Viernes, 23 de enero de 2009

¿En qué momento dejas de ser una niña?. ¿En qué momento puedes entender que lo que para ti puede ser una cosa para otros puede ser otra?, ¿en qué momento descubres lo que para ti fue una niñez plena, para otros puede ser algo tan distinto, que, incluso, puede dejarles marcados trágicamente para toda la vida?.
Yo tuve unos años de niñez, que se prolongaron después, cuando a los nueve años nos trasladamos de domicilio. Aunque esta nueva etapa siguió siendo feliz en compañía de padre y hermanos, no llegó a ser lo mismo, pues ya nos habíamos distanciado de algunos primos y de amigas/os, que tuvimos que cambiar por otros nuevos.

El taller de mi padre (queda pendiente hablar de mi padre, ¡tanto bueno que decir!, pero será en otro momento) seguía en el callejón de locales que quedaba frente a la casa en la que nací.

Antes de trasladarnos hay algo que ocurrió que, después con el tiempo, recuerdas como si la memoria rescatara cada detalle de tu vida.  

Desde pequeñitas, mi hermana mayor y yo (la tercera era demasiado peque para jugar y estaba con mamá y el pequeño de todos llegó mucho más tarde y ya, en el último domicilio de mis padres) jugábamos a todo tipo de juegos: con los compañeros de cole, con amigas y amigos del barrio, con los primos (uno de ellos, está ahora en un momento muy delicado, ¡sabes que te queremos, mucho!, ¡eres fuerte, muy fuerte y esta batalla la tienes ganada!, eres tan fuerte, tanto, que el día que estuve en tu casa, previo al tratamiento, me cogiste en volandas, como cuando era una cría, y me besaste susurrándome que no se me ocurriera otra vez más, ¡yo, que iba a darte "ánimos" y tú preocupándote de mi!, mi madre tuvo que enjuagarse las lágrimas a escondidas tuya).

Con dos amigas hermanas, de edades semejantes a las nuestras, un día nos pusimos a jugar a un juego que nadie nos había enseñado: "¡juguemos a hacer de papás y mamás!". Yo pensé que tendríamos que ir a por las muñecas a casa, pero no hacía falta. Nos refugiamos las cuatro en el almacén de papel del taller de papá. La mayor decidió: las grandes eran los papás, las pequeñas seríamos las mamás. Nos tumbamos las parejas cambiadas en los paneles en donde se colocaban las resmas de los distintos pliegos de papel que se usaban.

Entonces, cuando ella, la mayor/papá, empezó a subirme la falda de cuadritos y tocarme por debajo de la braguita, mi perplejidad y, al mismo tiempo, la curiosidad ante aquella nueva sensación, me hizo callar, hasta que se decidió cambiar de juego. En el panel superior estaban mi hermana y su hermana pequeña. No le di ninguna importancia, nada comentamos mi hermana y yo, ¡sólo era un juego!, seguimos jugando con ellas, aunque no recuerdo bien si ese juego se volvió a repetir o no.

Posteriormente, mi madre comentaba que "esas niñas estaban demasiado espabiladas", mi padre le respondía, no sé muy bien qué ocurrió, pero poco a poco, las dos hermanas dejaron de jugar con nosotras.

Tiempo atrás, aún no iba al cole, era "una mico", mi madre había marchado con mi hermana mayor a hacer algo y me dejó en el taller al cuidado de mi padre. Tenía un aprendiz; solía tener un aprendiz de muy joven edad, quizás 13, quizás 15, no recuerdo bien. Este se llamaba Enrique. Mi padre salió un momento, iba al local del carpintero a hacer no sé que cosa. Enrique se me acercó, yo pintaba con los recortes del papel desechado, me dijo: ¡date la vuelta!, me giré en el asiento en el que me encontraba y me dio un beso en los labios. Después siguió haciendo la tarea que mi padre le había encomendado. Mi padre ya casi entraba por la puerta y seguía hablando a Enrique de cómo debía de hacer las cosas. Yo continué dibujando. Al llegar a casa, apenas unos metros (atravesar el umbral que separa el callejón de la imprenta de la calle de mi casa y, enfrente, mi portal), mi madre nos estaba esperando para comer. Me preguntó: "¿qué tal te lo has pasado con papá, Sina?", mientras me remangaba para que me lavara las manos en el lavabo. "Bien, mamá, te he traído los dibujos que he hecho ... mamá, ¿papá y tú os besáis en la boca?". Mi madre preguntó porqué le decía eso, le expliqué. Nerviosa llamó a mi padre, empezaron a hablar muy deprisa, mi madre le decía una y otra vez que no tenía que haberme dejado sola, me revisaba desde el pelo hasta los pies, me preguntaba, se notaba que, al dirigirse a mí, quería hacerlo de forma relajada y dándome confianza: "no mamá, sólo un morrazo -morrazo entendí, igual había dicho morreo-, dijo Enrique, un beso en los labios, mamá". A Enrique le despidieron.

Yo ya no recordaba apenas estos episodios de mi vida, no les di importancia. Sí me persiguió, sin embargo, durante muchos años las pesadillas en las que "León" -un perro que tenían en un local al principio del umbral- cada vez que me veía trotando de vuelta del cole por las tardes, con mis coletas saltarinas, se lanzaba a por mis lazos, ¡y siempre acabábamos los dos de la misma manera!: León corría más y, con su gran peso, me llegaba a tirar al suelo, ¡siempre tenía las rodillas con heridas!, me agarraba de una coleta y hasta que el dueño o mi padre o cualquier vecino llegaban, seguía en el suelo con León jugando con mi coleta. Yo, con llanto incontenible, terminaba en brazos de papá. Él intentaba tranquilizarme, "¡sólo quiere jugar contigo, como el resto de los perritos!". Pero León sólo buscaba una recompensa: quitarme el lazo de la coleta con la que me sujetaba. A León, ante la insistencia de mi madre, se lo llevaron; y es que esa experiencia fue la más traumática que en aquellos años viví.

¡Tuve suerte!: un perro de gran tamaño, ¡que sólo quería quedarse con uno de mis lazos!.

Tristemente, no en todos los casos ocurre lo mismo.


Publicado por Sina_Garcia @ 20:05  | Sina cuenta su Vida
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Publicado por peixes
Lunes, 09 de febrero de 2009 | 16:01
Pero qu? ni?a....!!! ya desde peque?ita despertabas todo tipo de pasiones....!!!
Publicado por Sina_Garcia
Martes, 10 de febrero de 2009 | 1:05
No es algo para tomarlo a broma, ?pero me has hecho mucha gracia! Muchas risas
Y digo eso, porque "esas pasiones" eran propias de la curiosidad y de la imitaci?n de unas cr?as, y de un perrazo (desde mi perspectiva de peque) muy juguet?n que s?lo quer?a eso: jugar con los lazos o con las coletas que llevaba.
Es muy triste cuando "esas pasiones" en la infancia son tan horrendas (y demasiado habituales, no lo olvidemos) que pueden dejar traumatizada para toda la vida a ese peque?o ser indefenso.