Lunes, 29 de diciembre de 2008

Ayer día 28 mi abuela materna (la manchega) hace unos años nos dio su última inocentada: falleció. Siempre he pensado que fue de tristeza, de nostalgia. ¡Amaba tanto a su pueblo!, su casa con patio, sus vecinas y los corrillos en las tardes soleadas de invierno y en las de los veranos, al refugio de las altas paredes blanqueadas y con su banda azul añil, herencia de los antiguos mozárabes. De pequeña muchos veranos los pasábamos en La Mancha, en un lugar que siempre recuerdo: Quintanar de la Orden, aunque mi abuelo, que no lo era de sangre, le llamaba “del Desorden”. Pueblo grande en gentes y en recursos … pero con poca sombra. Es lo que más me fastidiaba de aquellos veranos: salir al pleno sol, fuera del “recinto amurallado del patio de mi abuela, siempre fresco y cálido a la vez” y encontrarme con la cruda realidad: las calles sin árboles, sólo la sombra de aquellas casas con algo de altura, ¡un infierno para mí, que me he pasado toda la vida con sombrero “como una inglesa” o cruzando de acera para ir de sombra a sombra!. Que el sol siempre me ha gustado, pero no que me “picara en la piel”.

A mi abuela no le gustaba Madrid, y, claro, menos en aquellos años difíciles en los que la conoció. Siempre regresaba a su tierra. Mi madre nació con su padre ya muy enfermo (sufría del corazón), fue el último parto de mi abuela y, con bastante diferencia del anterior: también una niña de la cual comentaba era blanquita y rubia con un pelo que se le hacían tirabuzones con tan sólo peinarla con las manos; la llamaron Nieves, pero Nieves murió, con apenas siete años, antes de que mi madre llegara a conocerla. El resto de los hijos, todos varones, habían nacido con bastante diferencia con respecto a mi madre, y de todos ellos, sólo dos sobrevivieron.

Una viuda con dos hijos ya con preparativos de boda y una pequeña a su cargo, tenía muy pocas opciones. La más habitual casarse de nuevo. Y mi abuela se casó con el único “abuelo” que conocí (por parte paterna mis abuelos murieron mucho antes de que mi padre conociera a mi madre), que era, de cara a nosotros, “los nietos”, un juerguista, bromista, con el que nos lo pasábamos pipa.

Era también de la tierra y por eso, al casarse, los abuelos se quedaron a vivir en el pueblo, por lo que aparte de los veranos, sólo los veía en las pequeñas escapadas que hacían a Madrid (mi abuela ¡siempre estaba pensando en regresar a su casa y dejar tanto jaleo y tanto piso con ascensor!). Sin embargo a mi abuela esas bromas no le hacían mucha gracia. El tiempo te descubre los porqués de ciertas cosas: mi abuela no hizo un gran matrimonio. Aparte de agregar a sus numerosos hijos (de todas las edades) el nuevo marido al llegar a la casa de mi abuela, que ya prácticamente vivía con mi madre de muy corta edad, destruyó lo que mi verdadero abuelo había dado a su esposa e sus hijos hasta su muerte: paz. Para mi abuela tuvo que ser insufrible, ¡pero a mi madre le marcó para siempre!. Cuenta cómo con tan poca edad corría de noche entre calles y caminos entre arbustos y arboleda y los ruidos de la noche, buscando refugio para no ver el trato que su madre sufría de su nuevo marido. Tampoco los hijos mayores de tal “señor” eran “mancos”, pues más de un tortazo le llegaron a dar a mi abuela, sin que su padre les recriminara ni mucho menos.

Por eso mi madre eligió Madrid, volvió (después de aquellos años en los que acompañaba a su madre al hospital para visitar a su padre tan enfermo, imágenes que tiene grabadas en su mente y corazón, aún siendo muy pequeñita) y se quedó con la idea de “casarse con un madrileño”.

Esto último lo sigue diciendo a cualquiera que le pregunte, ¡era una obsesión!; a sus dieciséis años dejó el pueblo huyendo de los que la pretendían, pues relacionaba a aquella gente campesina (que podía ser tan buena como cualquiera, aunque ella no lo podía ver así ) con las obligaciones de su madre: atender a una recua de hijos, atender sus ropas, sus comidas, llevar la casa, ir al campo a trabajar para llevar un jornal inferior al de un hombre, aún haciendo el mismo trabajo (por mi madre y un hijo de mi “abuelo” de semejante edad, a mi “abuelo” le pagaban el jornal de un mayor) … para luego recibir malas palabras y más de un tortazo.

Y sí, por casualidad, pero se casó con un madrileño. Un madrileño al que le encantaba ir al campo, subir a riscos y montañas … y visitar Quintanar para que sus hijas conocieran la vida del campo, sus animales y sus costumbres.

Cuando mi abuela enviudó por segunda vez, ¡no, no se volvió a casar!, se quedó en su tierra, hasta que ya mayor, por un catarro tonto, la trajeron de nuevo a Madrid … y aquí murió.

Y, por hoy, ¡ya he largado suficiente! (alguno estará durmiendo en el teclado a estas alturas). Mejor callo y dejo para otro día el resto.


Publicado por Sina_Garcia @ 20:59  | Sina y sus Vivencias
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