La amanecida descubrió unos ojos índigo. La figura del
felino recortaba la ventana que destapaba la imagen sobre la cama. La piel aún
temblorosa se deshizo en dos de nuevo. Un abrazo recogido dirigía una mano a
acariciar su nuca mientras la otra se recogió en su hombro, la cabeza acabó
recostada sobre el henchido torso de él. La mujer cerró los ojos, oliendo
su perfume, colmada y satisfecha cedió por fin ante el vigoroso porte; puso el oído en su pecho sintiendo que
el latido de ambos corazones podría ser uno. El
hombre la giró suavemente y, levantándose, empezó a vestirse.