Pasa
el día 13, ya pasa, y todo empezó el día 10, o casi todo. Caen las
últimas "Lágrimas de San Lorenzo", símbolo de felicidad, de amor
compartido viendo al unísono bajo el manto estelar la caída casi
interminable de tantas estrellas fugaces como sueños e ilusiones de
enamorados. En otras civilizaciones representan mal augurio.
En cualquier caso se trata de una belleza de la naturaleza, de la naturaleza que no podemos controlar, que
derriba montañas con la fuerza del agua, que destruye bosques enteros
con la fuerza de un rayo, que parece queramos destruir con nuestro dominio infundado, que hace que un año y otro más se nos brinde
tal espectáculo de hechizo. No
me he asomado a la terraza. Desde mi casa no se ven. La luz artificial
de Madrid y la ubicación de las ventanas, me impiden poder apreciar la
magia de lo desconocido aunque explicado por científicos, sin que con
ello pierda su encanto. Tendría que tener mi ventana orientada al este,
hacia el mar Mediterráneo; pero desde mi ventana, no se ve.
"Háblame del mar marinero" (Pepa Flores)
Y
casi todo empezó el día 10, pero no todo. Porque empezó tanto, tanto
tiempo atrás, aunque rechazara una y otra vez esa posibilidad, como si
de un "terreno vedado" se tratara. Casi desde que tengo uso de razón,
soy quizás la última en darme cuenta de lo que ocurre, de lo que me
ocurre, de lo que siento, o igual lo niego, me niego una realidad que
no niego para otros. Mi
corazón late, late con un ritmo disparejo. Y siempre ha sido así. Pero
me niego a aceptarlo; o no quiero, ¡qué más da!. Me niego a mí misma lo
que a otros concedo, ¿por qué?. Dicen que soy fuerte, no, no es así,
quien lo dice no me conoce; la vida me ha hecho fuerte, pero tengo
miedos; miedos que han cambiado, pero tengo miedos. Miedo a sentir...
miedo a no sentir.
@@FInPreview@@Lunes,
10 de agosto de 2009. Era tarde, casi las nueve de la noche, ella me
distrae, lo ha estado haciendo durante todo el día, cuando se presentó
de improviso. Casi pareciera que tenía necesidad de distraerme. Me
agarra suavemente la pierna, sentadas las dos en la sala de espera.
Cambia de tema y siempre es el mismo: el distraerme. Evita decir lo que
ya me han advertido. Nada serio, pero había que cerciorarse. Me comenta
la llamada de casa, ¡no quería cenar!; tampoco eso es nuevo, sabía que
iba a suceder, y sólo esperaba llegar a la hora conveniente. En
todos los temas de conversación entre sala y sala de espera, en los
momentos en los que habíamos estado juntas, siempre imperaba un cierto
optimismo. De cualquier cosa se podía hablar, menos de aquellos
momentos; parecía un pacto secreto que no llegaba a entender, o no
quería ni me importaba entender. Sí, demasiado tarde, miro mi reloj, no
podía llegar tan tarde, no cenaría, sería demasiado tarde para los
medicamentos, pero... tampoco era algo que extraordinariamente me
preocupara en esos momentos.
Había
empezado, por fin, en los días previos, a considerar lo importante, lo
realmente importante. Al principio me asusté. Mucho, sobre todo la
primera vez, me asusté mucho, pensé que era demasiado pronto, ¡que todo
estaba pasando demasiado deprisa!, que aún no estaba preparada. Fue una
mirada furtiva, en la que me crucé con la suya; me miraba de una manera
extraña, como si no me mirara, como si no me reconociera. Días previos
había notado de nuevo cierto comportamiento obsesivo; no me escuchaba,
lo intentaba, con abrazos y besos, susurrándola para tranquilizarla, de
rodillas ante su sillón: "no, no, no es así, verás como no es así,
volverás a recuperar las fuerzas... pero... escucha, es que no me
escuchas... escucha, por favor, ¿no te he dicho que has de confiar en
lo que te han dicho, que yo estoy segura que va a ser así?... ¡no, no
llores, no por eso, no!... ¡bueno, va!, díme de nuevo lo que me quieres
preguntar... sí, si es lo que te decía, ¡confía, volverás a recuperar
las fuerzas!... no, ¡no, venga, va, no llores por eso!...";
interminables conversaciones sin diálogo, sin principio ni final,
repeticiones de frases ya dichas a preguntas realizadas; una, dos,
tres, ¡tantas, tantas veces a lo largo del mismo día!. Aquella
mañana no pude evitarlo, ¡tuve que bajar a la calle!, después de haber
quedado ese domingo en tomar un aperitivo con mi amiga, ¡sentía que me
asfixiaba!, bajé aunque no hacía falta, ni tan siquiera iba a salir del
portal, ¡sólo quería escapar unos minutos de casa!, la esperaba, de
nuevo como buena amiga traía medicinas de la farmacia. Se sorprendió al
verme allí y lo peor: que estaba siendo atendida por el vecino,
preocupada por el maldito móvil, por si se había roto. Por suerte, no,
estaba intacto, pese al golpe. Ella me regañó: "¿pero por qué has
bajado con el calor que hace?, no, no te levantes aún, si te iba a
subir yo... ¿pero qué te pasa?...". Me ahogaba, se lo tuve que decir,
esas preguntas, esas miradas,... no, no me gustaban nada. "Tranquila,
será por la medicación, ya sabes, funcionan así, ¡no le des
importancia!, en cuanto se las compensen, pasará..". "Me estoy
preparando, ¡pero aún no, que aún no sea, aún no!...". "Tranquila, te
acompaño en el ascensor y...". "No, deja, prefiero subir sola, le he
dicho que bajaba para no entretenerte". Llegaron otros vecinos, las dos
estábamos abrazadas y dándonos besos y más de un "te quiero...",
entonces dije: "no, no es lo que parece, ¡es amiga, buena amiga y se lo
estoy agradeciendo!", ella me siguió: "¡síiii, jajaaaaa!, que no haya
malentendidos". Los vecinos se echaron a reír y siguieron la broma.
Ella me dijo: "ahora sí, veo que te has recuperado, me has convencido,
sube a casa". Le pregunté si se notaba que había llorado, me dijo que
no. Lo
peor había llegado al domingo siguiente. Ella no se enteró. Llegaron
con las llaves el sábado de noche, vieron mi estado, quisieron llevarme
al hospital para un revisión. Me negué, no podía dejarla sola. Entonces
me indicaron que en un máximo de 48 si los dolores de cabeza no
remitían tendría que ir. Y el domingo mis nervios ante tantas cosas
ocurridas y vividas en tan poco plazo de tiempo, me jugaron una mala
pasada. Lloraba, esta vez parecía que considerara que era yo la que no
le pasaba las llamadas. Lo intenté con diplomacia, con la habitual
dulzura que venía usando en la voz y en intentar que reaccionara
volviendo a la realidad. Pero no pude; mi tono iba subiendo, la
increpé: "no, yo se lo he prometido, no le llamaré más, si quieres
hablar, saber porqué no llama, házlo tú". Se echó a llorar: "¿es que no
sabes que quiero hablar con él?, ¿tan difícil te resulta de entender?,
necesito hablar con él". Lloraba, lloraba y me derrumbé. Marqué el
número en el móvil, saltó un contestador, la puse al habla: "mira,
escucha, no responde, di lo que quieras en el contestador". "¡No, no,
ahora no quiero hablar, no, no quiero hablar!", yo la insistía y ella
llorando decía que no. Se cortó el contestador, me eché a reír fuera de
toda coherencia: "¿ves, has visto?, pues bien ahora ha quedado un
mensaje en el que parece que te estuviera forzando a hablar". "Pero,
¿por qué lo has hecho, si has dicho que mejor que no?". "Llorabas,
llorabas, ¡quién soy yo para imponerme!, tú quieres, me lo has dicho".
"No, no, si seguro que no quiere nada, si seguro que no llamará". Y
entonces fui más cruel, si cabe: "sí, seguramente, y eso te dolerá aún
más". Y
no llamó, en toda la semana no llamó. Ni un mensaje, nada. Y eso me
hizo que pensar. Tenía que estar preparada para todo eso: tarde o
temprano yo podría ser una extraña, o peor aún una enemiga para ella.
Me dolía, lloré por la noche. No, no estaba preparada aún. De nuevo,
tengo que jugar el papel de "fuerte". Porque sólo siendo fuerte, no
volveré a hacer daño. Como a una niña, llegará el momento que como a
una niña la tendré que tratar; sus pataletas, sus lagunas, sus miedos,
¡todo!, todo puede ser posible, y para todo tengo que estar preparada y
"ser algo pasota", me han dicho. Algo pasota, sí, aparcar los
sentimientos para que no me hagan daño y así ayudarla.
Lunes,
10 de agosto de 2009. Llueve. Alguien lo confirma con cierta rudeza:
"¡y ahora se pone a llover con algo de granizo!, ¡yo no sé a qué hora
vendrán a recogernos!, ¿es que no hay suficiente servicio, se han ido
todos de vacaciones?". Miro hacia los cristales de los grandes
ventanales de la sala. Ella me dice tímidamente: "tampoco pasa nada,
total es mejor que lo confirmen, ¿verdad?". Respondo como ausente, al
igual que en las últimas horas -dias quizás- he estado: "no, claro, es
mejor". Suspira, sigue comentando sobre temas livianos, creo que me
mira un tanto extrañada; quizás estoy demasiado tranquila. Veo las
hileras de agua recorriendo los cristales, sus formas variadas... por
fin llegan a por nosotras, pronto estaremos de vuelta en casa. Llegamos
justo a tiempo. Le doy la cena. Me mira y me interroga, algo presiente,
pero la sonrío, sonrío y le hago alguna broma. Le doy los masajes en la
cama, se extraña que no haya ayudado a acostarla, me mira, pero calla. La
muñeca me imposibilita hacer movimientos bruscos, la hinchazón del lado
derecho también es un problema, todo ello impide escribir
convenientemente, pero quiero hacerlo, lo necesito, escribo algo a las
amigas del foro, ¡me veo en la necesidad, quizás las asusté!. Todos en
casa parecen más nerviosos que yo. De nuevo mañana, martes, pruebas a
repetir y otras nuevas; con suerte, ya resultados concretos.
Duermo
tranquila, sigo durmiendo con 0,5 mgs. menos, siento algo que nunca
antes sentí: encontré un alma gemela y una paz interior. Soy consciente
de las limitaciones, de no poder jugar ni mover ficha, no, no me corresponde a mí, no soy quien para hacerlo, pero sé que
puede recurrir a mí, que va a hacerlo cuando lo necesite; esa es mi gran fortuna, mi esperanza. Eso es lo que
más me importa, es lo que hace sentirme acompañada. No hay ni un
sólo minuto en el que me encuentre sola. Los amigos, la familia, los
vecinos están a mi lado; pero me faltaba algo. Eso ya lo tengo; me ha
costado tiempo el aceptarlo, el dejar de negar lo que sentía. ¡Qué
bobada!: negar algo tan, tan especial; ya no estoy sola. Cada vez que
un olor me llega, que un sonido o una imagen llega, sé que no estoy
sola. Disfruto cada minuto como si de una porción de tiempo nueva
fuera; eso es algo que no me había pasado yantes; el saber que existe quien te
conoce mejor que lo que tú crees conocerte cambia tus prioridades.
Confiar que te tiene, que tu vida tiene algo más de sentido porque
puede confiar en ti. Aunque, al preguntarme: "¿por qué?, ¿por qué lo
haces?", sólo respondí: "¿y qué más da el por qué?". Sólo puedo
responder eso. No puedo permitirme más y, sin embargo, eso ¡es tanto
para mí!. No he visto la lluvia de estrellas, pero soy feliz sabiendo
que otros las han podido ver. No he pensado ningún deseo por no verlas;
pero basta con cerrar los ojos e imaginarlas o abrirlos y contemplar lo que cada instante me rodea y las puedo ver y mi deseo sigue conmigo
en cada minuto en el que me siento acompañada.