Mi?rcoles, 25 de febrero de 2009
¡Qué valiente y autosuficiente se puede ser!, ¡con qué determinación puedes solventar cualquier contratiempo! y, cuanto más se te complica la vida, mientras hay fuerzas, mientras hay un porqué, un fundamento, un día que vendrá detrás para seguir batallando, ¡más fuerte parece que te haces!.

"Torres más altas han caído". Esa es una frase que define lo perecedero de "la valía de un ser humano". Si te quitan lo esencial, ¿por qué seguir?; ya no hay metas, cualquier pequeño infortunio se crece hasta acorralarte. Cada vez tu cuerpo más fatigado y tu mente no sólo bloqueada, sino además, sin motivo por el que luchar. ¿Qué te sujeta?, ¿qué te retiene?, si no hay esperanzas, ¿por qué inútilmente intentar evitar la realidad?. Sólo cuando se es útil para los demás, eres útil para ti misma. Si no te necesitas, ¿estás preparada para afrontar que necesitas de los demás?. ¿Lo están ellos?. Cuánta hipocresía te rodea: mientras puedas seguir ejerciendo como familiar próximo al que recurrir aunque sólo sea para alentarse, cuando eres un modelo en la empresa, eficaz y responsable, cuando puedes ser ocurrente y hasta atractiva para el círculo de amistades, ¡todo es realizable!.

Después, la vida te da la vuelta como si de un calcetín viejo se tratara y descubres los nudos que antes no habías comprobado lo formaban. Ese calcetín ya no está de moda, no sirve ni para depositarlo en un
contenedor para ayuda a otros más necesitados. Te da vergüenza reconocerlo: aunque te lo hayas planteado, no puedes asistir ni como voluntaria para que otros puedan usar tus conocimientos adquiridos durante años.

Tu mente, tu cuerpo, responde sólo cuando le apetece. No caben compromisos, ¡no hay posibilidad!. Vives en una eterna lotería: mañana tocará el gordo y ¡seré de nuevo, aunque sólo sea un día, la de antes!. Pero el gordo cae con muy pocas probabilidades, aunque intentes jugar todo tipo de papeletas. Quizás un reintegro, ¡el reintegro es bueno!, te machacan en cada sesión, mientras muestras un esbozo de aquella sonrisa "eterna", intentando convencerte: el reintegro, ¡es algo que sucederá con cierta frecuencia!, ¡aleluya, tendrás otra baza para poder seguir jugando!. Aunque en tu interior: ¡no quieras sólo el reintegro!. Y lo peor llega cuando, con ¡tanta! frecuencia, ni tan siquiera el reintegro te toca. Desolación absoluta. Ese día, esos días, sin reintegro, ¡eternos! forzados a sufrir (aunque pareciera que hasta el sufrimiento puede llegar a ser "un compañero" al que te acostumbras). Un sufrimiento que ya no sólo es corporal, un sufrimiento de impotencia, de sentimientos que siguen fluyendo, aunque no puedas terminar una simple frase. El sufrimiento de la angustia, del abatimiento, de la eternidad ya sin perspectiva alguna, sin utilidad cierta, sin poder hacer tu trabajo (¡el más hermoso de todos los que se puede haber realizado!), ni otro que pudiera ser considerado, sin poder reunirte en charlas y asistir a eventos para discutir cada punto en armoniosa compañía de colegas y de extraños todos unidos en un acto en común, social.

Sólo los fieles, los amigos de verdad, siguen. Manteniendo la distancia que tú misma impones porque no quieres conversar, sabes que les hace sufrir si aprecian un cambio en el tono. Aunque están ahí, una llamada y los tienes al lado; ¿por qué esto, tan importante el tener esos buenos amigos que han quedado, no te es suficiente?. Luego está, o en primer lugar estaría, la familia. Aquellos más cercanos no te reconocen, no te quieren reconocer, pienso si es egoísmo, pues tú no les faltaste cuando pidieron la mano, el hombro, el amor; piensas si puede ser miedo, si puede que también les duela. Sólo lo que es incondicional, sólo el amor de la madre, está ahí, está aquí, día y noche, vigilante, animándote, mimándote como si de nuevo fueras uno de sus bebés. ¿Por qué algo tan grande, tan enormemente grande, no es suficiente?. Ni tan siquiera las llamadas diarias de tíos y primos, que te fuerzan a grabar una y otra vez en el móvil sus teléfonos de contacto para llamarles para cualquier cosa y a cualquier hora. Familia, como es el caso de primos, que desde años se habían perdido envueltos en su vida, desapareciendo, pero volviendo a resurgir al saltar la alarma.

Los vecinos, que te han visto crecer, atentos a cualquier cuestión; gestionando el papeleo que tu situación genera, asistiendo a cualquier visita en tu sustitución, acompañándote en el coche. Un coche que ya no comprarás, porque ya no podrás conducir. Abriéndote las puertas para cualquier necesidad, acudiendo cada día para comprobar tu estado y de paso, volver a ofrecerse si hay que hacer algún recado. ¿Y por qué algo que durante años no ha ocurrido, porque se vive en una ciudad en la que se está de espaldas al que tienes al otro lado de la pared, y de repente todo es facilidad, eso, tampoco es suficiente?.

No se puede ser justa, ¿cómo serlo?. ¿Por qué este castigo?. Pasas por todas las etapas: la negación de la enfermedad, la investigación, la búsqueda de información, de posibles remedios, de causa y motivo, de soluciones; la decepción; le reconsideración y, por tanto, el obligarte a la asimilación del hecho. Es un proceso largo, hablamos de años. Cuando parece que todo puede ser controlado, ¡de nuevo más complicaciones!; negación; búsqueda de solución; decepción. Tu vida es un continuo balanceo. Un camino recto, una tortura; un paseo con un recodo o desnivel, una posible caída. Unas escaleras, un suplicio. Un viaje, ¡un viaje de una viajante ya frustrada!, ¡un verdadero calvario!.

Todo empezó en un trayecto, en un autobús, haceeee ... tanto, tanto tiempo!!!, era al principio llevadero; con los años, soportable; después la maldita enfermedad; había que rebajar horas de trabajo, vida sana (¿y a quién no le va a sentar bien una vida sana, Dios Santo!), menos responsabilidades y ... tai-chi ... y dormir, dormir en serio. Pero ahora hemos llegado de nuevo a otro trayecto en un coche, por un giro insignificante. De nuevo el viajar te juega una mala pasada.

Hacía tiempo que ya no había pesadillas. Bueno, las habría, pero la medicación causa un borrado de ese tipo de síntoma. De nuevo se producen. Anoche una de ellas, entre otras, era la de una gata loca y juguetona, que recuerda a otra gata que también era así, aparecía en un charco de sangre. Su pelaje tricolor era todo rojizo, ¡pavorosa escena!. Se había caído por una ventana. Es una gata que salta de una ventana a otra cuando quiere, por lo que la pesadilla ¡parecía tan real!.

¡Qué alivio el despertar!, ir a su mantita y encontrarla dormida relajadamente. Otros sueños no se pueden justificar; no, sueños, no, quería decir pesadillas.

Acaso sea una manera en la que el cuerpo, la materia, el espíritu, el cerebro o el alma, te quiere transmitir algo. Igual un animalito recogido de la calle te devuelve la sensación de ser apta, al menos, para ampararla y protegerla. La confusión siempre presente en los últimos meses es tan, tan disparatada, que tu mente te hace darle más importancia a ciertos hechos (aún no ocurridos) que a los reales.

¿Puede ser que una imagen de una pequeña Manola pueda despertar algo que está -estaba- muerto y que, sin embargo, el amor que te rodea no lo haya podido conseguir?.

¿Qué clase de especie somos?. ¿La más perturbable, la más frágil, la más insegura, la más insignificante?, ¿aquella que cuando no hay un porqué para existir, sin embargo al despertar, ir a su mantita y encontrarla dormida relajadamente, puede de nuevo aferrarse a quién sabe qué designio?. Otros sueños no se pueden certificar; de nuevo quería decir pesadillas.

Publicado por SINA_LU @ 3:16  | Entre las dos
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