sábado, 08 de agosto de 2009

Hay nubes en el cielo, tan bella la luna como estas noches ilumina más que las grandilocuentes farolas de esta humanidad que ya no mira a las estrellas. Las nubes forman caminos discontinuos, como es el camino de la vida.

Suena en mi interior Caruso, una y otra vez me llega el recuerdo de esa voz. Del día que trajiste un joven canario amarillo brillante que te había regalado un amigo, nunca te vendían, te regalaban. Te había dicho que era el mejor macho que tenía de los últimos que había criado, que sería un estupendo cantor. Eso no nos importaba mucho, nos trajiste (éramos pequeñas, Jorge aún no había nacido) un animalito a casa, ¡un bello pajarito!. Casi escandalosas saturábamos al pobre canario. Ya le habías comprado la jaula, ¡ah, no!, también te la había regalo tu amigo. Y alborotadas las tres proponíamos nombre, fuiste tajante: “Caruso, se llamará Caruso”. Y Caruso fue un canario no sólo magnífico cantor, sino además una estupenda mascota. Aprendió a abrir la puertecilla, se paseaba, le llamábamos, comía de nuestra mano, se posaba en el hombro, en la cabeza, jugaba al escondite, incluso, una vez nos cambiamos al nuevo piso, se escapaba a la terraza de la vecina de al lado, andando, sin volar, todo pancho. Le llamábamos y regresaba cantarín y cuando él quería volvía a la jaula, a beber, a comer, a dormir. Vivió muchos años y hasta uno de sus hijos, Chiqui, fue también otra mascota de la casa; aunque Chiqui era lo opuesto a su progenitor: cantaba haciendo gallos, tenía un plumaje que parecía un “punk”, te reías diciendo que habíamos elegido de entre todos los polluelos el más feo. Y es que hasta las patas eran tan largas que nadie pensaba que era un canario. Pero quizás por ser así, tan feuchillo, tan destartalado, lo elegimos, aunque el tío insistía que aceptáramos a otro, alguno naranja que había salido y que podría ser también buen cantor como Caruso al que había cruzado con una bella canaria que compró pensando sólo en él. Pero éramos así: nos gustaban aquellos que parecían más desprotegidos. Quizás porque eso nos lo habías inculcado tú, junto a mamá.

 

"Una furtiva lágrima" Enrico Caruso
 


Hace ya trece años en una noche semejante, aunque no miré al cielo, en la madrugada del día ocho al nueve de agosto a estas horas los tíos sentados a cada lado me apoyan en silencio mientras esperábamos al forense que tenía que firmar tu defunción. En la gran sala de espera del Tanatorio de la M-30 habíamos llegado dos horas antes y otras tantas pasaron antes de que avisaran al forense de guardia. Bajamos a la cafetería momento en el que recuperé mi “juicio común” y según tomábamos un café, dije como para mi: “¿no es raro?, llevamos cinco horas esperando. ¿No habrá habido alguna confusión?”. Tu hermano y tu cuñado se miraron, ellos tampoco habían caído en la cuenta del tiempo que llevábamos en espera. Al subir de nuevo, nos dirigimos a información. Efectivamente, se les había olvidado avisar al forense. Aún no siendo común en mí, no protesté, estaba como “inerme”, absorta por lo acontecido; no era yo, era una sombra que tenía que hacer unos trámites obligados. Creo que el tío Vicente sí protestó y le secundó el tío Sebas, tu hermano. Pero es algo que tengo confuso.

Nos volvimos a sentar en los mismos asientos. A la media hora llegó el forense, entramos a su despacho; llevaba todo tu historial médico. Sólo miró el último informe y fijó la vista en mí, comentando que no hacía falta nada más. Apenas cinco minutos para entrar, mostrar tu informe, esa mirada piadosa y un formulario que rellenó y firmó, con el que pudimos regresar a la sala de espera. Allí quedaba lo último por hacer: dirigirnos a la mesa de la empresa funeraria y elegir tu funeral. De nuevo en el medio, sentada, empezó a preguntarme un joven con voz dulce cómo queríamos el duelo. Le informé que deseabas un duelo laico, asentó, y que serías incinerado. Abrió un catálogo con ataúdes y me indicó que eligiera, cualquiera de los que señalaba entraban en la póliza. Dije que daba lo mismo. Entonces el tío Vicente se acercó y me susurró: “no, Marisa, no, elige el que creas conveniente. Piensa que es el duelo de papá”. Volví a la realidad, él me mostraba: “mira este, el color, la forma; y este otro, ¿cuál crees que sería el más apropiado?”. Entonces como soy así, empecé a mirar esos y los otros y hablando con el tío al final decidimos cuál sería el que usarías. Después el joven me preguntó -“Entonces, ¿sin cruz?”, -“Sí, sin cruz”. El tío Sebas saltó del asiento y rompió su silencio con un tono entre ofuscado e incrédulo: “¡no sabía que tu padre era así!”. Aquello me llegó al alma; lo sabía, es tu hermano. Pero nunca quisiste entrar en sus discusiones, pues en política es intransigente y comentabas que no valía la pena enfrentarse por ello con tu hermano. Tragué saliva, pensé que era el último de los varones que quedaba y como una autómata dije: “con cruz”, mientras pensaba que qué más daba, ya que nos habías indicado a mamá y a mí cómo querías que fuera pero que una vez muerto te era indiferente. Pasó el joven a preguntarme algo, pero le corté: “¡no, no, sin cruz, como a él le gustaría!, es su funeral”. Pensé que me había ganado un enemigo y días después en la misa católica que se celebró (porque mamá sí cree y porque a ella le dijiste que no te importaría -todo saliendo de ti mismo, sin que nadie te preguntara en aquellos últimos días cómo deseabas fuera tu funeral, lo comentabas cuando lúcido hablabas de cualquier cuestión, aunque mamá y yo hacíamos cómo que no le dábamos importancia-) el tío a la finalización del acto, en los jardines, según intentaba llevar a mamá de vuelta a casa, me dijo en un tono sarcástico que casi esperaba podría darse: “entonces, ¿ya no voy a tener sobrinos, ni nada?”. Callé, la tía se encargó de darle un pequeño codazo e increparle con la dulzura que la caracteriza: “Sebas, ¡por Dios!, no digas eso a la niña. Hija, ya sabes cómo es el tío”. Asenté con la cabeza y seguí tirando del brazo de mamá para que no la demoraran más, pues se encontraba muy mareada. En aquella misa no quise que se leyera ninguna parte de un texto que hubiera elegido el cura. La noche previa, el día 12 de agosto, estuve escribiendo unos párrafos que el cura leyó. Debo de tener guardado aquel papel, pero no sé dónde. Recuerdo también que la tía María Jesús llorando dijo: “¿lo has escrito, tú, verdad, Marisa?”. “Sí, tía”. Laura y Mary se encargaban de repartir los recordatorios. Y ella se echó a llorar: “me ha gustado cuando has dicho que esté donde esté seguro que está junto a sus padres y hermanos, a los que tanto quería y añoraba”. Ella hacia años que había enviudado, sabía de lo que se hablaba.

El joven miró a ambos y yo insistí: “sin cruz”. Entonces continuó con el protocolo interrumpido: “¿qué recordatorio y texto desea, señorita?”. Al abrir el catálogo de recordatorios me balanceé, casi caigo si no hubiera sido por la ayuda de ambos tíos. Los recordatorios, el papel, la textura, el olor, el texto, los tipos,… tu oficio, ¡tu amado oficio!. Eché a llorar, durante la larga espera en el tanatorio del forense no había llorado ni una sola vez, los tíos apenas hablaban quizás porque no les podía ni escuchar, llevaba la carpeta de la documentación entre ambos brazos recogida, como si fuera la de la colegiala que va a asistir a sus clases.

Sólo había llorado al interrumpir, a las once y veinte de la noche del día ocho de agosto de mil novecientos noventa y seis, el pasar de forma entendible y ordenada el borrador de las instrucciones que para esa noche me había dejado el médico del voluntariado de la Asociación Contra el Cáncer. Nos visitaba regularmente, fue idea de Piedad; el simplemente tener que ir a por medicación o cualquier tipo de recado o receta especial, me llevaba horas en el centro de salud, horas en las que mamá se quedaba a solas contigo para levantarte -hasta cuando ya no pudiste hacerlo-, para asearte, para alimentarte... aunque ya no tomaras apenas nada en los últimos días. El médico te visitaba en casa cada dos días, algo que no hacía (aún siendo su obligación) el médico de familia; tampoco te dieron atención de cuidados paliativos, algo que sí hacía el médico voluntario, que hablaba contigo, que te ayudaba en tus dudas, que nos ayudaba en las nuestras a mamá y a mí. Aquella mañana del día ocho, abrió junto a tu ombligo una vía y me dijo llevara un bloc, bolígrafo y me sentara a su lado en el salón. Tenía en su botiquín varios medicamentos, me los fue entregando indicando cómo y cada cuánto tiempo debería de ir introduciendo por la vía aquella serie de fármacos. Todos los días se nos comentaba: “puede ser hoy”, mamá y yo te mirábamos y decíamos: “no, hoy no será”. Pero aquella noche sí se cumplió lo que negábamos iba a ocurrir. Estaba en el cuarto de estar. El tío Vicente no se quería marchar, no quería dejarnos solas. Mamá y la tía le convencieron, yo estaba empezando a poner orden porque la noche -había dicho el médico- “podría ser muy larga”, Piedad decidió también bajar a su casa y así dejar al niño con su marido. Jandro había sido la alegría de aquellos días. Preguntabas por Jorge: “¿dónde está Jorge, dónde está?”. Mamá te decía que en Castellón, pero al final ya teníamos que decirte que había bajado un momento a la calle, pues en los últimos días te ponías alterado: “¡no, en Castellón, no!, ellos en Valencia y nosotros en Granada!”, lo repetías una y otra vez, mirando a mamá y diciéndome que nunca la llevara allí. Y nunca supimos porqué hablabas de Granada, nunca. Te lo prometí, sin embargo, volvimos allí... aunque de nuevo por poco tiempo. Eso es lo que nunca puedo perdonar. Todos están perdonados, pero yo no me puedo perdonar el no haber cumplido lo que te prometí, ni el haber sido partícipe al no poner freno a aquella locura en los momentos en los que sólo tú importabas -el resto teníamos toda la vida por delante para hablar y aclarar las cosas- y sin embargo yo me quedé como una estatua contemplando aquel espectáculo goyesco y negro. Mientras -al no hacer nada- todo era caos y tú el padre al que le quedaba tan poco tiempo para vivir ¡e irse con tamaño disgusto!. No, no me lo puedo perdonar, esa es mi culpa, contra la que lucha la psicóloga, Porque no puedo olvidar tu dolor, tu dolor ya no sólo físico por la maldita enfermedad, tu dolor ante tal duda que te hacía repetir aquella frase una y otra vez: “¡no, en Castellón, no!, ellos en Valencia y nosotros en Granada!”.

Mamá llegó sigilosa, estaba escribiendo y ya casi tenía acabado todo lo transcrito pues tanto Piedad como yo habíamos decido hacer guardias rotativas para aquella noche, era la primera vez que Piedad se ofrecía a ayudarnos. Me dijo: “Sina, hija”. Sentí su voz temblorosa. “¡Mamá!, ¿quéeeee?”. Nos unimos en una décima de segundo, apenas ella llegaba a la puerta y yo la alcancé allí mismo, me agarró de la mano fuertemente: “Sina, hija, tienes que ser fuerte, no ha sufrido, hija, no ha sufrido”. No puede controlarme, la abracé, nos apretamos en un llanto sordo, pero después exploté y lloré tan fuerte, con tanta rabia, que enseguida estaban los queridos vecinos tocando en la puerta. Mamá se dejó sujetar por ellos mientras yo me fundía en otro abrazo  a Mari Carmen, llorando ambas, ¡mi niña!, ¡mi magnífica pupila a la que conozco desde bebé!.

Nos intentaban tranquilizar, callamos en un llanto más sordo, más hondo; hacían tila, mientras mamá y yo fuimos a tu habitación: “mira, hija, parece que durmiera, ¡no ha sufrido, no!”. “Mamá, dime…”, apenas tenía un hilo de voz. Y ella me respondió: “estaba quitándole la sábana, tenía calor, entonces me ha llamado y le he contestado acercándome a él. Me ha dicho "Anita, te quiero" y yo le he agarrado las manos, conteniendo el llanto y antes de decir nada, papá me ha dicho: "dime que me quieres". Y le he dicho que sí, que le quiero mucho. Entonces, con las manos sujetas ha sonreído, un suspiro profundo y me he dado cuenta que todo había acabado”. Mamá lloraba y seguía de nuevo agarrada a tus manos, de rodillas junto a la cama. Yo, quieta, mirándote, mirando a los dos callé; no quise decir el porqué no me había avisado. Era mejor así. Los dos solos, los dos solos y juntos en el último momento.

Después las llamadas. La primera a Pepa. No pude decirle otra cosa que “Ya, Pepa, ya”. Echamos a llorar, colgué. Sabía que con eso era suficiente y seguí llamando por orden alfabético a tus hermanos y cuñados, a los primos, diciendo que fueran dando la noticia. Llegó Piedad, yo le abrí la puerta, los ojos me delataron, se fue derecha a la habitación, mamá ya estaba siendo acompañada en el salón por los vecinos que a la llegada de los familiares, prudentes, se retiraron de nuevo a su casa para después regresar al velatorio. Detrás de Piedad, sin que las dos nos hubiéramos dicho nada, no sé cómo podía ir tan ligera aquella noche, el día después, y el otro, el del funeral. Pero lo hacía, tenía que hacerlo. Entró rápida Piedad y yo detrás. Estabas tal y como mamá y yo te habíamos dejado, se echó al suelo, te abrazó y dijo llorando: “perdona papá, perdona papá”. Sentí dolor por ella, por primera vez te decía lo que nunca te había dicho. Siempre díscola, tantas discutas por temas varios y en ese momento se derrumbó. Salió y yo seguía de pie al lado de tu cama. Me acerqué, te toqué, no te había tocado antes; seguías aún caliente. Mis miedos se fueron; tanto miedo a la muerte, a los muertos; te palpé el brazo, hasta llegar al hombro, acariciaba tu piel intentando memorizarla; llegué a tu cara, acaricié tu mejilla y mamá entró: “hija, están llamando los tíos, vienen ya, ¿vas con ellos a hacer los trámites?”, me miró y me acarició la espalda, sabía de mis miedos. “Sí, me voy preparando ya”, seguía acariciando tu mejilla y ella dijo: “voy a preparar el traje último, ¿te parece?, se ha quedado tan delgado, no se si..”. “Sí, mamá, ese”. Me di la vuelta, estaba llorando y nos abrazamos de nuevo, llorando las dos, casi se me desplomó, llamé y alguien vino a ayudarme a llevarla de nuevo al salón. No quería tomar nada, sólo lloraba y seguía comentando que había que ponerle la ropa.

Estaba preparada y llegaron los tíos. El viaje hacia el tanatorio fue rápido, habían pedido un taxi, el tío Sebas no se atrevía a coger el coche.

El joven me dio unos clinex, el llanto era incontenible, casi me asfixiaba. Esperó un tiempo, el tío Vicente me daba ánimos pasando su brazo entre mi nuca y mi cabeza, como a una niña pequeña. El tío Sebas parecía que lloraba en silencio, con la cabeza baja. Miré los recordatorios: “este”. Era el que menos simbología de tipo religioso representaba: una barca en un río, rodeado de arboleda y una luz que iluminaba esa barca. El texto no podía leerlo, le solicité al joven que los leyera. También opté por el que menos referencia hacia a los pasajes religiosos. Dije el tipo de letra que te gustaba, el joven asintió, no me lo había preguntado, pero yo sabía cual era la que te gustaba usar. Tus datos no eran necesarios, simplemente confirmar el número de teléfono para estar en contacto y ya nos pudimos marchar.

Para cuando regresamos a casa casi toda la familia próxima estaba. Pero a ti ya te habían llevado. Habían sido más rápidos los de la funeraria que nosotros en volver. Alguien me besaba, alguien me decía, alguien me insistía que tomara algo. No sé muy bien quienes eran los que se acercaban, en seguida estaba de nuevo con el teléfono llamando al resto de mis amigos y los tuyos y de mamá. Después la llamada de la funeraria confirmando: ya podíamos ir a la salita correspondiente para el velatorio. Aunque tardarían un tiempo en dejarte allí con nosotros porque tenían que hacer los preparativos correspondientes. Cogí la agenda, cogí el bolso, la familia ya estaba decidiendo, había quien nos aconsejaba que no nos precipitáramos que había tiempo para llegar. Entonces alguien abrió la puerta al sonar del timbre, Ana y David volvían de Castellón con los pequeños, nos abrazamos y lloramos. Jorge no sabía qué hacer, tenía la cabeza cabizbaja, demasiado joven para asimilar aquello, le abracé y respondió como siempre lo hacía: “¡tataaaaaa!”. Le susurré: “tranquilo, Jorge, tranquilo, no sufrió, estaba con mamá. Escucha, no tienes porqué ir al velatorio, quédate con los niños, con los sobrinos que van a estar con Víctor. Ya irás después al funeral o cuando llevemos las cenizas, ya veremos, ¿te parece?”. “sí, tata, sí”. Mi madre preguntó por él, no le veía, se había quedado conmigo en el cuarto de estar. Él fue con ella y yo seguí recogiendo cosas.

La madrugada dio paso al amanecer, para esa hora estábamos esperando que te situaran detrás del cristal. Así lo hicieron. Yo seguía usando el teléfono que había en la salita. La primera en llegar fue Pepa. A mamá no le dejé, apoyada y aconsejada por los tíos, que fuera en esas primeras horas. Horas en las que ni tan siquiera tú ibas a estar.

Todo estaba dispuesto, con grandes cirios y hermosas flores blancas, como se había indicado, “blancas, que sean blancas”, como tu alma, papá. Después fueron llegando unos y otros. A mamá ya la habían acercado. La rutina repetida de recibir los pésames, Pepa estaba siempre cerca preguntándome si necesitaba algo, agua, lo que fuera. Llegó Raquel y también los hasta entonces compañeros de empresa y el jefe. Había pedido me finalizaran el contrato quince días antes, mamá no podía llevar todo el peso de atenderte dada la situación en la que cada día ibas encontrándote pues todo se diagnosticó y completó en tan sólo tres meses, en tres meses.

Preguntaban una y otra vez los detalles y yo respondía como si eso hubiera sido algo ya realizado con anterioridad. Recordaba lo que decías y las palabras del tío: era tu funeral, nada debía de ser tomado en vano. Ninguno de mis hermanos hizo ningún trámite. Quizás al dirigirse a mí los del Tanatorio Sur, entendieron que me correspondía ese papel y yo simplemente lo desempeñaba. Lo último fue el elegir qué pondríamos en el columbario. Constantemente iba hacia donde mamá estaba sentada y la comentaba, pero ella decía siempre lo mismo: “como tú digas, hija, como tú digas”. Tenía un doble dolor: tu muerte y el que no le hubiera besado ni dirigido la palabra vuestra hija mayor. Su hija mayor, su Ana, “su ojito derecho”. Estaba desolada y estaría recordando como habían transcurrido aquellos últimos días en Castellón, como marchasteis los dos con el corazón partido en trocitos… “¡no, en Castellón, no!, ellos en Valencia y nosotros en Granada!”. Una frase que sigue retumbando en mis oídos.

Decidí mirar los modelos, el más conveniente unas palomas, dos, dos palomas, una paloma por ti y otra por mamá para que te siguiera acompañando. Luego la frase, pregunté a Ana, a Piedad y a David (Jorge siguió mis instrucciones, pensamos que no tenía edad suficiente para pasar por ese trance, y así estuvo junto a Víctor y sus sobrinos hasta finalizado el funeral, alejado de aquellos instantes, sólo nos acompañó con los niños cuando fuimos a depositar tus cenizas). No había demasiadas ideas, al final decidí lo primero que había considerado y así figura en tu columbario: “Siempre estás con nosotros”.

Llegó el momento del traslado de tu cuerpo para su incineración. Íbamos en los coches de la empresa funeraria, detrás de tu coche.

El Crematorio del Cementerio La Almudena ya estaba ocupado por los que asistieron a tu funeral. Al bajar de los coches una señorita uniformada preguntó por mí, me acerqué, me indicó los tipos de funeral, la corté: “no, religioso, no, un funeral laico”. “Sí, bien, ya me habían avisado; le explico, si desean pueden poner encima del ataúd alguna clase de flores o de ornamenta floral, pero no ha de llevar soporte, por cuestiones obvias, solos flores, ¿me entiende?”, -“Sí”, dije mientras entraban a mamá agarrada y mis hermanas y David esperaban que yo entrara, detrás Pepa y Raquel, muy pegadas me miraban, las medio sonreí. En un momento del velatorio tuvimos que abandonarlo para cambiarme y hablar con el cura para la posterior misa en la iglesia del barrio. El que insistiera el cura tanto en que fuéramos se entendió en seguida: había que entregar en concepto de “ayuda” una cantidad simbólica, creo que David le entregó 5.000 ptas., salimos un tanto indignados, la misa se iba a realizar por deseo de mamá tal y como papá ya sabía que iba a ocurrir y le había indicado, en tono de broma: “¡ya muerto, si quieres, que me recen!”. Pero el tener que haber salido a una hora determinada para “hablar” con el dichoso cura, había coincidido con la llegada al velatorio de Maite, su marido y el pequeño Gonzalo que apenas tenía unos meses. La pude besar entre llantos y besar a su bebé a través de la ventanilla del coche de David. Tiempo después mamá me dijo que estuvo largo tiempo acompañándola y que se había llevado todo lo que el niño necesitaba para poderme esperar, pero el cura no fue puntual y para cuando quise llegar a casa, ducharme y ponerme ropa limpia y regresar de nuevo al velatorio Maite ya no estaba, y tampoco recuerdo si estuvo en el funeral. Ella, siempre tan discreta, quizás se quedó rezagada con respecto a la familia.

Nos pusimos en los bancos de la primera fila, yo al lado del pasillo, a mi izquierda mis hermanas y David. Al otro lado, mamá, completamente decaída, sujeta por sus hermanos y detrás de ambos grupos los tíos y primos, según su lazo de afectividad y familiar. Se acercó de nuevo la señorita uniformada y de nuevo preguntó como si hubiera olvidado lo ya dicho: “¿quieren unas palabras de un sacerdote? o, de no ser así, lo común es una pieza musical”. “Música, sí, como ya le dije, laico”, la respondí. “¿Han traído algún tema en especial que deseen se ponga?”. Me quedé completamente perdida, ¡cómo no había pensado en eso!. “No”. “No se preocupe, señorita, tenemos piezas clásicas, ¿le parece?”. “Sí, un tema clásico, por favor”. Empezó a indicarme temas y escuché: “...Air from Suite no. 3, Bach,…”, “sí, sí la suite de Bach, por favor”.

Estaba todo en silencio cuando empezaron a escucharse los violes, el ataúd, soportado sobre un mecanismo, se deslizaba muy lentamente hacia un espacio posterior, una especie de cortinas terminaron por engullirlo. El sonido de Bach parecía ser lo único que se escuchaba, pero a mi derecha mamá lloraba amargamente y también los sollozos de otros muchos eran el coro que se unía a esa suite que tantas veces, papá, escuchaste. Y, sin tiempo para reaccionar, vi como en la incertidumbre de no hacer menos a nadie, elegí como adorno floral, agachándome en la zona lateral de la puerta de acceso -lugar en el que se encontraban ramos, centros y coronas- un centro con soporte: el de la funeraria. Y era la única norma que me había establecido la señorita uniformada. Estuve a punto de dirigirme hacia el ataúd y retirar el centro floral, pero ya era demasiado tarde. En mi cabeza, aparentemente equilibrada y fría, se sopesaba todo “no irá directamente al crematorio, papá, primero quitarán todo, no sólo el floripondio que te he colocado, sino la ropa, los zapatos,… hasta el ataúd no será quemado y reutilizado, creo que he visto clavos como si fuera de segunda mano, cuando examiné, al correr las cortinas, a través del cristal, como te habían dejado, sí, estoy segura, había detalles que me hicieron pensar que no era un ataúd nuevo, ¿por qué no lo reclamé?”… y así desapareció tu cuerpo dentro de ese ataúd y de un centro floral con soporte. Eso sí, con preciosas flores blancas, todas blancas, como tu alma, papá, como tu alma.

Finalizado el acto, regresamos a los coches; tu hermana, la tía María Luisa se me acercó al  salir del Crematorio: "Marisa, ahora tienes que ser fuerte". No sé que me pasó, de repente, en medio de la multitud, eché a llorar como una niña: "¡tía, tíaaaa!". Creo que me sujetaron Ana y Piedad y que David me fue llevando hasta el coche, no lo tengo muy claro; el caso es que antes de subir al coche, Pepa y Raquel me abrazaron, yo seguía llorando, era como si de repente todo el formalismo, todo el papeleo hubiera acabado... ahora, ya no tenía nada más que hacer por ti. Ellas me entregaron un ramillete de violetas, saben lo que me gustan. Miré la cintita que tan sutílmente tenía ese manojo recogido, ponía algo, pero no era de tu duelo. Las miré y medio me eché a reír: "¿de dónde habéis cogido esto?", me señalaron, habían ido al lado correspondiente al difunto del velatorio anterior, les dije: "¡bueno, no creo que le importe!", se miraron extrañadas, mientras me introducían en el coche entre llantos las sonreía, ¡ah, Pepa, seguro que fuiste tú, siempre tan despista como yo!.

Al mediodía había que recoger las cenizas. Para ese acto los familiares se habían decantado por no asistir. Sólo la tía María Jesús y los primos fueron, además de Pepa y Raquel.

Llegamos con Jorge y los niños demasiado pronto. Nos dijeron que esperáramos unos minutos. Pusimos a los niños en la sombra, se sentaron Nita e Iris, Alejandro era demasiado pequeño y de nuevo Víctor se quedó actuando de canguro. Jorge no se sentaba, estaba inquieto. Me acerqué a la gran corona que se había preparado en representación de nosotros, tu familia. Además llevábamos una pequeña corona para que quedara puesta en el columbario. Blanca, con margaritas y claves, todos blancos. Tomé de esa corona cinco preciosos gladiolos; una de las vendedoras fue a avisar a alguien del Crematorio, me increpó, no debía robar flores, le respondí: "son de mi padre". Se calló. Al regresar con mis hermanos y cuñado lo comentamos. Seguramente eran también reutilizas las coronas y todo lo que los familiares y amigos habían ido dejando para ti.

Por fin nos entregaron tus cenizas. Hubo que elegir el recipiente. Dejé a Piedad que lo eligiera, yo ya había terminado mi cometido, acababa de firmar la recogida de tus cenizas. Recordaba lo que decía mamá: "de oro, ¡de oro!, de oro tenía que ser el ataúd que usemos o el jarrón que nos den, ¡con la de tiempo que llevamos dados de alta!". Tú la mirabas, nadie le hacía caso cuando comentaba algo así. Como buena descendiente de manchegos, la primera póliza que firmastéis después de casados fue la de los servicios funerarios, toda la vida pagando la muerte, como en una película de Almodóvar.

Fuimos detrás del coche que nos conducía a tu columbario, en el coche de David. Piedad llevaba tus cenizas; las niñas, curiosas, preguntaban, Jorge no decía nada. Entonces me atreví de nuevo y acaricié la caja de cartón que envolvía el recipiente. No la había querido recoger cuando lo depositaron sobre el mostrador, fue Piedad la que ante mi impasibilidad las tomó.  Una vez enfrente del columbario Piedad fue sacando la urna de la caja. Los operadores tenían prisa. La tía y los primos estaban allí, pero Pepa y Raquel llegaban atravesando el césped, casi corriendo, las habíamos visto desde el coche. Les dije que esperaran, que faltaban dos amigas por llegar. Era agosto, muchos de tus amigos, muchos vecinos, muchos de mis amigos estaban de vacaciones. Incluso faltó la prima Victoria, a la que no se pudo localizar hasta el día de la misa.

Por fin llegaron Pepa y Raquel. Piedad entregó la urna. El operario que se había quedado la dejó dentro del hueco del columbario. Le dije que un momento, que esperara. Entregué a Nita un gladiolo, otro a la pequeña Iris, el siguiente a Jorge; les dije que lo depositaran dentro de tu columbario, uno a uno los fueron dejando, a Jorge le dí un pequeño empujoncito en el culete, como suelo hacer como gesto de cariño; después besé los dos que tenía en la mano: uno era de mamá, el otro mío y también los deposité al lado de los previos. Nita e Iris estaban arropadas por sus madres, me quedé al lado de Jorge y le quise abrazar hasta llegar a la altura de sus hombros, me dí cuenta que para su edad ya era más alto que yo, y le agarré por la cintura. Entonces el operario empezó a sellar el columbario. De nuevo hubo lágrimas. Jorge lloraba junto a mí, ¡tantas veces habías preguntado dónde estaba!. Al final dejamos la corona circular que habíamos encargado en el barrio, con las margaritas y los claveles, en la que figuraba lo mismo que después pusieron en el mármol del columbario: "Siempre estás con nosotros".

... Ya amanece, papá. Igual que aquella mañana del ocho de agosto. Perdóname, papá, por no haberte hecho caso. Aunque sé que me entiendes y no estás enfadado, porque para eso dice -y tú lo cantabas- Juan (el Joan, no te entraba) Manuel Serrat: "La lluvia sólo es lluvia si te moja al caer..."

Ahora, tengo que cuidarla. He de descansar un rato. Necesita lo que dabas, lo que le dábamos todos porque ella lo daba, lo da también: cariño, amor. Está triste, papá, está triste. Y yo no puedo darle el cariño y el amor de los cuatro, lo demás sí, pero eso no. Le hace falta sólo eso. ¿Me ayudas, papá?. Sí, yo sé que me ayudas y que verán que no hay temor. Sólo necesita cariño y después, cuando tenga que ser -pero no de tristeza-, se reunirá contigo. Pero sé que no deseas que sea así, ahora, no de esta forma.

Siempre estás con nosotros, papá.



Publicado por Sina_Garcia @ 7:09  | Sina y sus Vivencias
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Publicado por peixes
lunes, 10 de agosto de 2009 | 15:35
También mi padre escuchaba a Caruso. Siempre me gustó esa bella voz y hoy después de muchos años la vuelvo a escuchar acá. Una furtiva lágrima era de mis preferidas y sonaba igual que la versión que elegiste, con el ruido de fondo de los discos de pasta.
Muchas de estas cosas también las viví con mi padre, un año y tres meses después que vos, la única diferencia significativa es que él sí creía en Dios y yo y toda su familia también, el cura dijo las palabras más hermosas sobre la vida eterna y sus flores eran de muchos colores, como la alegría que él siempre tuvo y nos supo contagiar.
Tardé en llorar también, quizás porque me costaba aceptar que ya no lo tendría conmigo, pude hacerlo una semana después, durante una misa que se celebró en la capilla de mi antiguo colegio.
Su ataud si llevaba una cruz.
Pero lo importante es que más allá de los símbolos o las creencias Dios guarda a todos sus hijos con El y eso me lleva a pensar que estarán juntos cuidándonos.
Publicado por Sina_Garcia
lunes, 10 de agosto de 2009 | 23:53
Guiño Lo importante son los sentimientos de amor hacia los demás y eso nos lo transmitieron los dos. Mi padre si creía en un Ser Superior (algo que también a mi me sucede, a veces).
El blanco era el color que elgimos. Otros usaron el rojo, como el color de la sangre, y también el resto de los colores de la vida; porque todos los hermanos, familiares y amigos tienen sus propias creencias y él las respeta a todas.
Y sigue estando entre nosotros y entre todos ellos, Peixes, él y su recuerdo.
Un beso grande como el del amor por encima de todo símbolo o idea, amiga-hermana.