Lunes, 02 de febrero de 2009

Papá era un verdadero artesano. Su oficio, tan distinto actualmente, era el de impresor. Se había dedicado toda su vida a realizarlo, hasta el momento en que la enfermedad pudo con él.

Era un hombre sano física (hasta el momento de su muerte) y moralmente; sano en todos los sentidos: buen hombre -¡hermosa definición y auténtica!-, amigo de sus amigos, sin enemigos (a no ser que hubiera alguien que sintiera celos de su persona y de su forma de ser y de sentir la vida), amante y vigilante de su familia -sin que ello significara excesivo celo, pues su libertad aprendida era la libertad que deseaba y facilitaba para su familia-, cariñoso con sus hermanos y respetuoso y fiel con la memoria de sus padres; urbano con la gente, ¡siempre considerado con la opinión de los demás!, aunque no fuera la misma que la suya y a la vez, cuidadoso para que también el resto lo fuera con sus ideas y opiniones.     

Deportista desde pequeño, ¡futbolero hasta el fin de sus días! y, contemplando siempre el fútbol como un deporte de competición noble y no como un negocio o como un desahogo de reaccionarios y demás exaltados, jamás presencié por su parte ninguna disputa subida de tono, intervenía al contemplar alguna asegurando que no había mayor estupidez que pelearse por un deporte que sólo debería de servir para el disfrute de ambas aficiones, aún siendo sus amistades o familia de otros equipos y llevara el “color blanco en los genes”, compartiendo partidos y retransmisiones con “ataques” dialécticos descaradamente provocadores de peloteras puntuales para “darle vidilla” a la competición, y que quedaban en meras anécdotas con las que después podían seguir comentando el enfrentamiento de un “derby, derby, como ha sido el de siempre -decía- el del Atleti y el Madrí”, dejando así, de nuevo, abierta la polémica para los seguidores del Barça. Tan "genético" era lo suyo -aunque jamás tuviera carné del equipo “que lo paguen otros, que yo no voy a participar en semejante negocio de recaudación, tan beneficio para el que está en la directiva”- que consiguió sin presión alguna, sólo con su pasión, que sus hijas (el pequeño, que llegó más tarde, no “entró por el aro” y de deportes sigue pasando) fueran seguidoras del equipo en todas sus vertientes, sobre todo en el balompié y en baloncesto, cuando de niñas, también el equipo de básquet conseguía trofeos y competía a un nivel muy alto.

Pero por encima de todo había una serie de reglas que cumplir: buenas formas a la hora de hablar (y, por tanto, también en las discusiones, ¡algo complejo de lograr, pensaba papá, “con cuatro mujeres en casa” -hasta que llegó el peque-!, y no le faltaba razón, como ya se verá más adelante) y de dirigirse hacia el resto de la familia -a papá y a mamá había que considerarlos como tal, no eran “nuestros amigos o colegas”, estaban para ejercer como tales: nuestros tutores en la vida-, los estudios lo primero, la hora de regreso a casa era invariable salvo excepciones -¡cuánta discusión para alargarlas, por favor!-, comportamiento cívico en la escuela y en la calle, dejar siempre, siempre, la entrada o el asiento a una persona mayor o con un bebé, así como a un discapacitado, y, ¡por supuesto!, respeto hacia lo ajeno o lo distinto. Reglas que se tenían por tales desde muy pequeñas y, en su mayoría, asumidas; aunque, al trabajar hasta los sábados, fuera mamá quién tuviera que hacer de todo ello el seguimiento correspondiente y, en muchas ocasiones, el tener que recordárnoslas.

En donde no estaban tan de acuerdo papá y mamá era en el tema de la política y de lo que conlleva dicha cuestión. Papá nos dejaba prolongar y explayarnos en cuestiones de gobiernos, a la hora de hablar del dictador, en el tema de la Constitución y lo que, de cara a los no monárquicos, eso suponía. Sin embargo mamá se cerraba en ese sentido, le costaba entonces “mostrar” su opinión y que nosotras, siendo tan crías, entráramos en tales debates. Cosa que sin embargo después no ha sucedido, pues, viendo pasar el tiempo, no sólo mi madre se ha abierto al diálogo en tal sentido, sino que no se corta con nadie y luce, orgullosa, la fotografía de “su Felipe” con dedicatoria personalizada. Y esta fotografía está muy cerca de una de las de mi padre. Próximos los dos, sobre el chifonier de su habitación, la que mi padre regaló con dedicatoria a mi madre al formalizar la relación -la preferida de mi madre- y la del “presi” que ella votó, y, en medio, la del estudio fotográfico de la boda de ambos.

El porqué de la manera de ser de papá, es lo que quiero contar en próximo artículo.

Los dos, por lo que desde pequeños vivieron, al unirse fortalecieron sus vivencias y ello es lo que causó el orgullo que siento hacia ambos y el agradecimiento hacia el amor que nos dieron -nos dan- que correspondo y ratifico.


Publicado por Sina_Garcia @ 21:26  | Sina y sus Vivencias
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Publicado por peixes
Lunes, 09 de febrero de 2009 | 0:59
Qu? bonito... casi que podr?a ser mi padre tambi?n, salvo por lo de la profesi?n... te endiendo, yo lo perd? hace 11 a?os y a?n lo extra?o, en estos d?as m?s...
Publicado por Sina_Garcia
Lunes, 09 de febrero de 2009 | 2:46
El amor de un padre ?nico y excepcional es irremplazable. Nunca se podr? amar igual a nadie. Como ocurre con el amor hacia la madre.
El amor que puedes compartir con un hombre puede ser lo m?s hermoso de tu vida.
Pero a quienes te dieron la vida y te ense?aron a vivir, ?c?mo olvidarlos cuando te faltan!.
Me alegra saber que tu padre tambi?n dej? amor en tu coraz?n, Peixes. Hemos sido afortunadas (yo lo sigo siendo al tener a mi madre aqu?, a mi lado).