Hay nubes en el cielo, tan bella la luna como estas noches ilumina más que las grandilocuentes farolas de esta humanidad que ya no mira a las estrellas. Las nubes forman caminos discontinuos, como es el camino de la vida.
Suena en mi interior Caruso, una y otra vez me llega el recuerdo de esa voz. Del día que trajiste un joven canario amarillo brillante que te había regalado un amigo, nunca te vendían, te regalaban. Te había dicho que era el mejor macho que tenía de los últimos que había criado, que sería un estupendo cantor. Eso no nos importaba mucho, nos trajiste (éramos pequeñas, Jorge aún no había nacido) un animalito a casa, ¡un bello pajarito!. Casi escandalosas saturábamos al pobre canario. Ya le habías comprado la jaula, ¡ah, no!, también te la había regalo tu amigo. Y alborotadas las tres proponíamos nombre, fuiste tajante: Caruso, se llamará Caruso. Y Caruso fue un canario no sólo magnífico cantor, sino además una estupenda mascota. Aprendió a abrir la puertecilla, se paseaba, le llamábamos, comía de nuestra mano, se posaba en el hombro, en la cabeza, jugaba al escondite, incluso, una vez nos cambiamos al nuevo piso, se escapaba a la terraza de la vecina de al lado, andando, sin volar, todo pancho. Le llamábamos y regresaba cantarín y cuando él quería volvía a la jaula, a beber, a comer, a dormir. Vivió muchos años y hasta uno de sus hijos, Chiqui, fue también otra mascota de la casa; aunque Chiqui era lo opuesto a su progenitor: cantaba haciendo gallos, tenía un plumaje que parecía un punk, te reías diciendo que habíamos elegido de entre todos los polluelos el más feo. Y es que hasta las patas eran tan largas que nadie pensaba que era un canario. Pero quizás por ser así, tan feuchillo, tan destartalado, lo elegimos, aunque el tío insistía que aceptáramos a otro, alguno naranja que había salido y que podría ser también buen cantor como Caruso al que había cruzado con una bella canaria que compró pensando sólo en él. Pero éramos así: nos gustaban aquellos que parecían más desprotegidos. Quizás porque eso nos lo habías inculcado tú, junto a mamá.
"Una furtiva lágrima" Enrico Caruso
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