...Continuación del artículo Los primeros años VI (Cambios)
Después
de aquella brevísima estancia en la localidad de Alcorcón
regresamos a Madrid capital. El principal motivo era, como ya comenté
en el artículo que continúo, el no poder estar escolarizadas. Los
pocos colegios públicos saturados así como las instalaciones mínimas
requeridas para vivir en
aquellos momentos en Alcorcón, hicieron que mis padres vendieran
precipitadamente aquel piso y nos ubicáramos en la vivienda familiar en
la que
todavía vivo. Obvio que Alcorcón posteriormente fue añadiendo al gran
número de
viviendas iniciales el resto de las comodidades para hacer que la
localidad (la
ciudad, por su gran número de habitantes) dejara de ser una
ciudad-dormitorio
sólamente, por lo que nada tiene que ver con aquella que conocimos,
aunque esa
etapa sin "cole" y con las fiestas patronales fuera para nosotras una
experiencia divertida y recordada.
Al llegar al nuevo domicilio tuvieron que adaptase ciertos hábitos. Contábamos
con una habitación menos y mi hermana menor dejó de
dormir en su amplia cuna (cuna que, situada en su propia habitación y siendo la más fresquista del
piso de Alcorcón, era mi "lugar" favorito para dormir la siesta... la
siesta siempre ha sido un placer que me ha gustado disfrutar cuando me he
podido permitir "ese lujo" -hoy, casi obligación-). Con ello, empezó una nueva
etapa: aquella en la que las tres hermanas compartíamos solas por primera vez
la misma habitación. Para comprender qué significó el estar las tres en la
misma habitación hasta que cada una fue decidiendo formar su propia familia,
tendría que desglosar hechos que se sucedieron antes y después de la fecha de
nacimiento de mi hermana pequeña.
Y este capítulo
de mi vida es por ello extenso, sí, pues, entre
otros hechos que se dieron, a los pocos meses de nacer mi hermana, mi
vida comenzó a dar un giro inesperado que se comprende con la distancia
que el tiempo
te da. Tendré, por lo tanto, que ir desarrollando lo acontecido hasta
retomar
esa habitación conjunta en la que he pasado tan buenos momentos en
compañía de
las dos.
Mi hermana menor llegó por recomendación del médico de la familia.
Mi madre tenía un problema que parecía podía solventarse con un nuevo embarazo.
Muchas veces, es bien cierto, mamá ha comentado que de ser una mujer de estos
días sólo hubiera tenido un hijo (en este caso, mi hermana mayor). Y es
comprensible. Papá trabajaba hasta altas horas de la noche para sacar adelante
a una familia de dos hijas (en verdad "mi llegada era
inevitable hasta cierto punto",
pues mi abuela materna se empeñó en que
mis padres "fueran a por el niño" obsesivamente; tanta era su obsesión
que hasta el final de sus días continuaba con la eterna pregunta de
para cuándo
el niño. Fue morirse un 28 de diciembre, sí, el "día de los santos
inocentes", y a las semanas mi madre quedó embarazada de mi hermano,
¿casualidad?, siempre ha habido ciertas bromas respecto a tal hecho. A
su vez,
puedo dar fe de su terquedad: para ella yo tenía que haber nacido varón
y para
"hacerme enfadar" me repetía lo fea que le resulté cuando me vió de
recién nacida... ¡y no era para menos!, después de estar mi madre sin
querer ir
al hospital dos días de parto hasta que decidí salir de su vientre,
"¡un ser espantoso con llanto incontenible, completamente colorada,
roja,
llorona y muy roja!", comentaba mi abuela burlona).
El hecho de que mi madre haya repetido tantas veces aquella frase de "una
sóla, una, la primera, y ninguno más" se ha debido a varios motivos (y
ninguno relacionado con el hecho de que nos haya querido al resto menos que a
mi hermana mayor, no, sino por la problemática que ocasionó sacar adelante a
cuatro hijos). El primer motivo se dió cuando al nacer mi hermana menor (todavía
viviendo en la primera casa -en esta ocasión mi madre tuvo a mi hermana en un
hospital... debió de "marcarle" mi eterno parto-) se
tuvieron que hacer reajustes económicos. Poco después empezó otra cuestión más
compleja.
Recuerdo aquellos días en los que de repente mi madre "desapareció"
de casa. Era la primera vez que dejaba de verla en unos días. Mi hermana mayor
sí había ya tenido esa experiencia. El verano previo quiso, con un llanto
persistente, marchar con mi abuela al pueblo antes de que mamá y yo nos
fuéramos a pasar unos días en aquella blanca con franja azulona casa manchega. Tan "trágico fue el número"
que mi
hermana mayor montó que yo me uní implorando también con llantos de
eco el marcharme con ellas. Para conformarme, pues mi abuela se negaba
a llevar
a las dos y hacerse cargo de ambas sin mi madre, me
"convencieron" comprándome un vestido... un vestido que necesitaba para
ir a no se qué celebración familiar que se iba a dar, pero que calmó
los
llantos y pataletas a la despedida del Auto-Res en la estación.
Pasados dos días eternos, mi abuela solicitó a su nuera que nos
vistiera; mi
padre llegó dando noticias de mi madre: quería que una paisana y vecina
se
hiciera cargo de prepararnos para la ocasión. Sin saber muy bien qué
significaba
aquel repetido "tenéis una nueva hermanita " llegamos al hospital
donde se iba a celebrar el bautizo de mi hermana recién nacida, antes
de que
dieran el alta a mi madre. Fuimos a la capilla del hospital y con los
padrinos preparados me
quedé asombrada viendo a una especie de muñeca vestida con el traje que
hacía
poco estaba en casa y que habían usado mis padres para bautizar a mi
hermana
mayor y luego a mí misma. Pese a que se nos mostró varias veces a la
pequeña,
no termina muy bien de entender todo aquello. La tranquilidad de mi
hermana
menor al mojarle el pelo, el que siguiera dormida pese a tanto jaleo me
hacía considerar que sin
duda era una muñeca lo que estaba enfundado en aquel traje conocido.
Mis ojos
no dejaban de buscar, perpleja por aquella reunión familiar tan
precipitada (y
sin ser Navidad, ni cumpleaños, ni nada que recordara en ese caluroso
día de
finales de junio que concordaba con lo que estaba aconteciendo).
Tampoco dejaba
de preguntar por mamá, de manera tan insistente que sólo la paciencia
de mi
padre podía calmarme con un: "pronto, pronto verás a mamá". El
resultado
de todo aquel conjunto de imágenes y voces se refleja a la perfección
en la
instantánea en la que aparecemos mi hermana menor recién bautizada, los
padrinos, la vecina que nos preparó y mi hermana mayor y yo
-grotescamente
vestidas, con los trajes descolocados, y mucho peor peinadas, a pesar
del
empeño de mi madre de intentar que alguien con "cierta diligencia" se
ocupara en dejarnos convenientemente preparadas-; en esa instantánea se
me ve con la cara de "¿pero aquí qué está pasando?" y cada vez
que ojeamos esa fotografía mi madre se enfada de lo mal que estamos y a
la vez no
faltan las carcajadas por lo esperpéntico del momento.
Como ya he comentado, cuando nació mi hermana menor la familia
atravesaba un mal momento económico: mi padre, apoyado por su querido
hermano Jesús, se decidió a dejar la imprenta en la que había estado
trabajando
durante prácticamente la totalidad de su vida y montó una pequeña
imprenta propia. Era el comienzo de aquella pequeña empresa artesanal y
los créditos y
los préstamos para la adquisición de máquinas y demás equipamientos,
impedían el
poder celebrar un bautizo más "lujoso". De ahí la decisión de optar
por el método de capilla y bautizo en el propio hospital de nacimiento,
por otra parte muy habitual en aquellos años.
Finalizada la ceremonia y una vez realizadas las fotografías de rigor,
observaba a mi hermana menor que continuaba dormidita, como si nada
fuera con
ella, ajena a tanto bullicio y cambio de brazos, los besos de los
familiares y
amigos que se habían acercado y el salir de la capilla para conversar y
entregar obsequios a los invitados (la tarjeta del bautizo y nacimiento
de mi
hermana, como siempre realizada con mucho cuidado y mimo por mi padre,
puros y
cigarros por parte del padrino -nuestro tío, el único hermano de mi
madre que
le queda vivo- y dulces por parte de la madrina...), los invitados
empezaron a
retirarse y de repente, como una Bella Durmiente, mi pequeña hermana
empezó a
llorar; alguien comentó que era la hora de que fuera amamantada y de
esta forma
se la llevaron hacia unas amplias escaleras mientras mi padre nos daba
un beso
y la familia nos conducían a las dos hermanas mayores de vuelta a casa.
Me quedé rezagada y eché
la vista atrás, esas escaleras tan excesivamente grandes por las que se
llevaban a mi hermana atraían mi atención y así fue como escuché un:
"¡Sina, hija, mira arriba, aquí, mira hija!", la voz dulce de mamá,
que no quería tampoco subir mucho el tono pues no estaba permitido el
acceso a
los niños, me hizo precipitar una carrera para subir por aquellos
altísimos escalones y poder darle un abrazo, mamá me lanzaba besos con
la mano
y también debió de decir algo respecto a que no podía subir porque al
pronto, y
después de tropezar en el segundo escalón cayendo como era de esperar
(mis
rodillas siempre estaban señaladas por las caídas que me producía ante
mis
carreras y una cierta torpeza o precipitación), me sentí alzada en
brazos de mi
tío mientras chillaba un "¡mamá, mi mamá!" desesperado, como si de la
cartilla de primeras lecturas se tratara. Esa imagen de
mi madre con su camisón y asomada a
la barandilla, en espera de recibir a mi pequeña hermana, acercándose a recoger el bebé ya exigiendo su alimento y a su vez
mirándome e intentando calmarme, la tengo grabada de forma imborrable; creo que
debí de pelear con todas mis fuerzas y hasta señalé a mi tío con arañazos y con
las patadas que fui dándole mientras me sacaba del hospital.
En un inicio poco cambió después de la llegada de mamá y de mi hermana del
hospital. También esa entrada de ambas está en mi retina. ¡Cómo no!, en seguida
me puse celosa y no dejaba de estar sobre las piernas de mamá, abrazada a ella,
besándola y acariciándola, mientras ella, pacientemente, atendía al resto de la
familia, comentaba con mi abuela sobre lo que hacer con la pequeña y, a su vez,
se abrazaba a mi hermana mayor. El ocupar sus rodillas todo el tiempo que estuvo
sentada ¡fue una verdadera batalla de nones cada vez que alguien me decía que
mamá estaba cansada y que la dejara ya!. Una vez pasadas las primeras horas,
parece que todo volvió a la normalidad, pues la diferencia de cinco años con la
pequeña causaba el que siguiera jugando con mi hermana mayor y que ambas
tratáramos a la pequeña con una relación distinta. En principio quisimos que
fuera un juguete, con el correspondiente recelo de mamá y papá, y luego, una
vez ya iba creciendo, lo que usábamos como juguete era su cochecito. En el
callejón en el que se encontraba la imprenta de papá, mientras mamá ayudaba en
tareas de la imprenta y dejaba a la pequeña en una sillita que mi abuela había
traído en unos de sus viajes, nosotras capturábamos a los gatos de la zona, los
envolvíamos -esa era una labor que me tocaba, pues no me importaba meter patita
por patita del gato enfurecido- dentro del arrullo de una muñeca que usábamos,
le ataba una cinta y... metido en el coche a los pocos segundos de pasearle mi
hermana mayor en el cochecito ya había saltado el gato bufando y
asustado, con lo que el juego tenía que repetirse en busca de la siguiente
"víctima". Quizás de aquellos juegos me ha quedado la
"compenetración felina" y con sólo una mirada puedo entender
"qué quiere decir un minino".
En esos días y en aquella primera vivienda, al estar mi madre embarazada de la
pequeña tuvimos que compartir la habitación de papá y mamá. En una cama
situada bajo la ventana dormíamos mi hermana al lado de
mis padres en su cama
matrimonial; y al nacer mi hermana menor en aquella amplia habitación
también se
montó la cuna que se había comprado para la primogénita y que usaríamos
las
tres (en mi caso, incluso ya mayorcita para hacer la siesta, como he
comentado). La habitación tenía cerrojo, al igual que la otra más
pequeña: una
habitación que tenían alquilada a un matrimonio sin hijos para sí
obtener algunos ingresos que ayudaran a sostener la casa y el nuevo
negocio. Aquel matrimonio,
cuya mujer, María, sigue teniendo muy buena amistad con mi madre, nos
atendía
como si fuéramos sus hijas. Elías, me cuentan, cuando llegaba del
trabajo me
cogía en brazos y cenaba conmigo (bueno, yo ya había cenado) y permitía
que cogiera los boquerones fritos que le
tenían preparado, con el
enfado de mi madre y de su mujer María, pues podía atragantarme, cosa que nunca ocurrió. Pienso que igual Elías
fue el que hizo que prácticamente no haya ningún alimento al que "le haga
ascos", que me gusta casi todo.
Poco antes de que naciera mi hermana menor también estuvo alojado
en la casa el
mayor de mis primos por parte materna. Le habían comprado una cama
plegable
para que durmiera en el salón. Mis tíos -ya fallecidos- decidieron, con
el
apoyo de mi padre, que viniera a Madrid a aprender el oficio de
impresor para después trabajar junto a mi padre. Mi madre, aún recuerda
aquellas conversaciones mi otro tío vivo como testigo de las mismas, no
confiaba en
el acuerdo verbal que se había hecho con su propio hermano y cuñada. Y
sí,
efectivamente, transcurridos apenas dos meses, llegaron del pueblo su
madre y
su tía; ambas hermanas consideraban que a mi primo había que pagarle un
salario, cuando el pacto consistía en alojamiento, ropas para vestir
(se sigue
recordando que vino sin tan siquiera una segunda muda) y monos de
trabajo, el
aprender el oficio de impresor y el poder facilitarle un posterior
salario
después de transcurrido el tiempo preciso para que ya pudiera realizar
alguna
tarea en la imprenta o, en su caso, el buscarle trabajo en otro lugar.
Sin embargo la
llegada de ambas hermanas se había dado ante la solicitud de mis
padres. Mi madre había
comprobado como nuestra hucha (un cerdito gordinflón) cada vez pesaba
menos; el
dinero que esa hucha contenía era en su mayoría cantidades de bastante
valía que
nuestro tío Jesús ingresaba "para sus princesas". Mi madre había
observado como mi primo se marchaba al baño silbando. A
su regreso la hucha estaba en su lugar, pero con menos peso; tenía una
pequeña navaja , posiblemente ese era el instrumento que usaba para
robarnos los
ahorros que nos regalaba el siempre alegre tío Jesús (que bailaba, con
o sin música,
indistintamente tanto con mi madre, como con mi abuela como conmigo
-con mi
hermana mayor no podía, no le gustaba bailar y se quejaba tanto que le
hacía
desistir-, una alegría que agradecíamos las tres, porque a papá le
gustaba cantar, pero
bailar era algo que no entraba "entre sus preferencias"). Reunidos
los dos hermanos y tíos del "ladrón" -y ya que mi padre comentaba los
pocos progresos que conseguía arrancar de mi primo, más aficionado a
fumar a sus
trece años que a hacer cualquier cosa que le resultara "pesada o
monótona"-, mamá y el tío telefonearon a su hermano, presentándose no
él,
sino su mujer y cuñada para discutir y desviar la cuestión (algo, que
como he
indicado, mi madre presentía que tarde o temprano podría ocurrir).
Papá nos cantaba "tres hojitas, madre, tiene el arbolé,..." antes
de que mi hermana menor naciera y sí, tuvo "tres hojitas o pequeños
brotes", y cuatro mujeres como compañía durante bastante tiempo hasta que
llegó el varón y último vástago, y, sin embargo, cuando le preguntaban la típica
frase en tono sarcástico el como podía vivir con tantas mujeres respondía que
"!muy felizmente!, siempre que no se pongan las cuatro al mismo tiempo a
hablar". Ya con mi hermana menor también recuerdo otras muchas canciones y
el jugar, para entretener a la pequeña, a ponerle música a cuentos o poemas de Rubén
Darío "¡Con diez cañones por bandaaaa!..."; de todas ellas, la
que más me gustaba y solía acallar a la entonces pequeña que acunaba con
ternura en sus brazos, mientras mamá preparaba todo para acostarnos, era "Tan
bonita, Margarita, tan bonita como tú". Mi hermana no se llama
Margarita, su nombre se decidió lanzando una moneda al aíre. Mi padre propuso
uno y mi madre otro. Ganó mi madre, por lo que "Paloma" quedó
desocupado... aunque mi madre consideró "que ya éramos suficientes",
máximo teniendo en cuenta que no sólo los problemas de salud que tenía no se
habían corregido con el embarazo de mi hermana, sino que con mayor
frecuencia sufría de otras molestias y síntomas que la impedían el poder realizar
un trabajo fuera de casa, aparte de ayudar a mi padre mientras la imprenta
siguió funcionando.
Lo que estos hechos y los que en un posterior artículo paso a relatar
pudieron afectar en mayor o menor medida a mis hermanas no corresponde a mí el
comentarlo. Porque no estoy en la piel de cada una de ellas (aunque tampoco
hayamos estado tan distantes como para desconocer lo que cada una ha vivido y
podido experimentar en esos tiempos y en los posteriores) y porque este es
"mi diario" y mi vida contada desde mis vivencias.
Dejo para una segunda parte la continuación de esta época, que tan
significativamente dejó su huella al dar inicio a un cambio que marcaría mi vida y hasta mi personalidad y carácter.