Viernes, 23 de enero de 2009
Sí, sucedió poquito a poco, casi fuimos los últimos en darnos cuenta. Quizás no era el momento adecuado (¡qué fácil buscar una excusa!: ¡mi vida era tan complicada!), quizás, no di señales, quizás tú te cansaste de mi “aparente indiferencia”… Mi primer día de trabajo nos presentó el Jefe de Estudios. Muy amablemente, como siempre lo has sido, te ofreciste, sin conocerme ni apenas unos minutos, a solventar un problema que tenía en mi equipo. Tu sabiduría, así como tu naturalidad y modestia auténticas, en cualquier cuestión eran sobradamente conocidas por todos; aquel mismo sábado ya estabas en casa; acariciabas a Morito, mientras él, curiosamente, se dejaba. Éramos colegas de trabajo, amigos entre café y café, ¡dos locos “bailones hasta el amanecer” en cada una de las reuniones de la pandilla!.

 “Si volviera a nacer, si empezara de nuevo,
volvería a buscarte en mi nave del tiempo
.”  


Todo se precipitó; tu resignación acabó una noche con unas cuantas copas de más y ella, al acecho, aprovechó la ocasión que parecía esperar. Yo no estaba, hacía un año de la muerte de mi padre, ¡no tenía ganas esa noche de fiestas!. Me lo contaron casi a escondidas, ¡a la mañana siguiente, no esperaron mucho!; se podía “tocar la expectativa”, pero no reaccioné, me puse la bata y entré con mis cosas a clase. A la salida, ya ibas con ella de la mano, os despedisteis, tú no mirabas, apenas un gesto, yo me quitaba la bata y se fueron apagando las luces del centro, lenta, muy lentamente. Volvía a casa, sin pensamiento alguno, o, quizás, sí.

Yo digo aún: ¿Por qué callé aquel día?.
Y ella dirá: ¿Por qué no lloré yo?


 Siguieron las charlas entre café y café. Pasó el tiempo, llegaban rumores. Ella, ella, ¡parece ser que ibas quejándote de sus idas y venidas, de sus “manías”, de tantas, tantas cosas!. Alguien comentó en cierta ocasión: “¿ah, pero a ti tampoco te cae bien, Sina?, ¡pensaba que todo el mundo te caía bien!”. Era la amiga de “tus confesiones más íntimas”. Un parco: “he compartido cursos con ella, sé cómo se las gasta, simplemente”. Aquel cumpleaños, nuestra compañera y, a la par, tu amiga de confidencias, te asesoró para hacerme un regalo: una preciosa pulsera. Comentaste que el color de las piedras lo habías elegido tú, porque sabías que era el que me gustaba. Era lo habitual, nos regalábamos la pandilla siempre en los cumpleaños, pero en esa ocasión preferiste hacerme un regalo propio, ¡ya que se te había pasado cuando lo comentaron en el trabajo!. Me hizo muy feliz, está guardada como testigo de un hermoso día. Al poco ella regresó de nuevo, quería una nueva oportunidad, ¡se te veía tan feliz!, era imposible obviar el tiempo perdido, ¡estabas atrapado!. Además, ¿quién era yo para no dejarte elegir?.

Las exigencias para vivir más acomodada, y otras que se dieron, te obligaron a tomar una decisión: ante la máquina de café me lo dijiste. Dejabas la docencia, una empresa importante te ofrecía un buen trabajo con unas estupendas condiciones. No cabía duda, ¡me parecía que hacías bien!. Bajaste la cabeza: “nunca dejaré de ser profesor, nunca olvidaré esto”. No pude responder, creo que al mirarnos, nuestros ojos estaban humedecidos. ¡Era muy tarde!, había que retomar las clases; cada uno volvió sus pasos hacia su aula.

Nos dijimos adiós y pasaron los años,
volvimos a vernos una noche de sábado,
otro país, otra ciudad, otra vida,
pero la misma mirada felina.


El mundo gira y gira, para volver de nuevo a un tiempo anterior. Me enteré en Secretaría. Todos lo comentaban: tu padre se estaba muriendo. Me di la vuelta, lloré, ¡no podía ser!, ¡lo mismo otra vez y ahora a ti!: disfrutando con su mujer, ya jubilado, en su casita al lado del mar, ¡maldita enfermedad!.

Me fui a un aula vacía y saqué fuerzas y te llamé; apenas nos salían las palabras. Habías solicitado a la empresa realizar el trabajo desde casa, para así mejor atenderle. Ya era cuestión de días. Un momento de silencio, te pregunté: “¿puedo decirte algo, D.?”, “sí, claro”; “disfruta cada rato de él …, después me entenderás”. Dijiste que sí y nos despedimos.

No le gustó al jefe nada lo que le pedía, “ya no éramos compañeros, ni familia, ni …¡en un momento tan importante … faltar por eso …”. Sí, “hay un motivo: fuimos compañeros y seguimos siendo amigos”. Otros también opinaron lo mismo: los lazos no estaban rotos; pese a dejar la empresa, seguíamos reuniéndonos en distintas ocasiones. A veces ibas con ella, otras no, ¡seguía siendo “algo rara con tus amigos”!.

Quería hacerlo, ¡con todo mi corazón!. Llegamos en coches, en pandilla, ¡aquel mismo lugar de nuevo, después de tanto tiempo!. Las familias y allegados en los pasillos, las salitas ocupadas casi en su totalidad. Iba con mi amiga y, todavía, por supuesto, tu “pañuelo de lágrimas”, y con tres compañeras más. Nos esperaba el resto de los amigos para darte el pésame todos juntos, en pandilla. Comenzamos en fila el recorrido, ¡la salita tenía una numeración muy cercana a aquella que sirvió de velatorio para mi padre!. Mis pies andaban solos, sin ningún pensamiento, pues quería retirar aquellas otras fechas tan amargas en ese momento tan importante para ti. Llegué a tu lado, no me salieron las palabras al oírte un desgarrador: “¡Sinaaaa!”. ¡Cuánto dolor se puede sentir, cuánto puede llegarte!, te abracé, ¡tanto, tanto, con tantas fuerzas y llorabas como un niño, sin dejarme soltar!. Fue tan natural, ¡tan de adentro!. Pero ella, que estaba a tu lado, puso sus brazos entre los dos. Nos miramos, bajaste la cabeza, el resto del grupo debía de seguir haciendo el protocolo de aquellas circunstancias. No pude entrar a la salita a ver a tu madre. Me giré en sentido contrario, me agarré a la barandilla, ¡quería respirar, me ahogaba!: ¡qué horrendo espectáculo!, las tumbas del cementerio de enfrente, en donde se encuentran las cenizas de mi padre y en donde poco después estarían las de tu padre. ¡Era imposible evadirse, dejar el dolor aparcado!. Entonces, C., ¡querida C.!, con su sabiduría de mujer de una vida más dilatada, me agarró de la cintura y me susurró en el oído: “no te preocupes, Sina, yo ya llevo aquí bastante tiempo, y me marcho para casa, vente conmigo en el autobús, que te deja cerca de casa, no hace falta que digamos nada, ¡lo entenderán!, saben lo del tuyo”.

No dije nada, me froté los ojos, me dejé llevar por ella, volví la cabeza: estabas sentado, llorando, ella pasaba su brazo por tu espalda y me miró. Al día siguiente sería el funeral o el acto de despedida por la memoria de tu padre antes de ser incinerado.

A la salida de la Iglesia, después, camino del coche de los acompañantes en el que ya estaba tu madre para regresar a casa … no pude acercarme, a diferencia de la pandilla, que te arroparon y te acompañaron hasta la misma puerta. Tus ojos levantaron la vista, me vieron, te hice una seña con la mano y medio-sonreíste.

Como un pájaro de fuego que se muere en tus manos,
un trozo de hielo desecho en los labios,
la radio sigue sonando, la guerra ha acabado,
pero las hogueras no se han apagado aún.


Pasó el tiempo. Siguieron las llamadas, aunque cada vez más por “cortesía”, quizás (navidades, cumpleaños, … ¡poco más!, yo también había dejado el Centro) y continuaban los rumores (que ya no quería escuchar). Y así, en un momento dado, sin un motivo especial, ya no hubo más llamadas.

Y como ¡nada es eterno!, estas navidades, ¿por qué no recuperar el contacto?, al fin y al cabo un amigo como tú no se encuentra todos los días. Pero mejor que una llamada, un mensaje. Creo que la inseguridad me pudo: ¡sí, un mensaje!.

Y yo te envié un mensaje aprovechando las fiestas navideñas, queriendo saber cómo estabas, cómo te iba en el trabajo... Pero pasaron los días y no hubo respuesta. No ha habido respuesta. Me planteé no hacerme ninguna pregunta si no tenía una respuesta, no replantear lo que no pudo ser o simplemente no fue. Y no lo hago. Pero, ¡sólo necesitaba saber que estás bien!.

 “Es el destino quien nos lleva y nos guía,
nos separa y nos une a través de la vida.


 No dejo de escuchar a Amaral:  “cómo hablar, si cada parte de mi mente es tuya”.

Publicado por Sina_Garcia @ 1:23  | Sina y sus Vivencias
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Comentarios
Publicado por Isa
S?bado, 24 de enero de 2009 | 22:22
Hola Sina , me he emocionado mucho al leer tu historia, es una pena que al menos no hubiesen podido mantener esa relaci?n tan bonita de amistad.
?Es el destino quien nos lleva y nos gu?a,
nos separa y nos une a trav?s de la vida.?....
Un beso guapa.
Publicado por subohn
S?bado, 24 de enero de 2009 | 23:05
QUE BUENO TU RELATO, LLENO DE RECUERDOS DOLOROSOS. EL POR QU? NO PUDO SER? QUI?N SABE NO. LOS HILOS DE LA VIDA SE CRUZAN Y HAY QUE SABER EN QUE MOMENTO HACER EL NUDO PERO NO TODOS TENEMOS ES SABIDUR?A..EN QU? MOMENTO.
SUERTE EN TU VIDA AHORA Y SIEMPRE s?
Publicado por Sina_Garcia
Domingo, 25 de enero de 2009 | 0:57
?Qu? decir, Isa!. Ser?a muy bonito. Es un hombre ?nico, un ser muy cercano, muy de verdad. Quiz?s una amistad no me resultaba suficiente, o me doler?a. Igual"me desentend?", lo que no dice mucho a mi favor de mi comportamiento hacia alguien como ?l.
Publicado por Sina_Garcia
Domingo, 25 de enero de 2009 | 1:06
Hola s?. Es un pedazo de mi vida, relativamente reciente. Antepones otras cosas, otras personas y pasa el tiempo. Pienso si pudo haber cierto ego?smo por mi parte o me infravalor?. Ahora, esa cuesti?n es irrelevante.
Gracias, tambi?n te deseo suerte.
Publicado por peixes
Lunes, 09 de febrero de 2009 | 1:13
Las heridas de amor son las m?s dolorosas, pero tambi?n las m?s hermosas...
Recuerdo que me contaste esa historia y tambi?n el d?a en el que le mandaste el mensaje...
Quiz?s haya un tiempo en el que puedan reencontrarse... quiz?s en otra vida o quiz?s en ?sta... no dejes de so?ar...
Publicado por Sina_Garcia
Lunes, 09 de febrero de 2009 | 2:39
S?, Peixes. Me considero afortunada por haber encontrado y compartido mucho tiempo de mi vida y de instantes muy entra?ables con un hombre tan excepcional.
No puedo lamentarme, porque fue muy hermoso.
"Y los sue?os, ?sue?os son!", pero son m?os.