Durante
eternos minutos pensé que había sido la peor de las ideas. Mamá
temblaba, me había hecho la tonta obligándola a abrir al repartidor. El
pulso debía de estar acelerado ante no sólo la sorpresa, sino la
presencia del joven con aquellas nueve rosas, nueve del rosa
aterciopelado como el de la piel del embarazo de una madre. Ante los nervios
no sabía si sujetar el ramo, si recoger el paquete con lo que parecía un
regalo y preguntaba con insistencia al repartidor: -“¿De quién es, lo
sabe usted?, es que apenas puedo ver... dichosos ojos, ¿usted lo sabe?”.
-“Pues será alguna sorpresa, señora, de quien menos se imagine; usted
firme aquí, como pueda, un garabato y tome, tome el paquete”, mientras
sonría y nos miraba. Yo guardaba detrás de ella, entre el recibidor y la
puerta del cuartito en el que medio me escondía y miraba en la lejanía
su expresión.
Pero
no percibí su estado de exaltado nerviosismo, sólo que quería -como
suele hacer de forma reiterada- que firme en vez de ella cada vez que hay ocasión;
dice que no estuvo demasiado tiempo en el colegio y no le gusta
su grafía. Tu tensión llegó al cerrar el puerta el joven, abrir con mi
ayuda el paquete al que hasta ese momento no había prestado la menor
atención y encontrar un sobre: un sobre con una tarjeta en su interior.

La sujetó de tal forma que su mano tapó el cuadrante inferior derecho… y lloró, lloró con voz exaltada: -“¡No se ha olvidado, mira, hija, es de ella, no se ha olvidado!”. No sabía cómo explicar: -“No es de ella…”, -“¿de Ana no, entonces de Piedad?, -“no, tampoco, no…”, -“¡tu hermano, es de él, de tu hermano, es de él, de él!”.
¡Temblaba tanto!, su color sofocado en las mejillas resaltaba cada vez más la palidez de su rostro… y lloraba, lloraba mientras su corazón parecía fuera a salirse del pecho. Pude sentarla en el sillón al tiempo que retiraba sus dedos de la zona del remitente. Mientras ella leía mi nombre la suplicaba atemorizada: -“¡Por favor, mamá, cálmate, cálmate!, ¿te doy una pastilla, quieres?, creo que la necesitas, tienes el pulso muy acelerado, no me asustes mamá, ¡cálmate!". Llevó mi cabeza contra su pecho que se agitaba desbocado, me besaba, decía el nombre de ellos, me besaba y una vez pude desasirme de su abrazo corrí al aparato de teleasistencia. No quería que llamara a nadie, no quería tomar nada. Me pidió la disculpara y lloré por no haberla preparado ante lo que creía iba a ser un bonito momento.
Yo era quien tenía que haberte pedido perdón a ti, mamá, yo…