Pilar Manjón se ha convertido en lo que desde el primer momento quiso y tenía que ser; es el abrazo cálido de quien no podrá abrazar a su hijo o a su hermano, la mano con fuerza que sujetará a aquellos que han de soportar la ausencia de los suyos, a aquellos que de por vida tendrán que superar la muerte que les rodeó y que vieron en los trenes de Atocha, aquellos que llevan en su piel los minutos del terror, las pesadillas del recuerdo y los sonidos del dolor... Pilar Manjón no puede abrazar a su hijo ni puede acompañarlo a los médicos para que se recupere de sus heridas, pues sus heridas fueron mortales.