Estas
últimas horas han sido extrañas. Es mediodía, apenas he dormido; estoy
en la cocina, como es habitual, "el Chacho" y su familia "nos hacen el
favor de ahorrar energía" poniendo para todo el patio la música de los
domingos. Lo malo es que él y sus hijas seleccionan los temas...
siempre más de lo mismo.
Oigo
algo distinto; ¿cuánto tiempo hacía que no escuchaba esa canción?; me
quedo parada, giro y abro la ventana; apoyo mis brazos y me dejo llevar
por el sonido de la música. Escucho un "buenos días", es el vecino del
portal de enfrente, el que compró el piso al divorciarse hace... ¿tres,
cuatro, quizás cinco años?. "Buenos días", le respondo. Nunca nos hemos
cruzado más palabras; sigo escuchando la música, con la cabeza hacia el
quinto desde donde llega el sonido, aunque no hace falta demasiada
concentración, el volumen es tal que parece que lo tuviera en casa. De
repente Manola se asoma a mi vera, ¡le encanta curiosear y máximo si
alguien está tendiendo!. Escucho un "¿no se cairá?", alzo la mirada;
nunca nos habíamos cruzado más que un saludo. "No, no te preocupes, no
se cae". "Es muy gracioso", "graciosa, es gata, por eso es tricolor",
"¡ah, no sabía". Sigo pendiente de la música, no me gusta la nueva
versión, prefiero la antigua, aquella que escuché como banda sonora de
esa película que tanto me impresionó. Manola sigue curiosa el
movimiento de las cuerdas y de la ropa. "¿Y cómo se llama?", "Manola,
se llama Manola", oigo su carcajada: "¡le va muy bien!". Miró a mi
vecino; no sé ni su nombre. Nunca he estado tanto tiempo mirando en la
ventana del patio, ¿qué hacía ahí parada?, podría pensarse que
cotilleaba a los restantes vecinos. Pero no sé el nombre de él. Sí que
algunos fines de semana, al atardecer, según pasaba con la ventana
abierta me había saludado. Eran momentos de reunión. Se escuchaban
voces de otros hombres y de mujeres. Se hablaba de vinos que habían
llevado. De la cena preparada... pero no sé su nombre. Se despide:
"bueno, ¡esto ya está!, por hoy se acabó la lavadora", le miro, le
sonrío y él me devuelve la sonrisa. "Hasta luego", me dice, "hasta
luego", respondo. Ya no hay que observar nada, Manola se baja haciendo
ruiditos para llamar mi atención. Aún no ha acabado la canción, quiero
terminar de escucharla. "Su voz es agradable", pienso; antes no lo
había considerado. "Y ha sido amable con Manola", quizás hasta sus
rasgos me han parecido armoniosos; sí, eso me habían parecido, hasta
ese momento no le había mirado. Corro las cortinas, hace demasiado
calor ya para dejar la ventana entornada. La canción ya ha terminado.
Me río sola, recuerdo la voz de Chus, en la secretaría diciendo:
"¡anda, pero si se ha fijado en el culito y todo!", "¿ehhhhh, ya
estamos de cachondeo, Chus?", "no, no, ¡si es que parece que no ves los
pilotos encendidos, pero sí te fijas, sí!", nos echamos a reír las dos
y nos secunda Esther: "¡y luego pasa lo que pasa, que la invitan a café
entre clase y clase y va y hasta ella los paga!, jajaaaaaa",
"¡pesadas!, ¡siempre igual!, no me gusta que me inviten a nada",
"¡ahhhh, rompecorazones, que no ves que el pobre te quiere invitar y
por algo será!", "¡pesadas!, siempre igual, si somos colegas", "ya,
ya", sigue la voz de Chus resonando: "¡y encima el tema de
conversaciónnnnn!... ¡el trabajo, jajaaaa!". "¡Os dejo, que me liais y
ya voy tarde, pesadas, más que pesadas!, jajaaaaa".
Pienso
que la vida se me hace eterna, que se prolongan las horas demasiado,
demasiado los días. Pero ya ha pasado tanto tiempo y tantas cosas...
¡no, no estoy segura!, es como si a veces todo se ralentizara y otras
pasa demasiado deprisa, demasiado deprisa...
Canción: "Me quedo contigo" (Los Chunguitos)
Fragmento con el Tema de la Película "Deprisa, deprisa" (Carlos Saura, 1981)