Demasiada alzada y demasiado joven, quizás; había tardado demasiado en llegar y ya en el umbral de la entrada a su consulta no estaba por la labor de abrir la portilla que permitiera el acceso con la silla en la que durante horas se había retorcido el cuerpo aquejado. Un rudo saludo “¿por qué va en silla?, ¿ acaso no puede moverse?”, mientras la voz que empujaba la silla replica: “¿Qué no ve que no se sujeta?, apenas tiene fuerzas”.
El joven interno, sin resolución alguna y menor interés en querer inclinar su estilizada figura para abrir el seguro de la segunda de las hojas que forman la puerta de entrada, no responde a la mujer, fijando su mirada en la aturdida y ya impaciente que apenas puede llegar a devolver la mirada en un esfuerzo de elevar su cabeza. Mientras la madre intenta empujar la silla una y otra vez, para conseguir entrarla por el insuficiente espacio, alguien se aproxima. Un hombre, también parece vigoroso y con camisa de cuadros, dice algo mientras quiere ayudar a la mujer. El joven médico cede ante los comentarios que desde la sala de espera de la UPA le increpan y agarra fuertemente a la mujer por las muñecas para levantarla y evitar el que la dichosa puerta se abra en su totalidad.
Un chillido instintivo y el desplome irremediable al soltar bruscamente el interno a la mujer ante su reacción de lamento. “¡Por favor, por Dios!, ¿qué no se da cuenta que no puede…?”. -“¡Salgan, salgan fuera, ella selevantará sola!, ¡fuera he dicho!”. La voz de la madre responde nerviosa secundada por el hombre de camisa de cuadros, según se escucha el portazo de la única hoja de la puerta abierta y la silla fuera, acompañada en el pasillo por el revuelo generado.
Aunque esté a mis espaldas presiento que me mira, me observa, es como si quisiera no sólo medir mi posible respuesta sino la suya, a partir de esa primera toma de contacto. Estoy sentada en el suelo, de bruces, en la posición en la que caí al soltarme las muñecas el interno, el doctor sigue cerca de la puerta y me arrastro, he escuchado que yo sola puedo moverme y se lo digo: “sí, puedo, con dolor, con esfuerzo, pero puedo, lo he hecho antes, sí… antes…”.
Intento poner las rodillas, olvidando que el simple roce de algo en contacto con ellas puede ser de nuevo insufrible, gateo con la idea de llegar hasta una de las sillas de la consulta. Afuera, en el pasillo de los acompañantes a las urgencias, siguen oyéndose los comentarios. Mi madre parece quejarse ante la doctora que me atendió al llegar a primera hora de la mañana, ya deben de ser más de las cinco de la tarde. El interno del área de psiquiatría se aproxima al comprobar que ya he alcanzado la silla y que con los brazos intento encaramarme al asiento, el cuerpo es demasiado pesado para mí pese a haber perdido más de cuatro kilos en los últimos tres días. Pasa sus brazos por debajo de mis axilas y con algo de cuidado me sienta. Me permito una pequeña licencia, mi pensamiento se evade por un segundo… ¿alguna vez sentiré -además de en aquellos cada vez menos frecuentes sueños eróticos- placer al imaginar a un hombre sobre mi espalda?... me extraño de tal idea, mis rodillas ya no me darán felicidad, tampoco ellas.
Empieza el interrogatorio formal una vez está en su sillón. No puedo verle, estoy en la posición en la que había quedado la silla: de cara a la pared. Se levanta y me coloca junto a su mesa. Horas antes no podía impulsar los aros de la silla de ruedas, tampoco mis piernas podían manejar esta silla más ligera pero no menos ardua de mover.
Preguntas repetidas a ciclos controlados, sopesando si mis respuestas son coherentes… pero son incómodas, molestas, hostiga tanto protocolo y tan poca diligencia. Es joven, demasiado inexperto y me mira, me mira sin entender si todo es una interpretación de la "victimita", de la madre preocupada en exceso, de un mero recurso para conseguir una visita más y un diagnóstico más haciendo uso y abuso de las urgencias, si hay un motivo real,… si ha existido otro intento de suicidio. Pregunta, pregunta y pregunta y lo entiendo, ¡pero estoy tan cansada!... y de poco servirá -lo sé, lo sé de antemano, por ello no quería ir de nuevo a urgencias, otra vez no-, me hace tomar una pastilla, sus ojos siguen sin ser fiables, no sé si desconfía de mí o de su propio dictamen. Le enseño las manos y la boca abierta con la lengua de fuera, con sarcasmo: "me he tomado todo-todo!.
Hace pasar a mamá que no se ha movido de la puerta. Nos habla y pregunta a las dos. Pregunta por cuáles son mis problemas “en verdad”, -“¿en verdad?, que no puede trabajar y le siguen llamando las empresas, ayer mismo…” pero no le interesa que le contemos nuestra vida; también por el tema económico: “¿Se ha gastado las tarjetas?, ¿pero son suyas o de ella?”, sonrío gesticulando con exageración, mamá no interpreta bien lo que la pregunta el "doctorcito": “no, doctor, no, no las he gastado en el bingo, no… son mías y estamos hablando de pagar las compras, la comida, las pastillas, ya sabe: el vicio de los pobres”. Mamá mira al médico estupefacta “¡no, por favor, no, mi hija no se ha gastado en esas cosas lo de las tarjetas, no!, ¿pero qué quiere decir?, ella nunca ha ido a uno de esos sitios, ni nada de eso”. Mamá está apunto de reventar, lo presiento, le mira con odio. Nos dice que me dejan en Observación, que he de insistir en que se adelanten las citas que me han retrasado, que transcurridas unas horas me verá de nuevo y valorará… mamá le exige que me siente de nuevo en la silla de ruedas; no habría hecho falta, antes de hacerlo ya estaba levantado y cogiendo la silla que mamá no había soltado durante todo el tiempo de espera en el pasillo; el médico me incorpora con bastante cordialidad y me deposita en la silla sujeta por mamá.
Antes de salir le pregunto si puedo decir algo: -“Sí, claro”. -“No sujete nunca a un enfermo de fibromialgia por las muñecas”. -“No pretendía hacerle daño, discúlpeme”. Abre ambas puertas para que salgamos, afuera el hombre de la camisa de cuadros nos espera y sigue ayudando a mamá. Un auxiliar toma la silla y me lleva a la Unidad de Observación a tomar la tensión, hipertensa y muy descompensada comentó la doctora que me había visto en primera instancia. A lo lejos se oye a mamá hablando con el resto de los familiares de otros pacientes quejándose y exigiendo explicaciones del trato recibido.
A las once y media de la noche estamos de vuelta de nuevo en casa. La escena de Sina tirada en el suelo arrastrándose e intentando ir a gatas por el despacho del interno de urgencias de esas horas, es una experiencia nueva: mofada y agraviada… y lo peor de todo es que en ese momento me importaba una mierda.