de Madrid. Y volverás a conocer otras tierras. Y volverá el agua mansa a tu seno, como llega cada río a su mar.

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Puede que siga...

Publicado por Sina_Garcia @ 6:36  | Sina y sus Vivencias
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Lunes, 20 de julio de 2009

Pienso tantas veces que no cumplo mis promesas que hasta me he habituado a confesarme culpable de ello. Es cierto que son bastantes las ocasiones en las que es así, y otras no me es posible cumplirlas.

Querido amigo, amigo y camarada. ¡Tanto, tanto, tanto cuesta vivir!. En estas últimas noches quise hacerte compañía. Tomaste la iniciativa (¡divina iniciativa!) de utilizar el teléfono. Al ver el prefijo, ya sabía que podías ser tú. En estas largas charlas -como nos comentábamos con risa- aprovechando estas intuiciones que dejé de considerar y vuelvo a retomarlas pues suelen ser ciertas, a falta de otra profesión (obviando, por lo pronto, el hacer horas extras en la Casa de Campo) estoy por la labor de crear un gabinete de tarot y así predecir (con muy buenas referencias, espero, y mejores ganancias) el futuro que les deparará a otros; y sí, algo de brujita he de tener, pues el prefijo podría haber sido de otros tantos que viven por allí, pero eras tú quien llamaba.

La emoción que sentí al oír tu dulce voz era tanta como las ganas de que pudieras usar cuando quisieras ese número que te di. No fue nada complicado, ni un solo titubeo, porque no hubo que romper un hielo que no existía; era como si nos conociéramos de toda la vida. Y es que, en realidad, nos conocemos. Y nos queremos.

Me preguntaste si me molestaba que me llamaras, ¿cuántas veces lo habrás preguntado en las dos largas conversaciones que hemos tenido?. Y hasta, en principio, te confundía (suelo confundir, soy confusa, ¡no sé!, es algo que me viene ocurriendo con demasiada frecuencia) el que de una manera natural, sin dar tiempo a un “razonamiento” en la respuesta te dijera una y otra que no, que no, que no. Y es que pese a las horas, yo estaba aquí, con mis lamentos, y tú allí, con los tuyos. Y ambos son los mismos.

Se supone que yo tendría que haberte acompañado, dejar mi hombro para que reposaras tu dolor, ¡y han sido tantas, tantas las cosas que nos hemos dicho, sin que precisáramos decirnos, que también usaba tu hombro para reposar mi dolor!. Cuando se quiere como nos queremos hasta las palabras sobran. Por eso incluso un momento de silencio era también otro pilar de apoyo. Lo que me contabas, sin concretar, y lo que te respondía no ha sido tan importante como lo que tú me has dicho ante mi dolor. ¡Y yo que esperaba ser un consuelo sujeto por un hilo de teléfono!; pero no, hemos sido un hilo común con una lucha ligada: la de soportar el dolor del corazón unidos ante la misma causa.

Camarada, amigo, mi amigo del alma, ¡cuánto sabes dar sin que se te pida!. Reímos varias veces, ¡tantas horas dieron tiempo a pasar por tortuosos momentos, espacios de relajada conversación de amigos de toda la vida y hasta soplos de bromas para poder acallar los sollozos!. Lloré contigo, sentí tu llanto contraído conmigo; te sentí tan cercano como sabía que serías. Me preguntaste en un momento dado: “¿quién sufre más?, ¿quién deja o quién es dejado?”. Respiré profundo, quise responderte… pero no pude, intenté decir algo pero me pudo el llanto y sólo supe decir lo que sé: “no lo sé”. Te sentiste angustiado, casi pidiendo disculpas. Siempre con tu encanto, con tu delicadeza, pensando no sólo en ti.

Tenemos los dos el corazón roto y es difícil dejarlo echar a volar para que se recomponga junto al ser querido; demasiadas cadenas nos atan en cada caso.

Me preguntabas una y otra vez si estaba arrepentida de haber descolgado el teléfono, de si me habías defraudado. Y yo, sin duda alguna, rotunda, te decía una y otra vez que no, que todo lo contrario. Y entonces volvíamos a bromear por aquello de no andar con halagos, ¡lo recuerdo y me viene la risa!, me rectificabas: “no son halagos, es lo mejor que he podido hacer: llamarte”. Y yo, sintiéndome no sólo útil, sino turbada también por la sinceridad de tus palabras, te decía que era lo mejor que podías haber hecho, pues así la noche, las noches fueron para los dos más llevaderas. Fueron (serán siempre que “nos necesitemos”, nos prometimos con toda la confianza de los amigos sin nada que esconder sobre sus almas) de las mejores noches que en estos dos meses he tenido. Porque yo pensé que te haría compañía y eso me haría sentirme feliz al no dejarte sólo con tu dolor; pero nunca pensé que pudiera llorar por tanto sentimiento que me ahoga (al igual que a ti) y sentirme arropada con el cariño con que decías mi nombre y casi (bueno, sin el casi, con dulzura, pero con convicción a su vez) me regañabas al valorarme de la manera que lo hago.

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Publicado por Sina_Garcia @ 3:38  | Sina habla
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Mi?rcoles, 01 de julio de 2009
"I Never Can Say Goodbye" (The Jackons Five)



Nunca puedo decir adiós...

Mucho y mucho se ha dicho, se dirá y seguirá diciéndose, y vendiendo con ello, sobre la vida de Michael Jackson. Dichos y desdichos van apareciendo cada hora, cada minuto,... y al final la muerte seguramente no buscada, sólo para aliviar el dolor; un dolor físico; salta a las noticias que su cadáver pesaba 51 kilos, que presentaba costillas rotas a causa de la caída en los ensayos previos a su nueva gira, que el cardiólogo no era uno de sus médicos habituales, sino que había sido contratado bajo la presión de Jacko para poder poner en forma un corazón y un físico debilitado; un dolor del corazón, quizás, un dolor de los sentimientos; de querer querer y no poder saber o no poderlo demostrar; del dolor emocional, ese dolor que va en aumento día a día, mes a mes, año a año, si no se ponen las medidas oportunas.
Quizás tenía el mejor equipo médico a su alcance, los mejores medios sanitarios en su propia villa. Pero quizás le faltó alguien que pudiera ayudarle a superar lo que no es fácil hacerlo: el no tener una infancia.
Igual él pensaba que lo tenía todo, que todo lo que tenía era suficiente o lo podía comprar, pero la infancia no se puede recuperar. Al menos no las secuelas que marcan de por vida y que sólo con la ayuda de un médico adecuado pueden ser sobrepasadas o, al menos, no llegar a hacerte daño; a autodestruirte. Pero también pudiera ocurrir que no aceptara esa clase de ayuda. Sólo desde el conocimiento de que el cuerpo esta integrado por lo físico y por lo mental, y que uno está ligado al otro, se puede afrontar un tratamiento más doloroso que el de una caída en un ensayo: un tratamiento para los sentimientos.
Al menos tuvo la entereza de denunciar a su padre. Eso dice mucho de su coherencia en un momento determinado. Después, se le fue todo de las manos. Tantas denuncias que ahora se tornan en más confusión...

"... Incluso a través del dolor y la pena
viendo que sigo yendo a donde sea
aunque traté y traté de ocultar mis sentimientos
siempre me vieron demostrarlos ..."

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Puede que siga...

Publicado por Sina_Garcia @ 3:01  | Entre las dos
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