El camino parecía eterno y sin embargo apenas había unos
metros de distancia entre su alcoba y el otro lado de la casa. Al llegar, casi
sin aliento, abrió el cajón; de manera intuitiva palpó y pudo alcanzar las
tijeras, no se había parado a encender la luz y tampoco era necesario, conocía
cada rincón de la casa aún a oscuras. Regresó por el mismo pasillo hasta llegar
al gran espejo y se paró frente a él. Había decidido cortarse el pelo y
preparó cuidadosamente sus cabellos divididos en dos partes lo más simétricas
que pudo. Su mano portando las tijeras no llegó a reflejarse en el espejo, su
cara, ahora descompuesta, mostraba una mueca de un amago de sonrisa grotesca;
sin darse cuenta su mano cedió ante el peso de las tijeras, que cayeron sobre
el suelo.
No supo cuanto tiempo estuvo mirando aquel rostro sombrío y
desconocido hasta que sintió sus pies empapados por una masa viscosa y caliente.
La flaqueza hizo que su cuerpo se tambaleara, al mirar hacia el suelo buscando
algo a lo que sujetarse para no caer vio que su ropa estaba manchada. Como pudo,
extendió uno de sus brazos hacia el lavabo; el aturdimiento iba en aumento y
para cuando estaba limpiándose cayó en la cuenta de que era en vano. A través
de sus manos teñidas de rojo se mostraron las incisiones en las muñecas. Cuando
la interrogaron lo único que recordaba era aquella imagen deformada en el
espejo que repetía cáustica una y otra vez: -“Lo siento, señorita, pero no
puede ser. Como ya le expliqué, usted no puede donar sangre”.