Martes, 17 de noviembre de 2009

...Continuación del artículo Los primeros años VI (Cambios)

Después de aquella brevísima estancia en la localidad de Alcorcón regresamos a Madrid capital. El principal motivo era, como ya comenté en el artículo que continúo, el no poder estar escolarizadas. Los pocos colegios públicos saturados así como las instalaciones mínimas requeridas para vivir en aquellos momentos en Alcorcón, hicieron que mis padres vendieran precipitadamente aquel piso y nos ubicáramos en la vivienda familiar en la que todavía vivo. Obvio que Alcorcón posteriormente fue añadiendo al gran número de viviendas iniciales el resto de las comodidades para hacer que la localidad (la ciudad, por su gran número de habitantes) dejara de ser una ciudad-dormitorio sólamente, por lo que nada tiene que ver con aquella que conocimos, aunque esa etapa sin "cole" y con las fiestas patronales fuera para nosotras una experiencia divertida y recordada.

Al llegar al nuevo domicilio tuvieron que adaptase ciertos hábitos. Contábamos con una habitación menos y mi hermana menor dejó de dormir en su amplia cuna (cuna que, situada en su propia habitación y siendo la más fresquista del piso de Alcorcón, era mi "lugar" favorito para dormir la siesta... la siesta siempre ha sido un placer que me ha gustado disfrutar cuando me he podido permitir "ese lujo" -hoy, casi obligación-). Con ello, empezó una nueva etapa: aquella en la que las tres hermanas compartíamos solas por primera vez la misma habitación. Para comprender qué significó el estar las tres en la misma habitación hasta que cada una fue decidiendo formar su propia familia, tendría que desglosar hechos que se sucedieron antes y después de la fecha de nacimiento de mi hermana pequeña.

Y este capítulo de mi vida es por ello extenso, sí, pues, entre otros hechos que se dieron, a los pocos meses de nacer mi hermana, mi vida comenzó a dar un giro inesperado que se comprende con la distancia que el tiempo te da. Tendré, por lo tanto, que ir desarrollando lo acontecido hasta retomar esa habitación conjunta en la que he pasado tan buenos momentos en compañía de las dos. 

Mi hermana menor llegó por recomendación del médico de la familia. Mi madre tenía un problema que parecía podía solventarse con un nuevo embarazo. Muchas veces, es bien cierto, mamá ha comentado que de ser una mujer de estos días sólo hubiera tenido un hijo (en este caso, mi hermana mayor). Y es comprensible. Papá trabajaba hasta altas horas de la noche para sacar adelante a una familia de dos hijas (en verdad "mi llegada era inevitable hasta cierto punto", pues mi abuela materna se empeñó en que mis padres "fueran a por el niño" obsesivamente; tanta era su obsesión que hasta el final de sus días continuaba con la eterna pregunta de para cuándo el niño. Fue morirse un 28 de diciembre, sí, el "día de los santos inocentes",  y a las semanas mi madre quedó embarazada de mi hermano, ¿casualidad?, siempre ha habido ciertas bromas respecto a tal hecho. A su vez, puedo dar fe de su terquedad: para ella yo tenía que haber nacido varón y para "hacerme enfadar" me repetía lo fea que le resulté cuando me vió de recién nacida... ¡y no era para menos!, después de estar mi madre sin querer ir al hospital dos días de parto hasta que decidí salir de su vientre, "¡un ser espantoso con llanto incontenible, completamente colorada,  roja, llorona y muy roja!", comentaba mi abuela burlona).

El hecho de que mi madre haya repetido tantas veces aquella frase de "una sóla, una, la primera, y ninguno más" se ha debido a varios motivos (y ninguno relacionado con el hecho de que nos haya querido al resto menos que a mi hermana mayor, no, sino por la problemática que ocasionó sacar adelante a cuatro hijos). El primer motivo se dió cuando al nacer mi hermana menor (todavía viviendo en la primera casa -en esta ocasión mi madre tuvo a mi hermana en un hospital... debió de "marcarle" mi eterno parto-) se tuvieron que hacer reajustes económicos. Poco después empezó otra cuestión más compleja.

Recuerdo aquellos días en los que de repente mi madre "desapareció" de casa. Era la primera vez que dejaba de verla en unos días. Mi hermana mayor sí había ya tenido esa experiencia. El verano previo quiso, con un llanto persistente, marchar con mi abuela al pueblo antes de que mamá y yo nos fuéramos a pasar unos días en aquella blanca con franja azulona casa manchega. Tan "trágico fue el número" que mi hermana mayor montó que yo me uní implorando también con llantos de eco el marcharme con ellas. Para conformarme, pues mi abuela se negaba a llevar a las dos y hacerse cargo de ambas sin mi madre, me "convencieron" comprándome un vestido... un vestido que necesitaba para ir a no se qué celebración familiar que se iba a dar, pero que calmó los llantos y pataletas a la despedida del Auto-Res en la estación.

Pasados dos días eternos, mi abuela solicitó a su nuera que nos vistiera; mi padre llegó dando noticias de mi madre: quería que una paisana y vecina se hiciera cargo de prepararnos para la ocasión. Sin saber muy bien qué significaba aquel repetido "tenéis una nueva hermanita " llegamos al hospital donde se iba a celebrar el bautizo de mi hermana recién nacida, antes de que dieran el alta a mi madre. Fuimos a la capilla del hospital y con los padrinos preparados me quedé asombrada viendo a una especie de muñeca vestida con el traje que hacía poco estaba en casa y que habían usado mis padres para bautizar a mi hermana mayor y luego a mí misma. Pese a que se nos mostró varias veces a la pequeña, no termina muy bien de entender todo aquello. La tranquilidad de mi hermana menor al mojarle el pelo, el que siguiera dormida pese a tanto jaleo me hacía considerar que sin duda era una muñeca lo que estaba enfundado en aquel traje conocido. Mis ojos no dejaban de buscar, perpleja por aquella reunión familiar tan precipitada (y sin ser Navidad, ni cumpleaños, ni nada que recordara en ese caluroso día de finales de junio que concordaba con lo que estaba aconteciendo). Tampoco dejaba de preguntar por mamá, de manera tan insistente que sólo la paciencia de mi padre podía calmarme con un: "pronto, pronto verás a mamá". El resultado de todo aquel conjunto de imágenes y voces se refleja a la perfección en la instantánea en la que aparecemos mi hermana menor recién bautizada, los padrinos, la vecina que nos preparó y mi hermana mayor y yo -grotescamente vestidas, con los trajes descolocados, y mucho peor peinadas, a pesar del empeño de mi madre de intentar que alguien con "cierta diligencia" se ocupara en dejarnos convenientemente preparadas-; en esa instantánea se me ve con la cara de "¿pero aquí qué está pasando?" y cada vez que ojeamos esa fotografía mi madre se enfada de lo mal que estamos y a la vez no faltan las carcajadas por lo esperpéntico del momento.

Como ya he comentado, cuando nació mi hermana menor la familia atravesaba un mal momento económico: mi padre, apoyado por su querido hermano Jesús, se decidió a dejar la imprenta en la que había estado trabajando durante prácticamente la totalidad de su vida y montó una pequeña imprenta propia. Era el comienzo de aquella pequeña empresa artesanal y los créditos y los préstamos para la adquisición de máquinas y demás equipamientos, impedían el poder celebrar un bautizo más "lujoso". De ahí la decisión de optar por el método de capilla y bautizo en el propio hospital de nacimiento, por otra parte muy habitual en aquellos años.

Finalizada la ceremonia y una vez realizadas las fotografías de rigor, observaba a mi hermana menor que continuaba dormidita, como si nada fuera con ella, ajena a tanto bullicio y cambio de brazos, los besos de los familiares y amigos que se habían acercado y el salir de la capilla para conversar y entregar obsequios a los invitados (la tarjeta del bautizo y nacimiento de mi hermana, como siempre realizada con mucho cuidado y mimo por mi padre, puros y cigarros por parte del padrino -nuestro tío, el único hermano de mi madre que le queda vivo- y dulces por parte de la madrina...), los invitados empezaron a retirarse y de repente, como una Bella Durmiente, mi pequeña hermana empezó a llorar; alguien comentó que era la hora de que fuera amamantada y de esta forma se la llevaron hacia unas amplias escaleras mientras mi padre nos daba un beso y la familia nos conducían a las dos hermanas mayores de vuelta a casa. Me quedé rezagada y eché la vista atrás, esas escaleras tan excesivamente grandes por las que se llevaban a mi hermana atraían mi atención y así fue como escuché un: "¡Sina, hija, mira arriba, aquí, mira hija!", la voz dulce de mamá, que no quería tampoco subir mucho el tono pues no estaba permitido el acceso a los niños, me hizo precipitar una carrera para subir por aquellos altísimos escalones y poder darle un abrazo, mamá me lanzaba besos con la mano y también debió de decir algo respecto a que no podía subir porque al pronto, y después de tropezar en el segundo escalón cayendo como era de esperar (mis rodillas siempre estaban señaladas por las caídas que me producía ante mis carreras y una cierta torpeza o precipitación), me sentí alzada en brazos de mi tío mientras chillaba un "¡mamá, mi mamá!" desesperado, como si de la cartilla de primeras lecturas se tratara. Esa imagen de mi madre con su camisón y asomada a la barandilla, en espera de recibir a mi pequeña hermana, acercándose a recoger el bebé ya exigiendo su alimento y a su vez mirándome e intentando calmarme, la tengo grabada de forma imborrable; creo que debí de pelear con todas mis fuerzas y hasta señalé a mi tío con arañazos y con las patadas que fui dándole mientras me sacaba del hospital.

En un inicio poco cambió después de la llegada de mamá y de mi hermana del hospital. También esa entrada de ambas está en mi retina. ¡Cómo no!, en seguida me puse celosa y no dejaba de estar sobre las piernas de mamá, abrazada a ella, besándola y acariciándola, mientras ella, pacientemente, atendía al resto de la familia, comentaba con mi abuela sobre lo que hacer con la pequeña y, a su vez, se abrazaba a mi hermana mayor. El ocupar sus rodillas todo el tiempo que estuvo sentada ¡fue una verdadera batalla de nones cada vez que alguien me decía que mamá estaba cansada y que la dejara ya!. Una vez pasadas las primeras horas, parece que todo volvió a la normalidad, pues la diferencia de cinco años con la pequeña causaba el que siguiera jugando con mi hermana mayor y que ambas tratáramos a la pequeña con una relación distinta. En principio quisimos que fuera un juguete, con el correspondiente recelo de mamá y papá, y luego, una vez ya iba creciendo, lo que usábamos como juguete era su cochecito. En el callejón en el que se encontraba la imprenta de papá, mientras mamá ayudaba en tareas de la imprenta y dejaba a la pequeña en una sillita que mi abuela había traído en unos de sus viajes, nosotras capturábamos a los gatos de la zona, los envolvíamos -esa era una labor que me tocaba, pues no me importaba meter patita por patita del gato enfurecido- dentro del arrullo de una muñeca que usábamos, le ataba una cinta y... metido en el coche a los pocos segundos de pasearle mi hermana mayor en el cochecito ya había saltado el gato bufando y asustado, con lo que el juego tenía que repetirse en busca de la siguiente "víctima". Quizás de aquellos juegos me ha quedado la "compenetración felina" y con sólo una mirada puedo entender "qué quiere decir un minino".

En esos días y en aquella primera vivienda, al estar mi madre embarazada de la pequeña tuvimos que compartir la habitación de papá y mamá. En una cama situada bajo la ventana dormíamos mi hermana al lado de  mis padres en su cama matrimonial; y al nacer mi hermana menor en aquella amplia habitación también se montó la cuna que se había comprado para la primogénita y que usaríamos las tres (en mi caso, incluso ya mayorcita para hacer la siesta, como he comentado). La habitación tenía cerrojo, al igual que la otra más pequeña: una habitación que tenían alquilada a un matrimonio sin hijos para sí obtener algunos ingresos que ayudaran a sostener la casa y el nuevo negocio. Aquel matrimonio, cuya mujer, María, sigue teniendo muy buena amistad con mi madre, nos atendía como si fuéramos sus hijas. Elías, me cuentan, cuando llegaba del trabajo me cogía en brazos y cenaba conmigo (bueno, yo ya había cenado) y permitía que cogiera los boquerones fritos que le tenían preparado, con el enfado de mi madre y de su mujer María, pues podía atragantarme, cosa que nunca ocurrió. Pienso que igual Elías fue el que hizo que prácticamente no haya ningún alimento al que "le haga ascos", que me gusta casi todo.

Poco antes de que naciera mi hermana menor también estuvo alojado en la casa el mayor de mis primos por parte materna. Le habían comprado una cama plegable para que durmiera en el salón. Mis tíos -ya fallecidos- decidieron, con el apoyo de mi padre, que viniera a Madrid a aprender el oficio de impresor para después trabajar junto a mi padre. Mi madre, aún recuerda aquellas conversaciones mi otro tío vivo como testigo de las mismas, no confiaba en el acuerdo verbal que se había hecho con su propio hermano y cuñada. Y sí, efectivamente, transcurridos apenas dos meses, llegaron del pueblo su madre y su tía; ambas hermanas consideraban que a mi primo había que pagarle un salario, cuando el pacto consistía en alojamiento, ropas para vestir (se sigue recordando que vino sin tan siquiera una segunda muda) y monos de trabajo, el aprender el oficio de impresor y el poder facilitarle un posterior salario después de transcurrido el tiempo preciso para que ya pudiera realizar alguna tarea en la imprenta o, en su caso, el buscarle trabajo en otro lugar. Sin embargo la llegada de ambas hermanas se había dado ante la solicitud de mis padres. Mi madre había comprobado como nuestra hucha (un cerdito gordinflón) cada vez pesaba menos; el dinero que esa hucha contenía era en su mayoría cantidades de bastante valía que nuestro tío Jesús ingresaba "para sus princesas". Mi madre había observado como mi primo se marchaba al baño silbando. A su regreso la hucha estaba en su lugar, pero con menos peso; tenía una pequeña navaja , posiblemente ese era el instrumento que usaba para robarnos los ahorros que nos regalaba el siempre alegre tío Jesús (que bailaba, con o sin música, indistintamente tanto con mi madre, como con mi abuela como conmigo -con mi hermana mayor no podía, no le gustaba bailar y se quejaba tanto que le hacía desistir-, una alegría que agradecíamos las tres, porque a papá le gustaba cantar, pero bailar era algo que no entraba "entre sus preferencias"). Reunidos los dos hermanos y tíos del "ladrón" -y ya que mi padre comentaba los pocos progresos que conseguía arrancar de mi primo, más aficionado a fumar a sus trece años que a hacer cualquier cosa que le resultara "pesada o monótona"-, mamá y el tío telefonearon a su hermano, presentándose no él, sino su mujer y cuñada para discutir y desviar la cuestión (algo, que como he indicado, mi madre presentía que tarde o temprano podría ocurrir).

Papá nos cantaba "tres hojitas, madre, tiene el arbolé,..." antes de que mi hermana menor naciera y sí, tuvo "tres hojitas o pequeños brotes", y cuatro mujeres como compañía durante bastante tiempo hasta que llegó el varón y último vástago, y, sin embargo, cuando le preguntaban la típica frase en tono sarcástico el como podía vivir con tantas mujeres respondía que "!muy felizmente!, siempre que no se pongan las cuatro al mismo tiempo a hablar". Ya con mi hermana menor también recuerdo otras muchas canciones y el jugar, para entretener a la pequeña, a ponerle música a cuentos o poemas de Rubén Darío "¡Con diez cañones por bandaaaa!..."; de todas ellas, la que más me gustaba y solía acallar a la entonces pequeña que acunaba con ternura en sus brazos, mientras mamá preparaba todo para acostarnos, era "Tan bonita, Margarita, tan bonita como tú". Mi hermana no se llama Margarita, su nombre se decidió lanzando una moneda al aíre. Mi padre propuso uno y mi madre otro. Ganó mi madre, por lo que "Paloma" quedó desocupado... aunque mi madre consideró "que ya éramos suficientes", máximo teniendo en cuenta que no sólo los problemas de salud que tenía no se habían corregido con el embarazo de mi hermana, sino que con mayor frecuencia sufría de otras molestias y síntomas que la impedían el poder realizar un trabajo fuera de casa, aparte de ayudar a mi padre mientras la imprenta siguió funcionando.

Lo que estos hechos y los que en un posterior artículo paso a relatar pudieron afectar en mayor o menor medida a mis hermanas no corresponde a mí el comentarlo. Porque no estoy en la piel de cada una de ellas (aunque tampoco hayamos estado tan distantes como para desconocer lo que cada una ha vivido y podido experimentar en esos tiempos y en los posteriores) y porque este es "mi diario" y mi vida contada desde mis vivencias.

Dejo para una segunda parte la continuación de esta época, que tan significativamente dejó su huella al dar inicio a un cambio que marcaría mi vida y hasta mi personalidad y carácter.

Publicado por Sina_Garcia @ 1:08  | Sina cuenta su Vida
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