Viernes, 13 de marzo de 2009
Madrid, 3 de marzo


Es muy habitual, ya tan habitual que hasta bromeo, cuando puedo, que si fuera a un Juzgado de guardia podría poner una “denuncia por malos tratos de género”, pues los moratones a causa de caídas tontas, tropezones y golpes absurdos al ir hacia una puerta y que el cuerpo acabe “empotrado” en la pared cercana, ante “el juguetón” desequilibrio o un mareo, los voy encontrando en cualquier momento que aparecen o me los ven, si yo no los he podido avistar.

Hoy otro de nuevo. Como siempre un dolor que va a pasar, de ahí el no darle la mayor importancia. Si tuviera que preocuparme de esos dolores, ¡no tendría otra cosa en la mente!. Sólo que a ese dolor le ha acompañado una efervescencia de sangre que ha ido a más, una sensación de haber ido al dentista y estar anestesiada, pues el dolor ha bajado de la zona del golpe hasta la mandíbula y, finalmente, al cuello. Ante la insistencia de mi madre, y para evitar una llamada al servicio de urgencias, he telefoneado a mi médico, al que le tengo bastante confianza, me conoce muy bien y si evita volver a la misma canción de las urgencias, ideal.

Casi se ha asustado más que mi madre, ha requerido si el golpe ha sido en la sien. Le he medio explicado que como que no, cerca, pero no. No sé hasta qué punto ha confiando en lo que le decía. Me ha dado las pautas a seguir y, ya que mañana tengo que desplazarme al centro de salud, me ha insistido que me viera el médico que se encuentre en ese momento.

Me parece que a periodos respondo como una enferma neurótica (o hipocondríaca, si no fuera por la risa que le da al médico cuando uso el término), pues no dejo de estar pendiente de citas, tratamientos y demás. Aparte de instar a mi madre que tampoco desatienda lo suyo, controlándole si se ha tomado una cosa o bien otra, hasta llegar a ser ciertamente un sinapismo (palabra que emplea mamá para picarme, que usaba mi abuela, y sabe que no me fascina).

Y en otros, no atiendo ni a lo que me ocurre, ni a lo que me pueda ocurrir, sencillamente, ¡paso!. “¿Y qué más da?”, quizás me pregunte.

Soy tan oscilante como mi manera de andar. Haciendo lo recomendado por la fisioterapeuta -algo que no me causa ningún sacrificio- he de moverme “nada femenina”. Ando de manera neutra: espatarrada; y espatarrarme al quedar quieta (sólo me falta ponerme en jarras y cantar una jotillas, si no fuera porque jamás he tenido una voz vigorosa). No he sido de hacerme notar en los andares, de ahí mi falta de mortificación por renunciar a una práctica no practicada por considerarla como algo falso o incoherente; sin tacones me resultaba “una molestia ser femenina en los andares”, pues limita mucho el tipo de actividades a realizar, y ya con tacones, ¡un verdadero suplicio! (aquí abro un debate que tendría que analizar con mayor profundidad, ahora que lo pienso).

Una cosa he tenido muy clara desde mi adolescencia: nunca sería una mujer objeto (opinión que concretaré en ese debate que, conjeturo, de nuevo estoy abriendo).

Y hoy, en un planteamiento curioso pues puede ser causado por el último porrazo,  ¡paradojas de la vida, que se pueda tener cierta lucidez cuando pareces adormecida!, medito si acaso me he convertido en “un objeto clínico”.
Publicado por Sina_Garcia @ 3:35  | Sina y sus Vivencias
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Publicado por peixes
Martes, 17 de marzo de 2009 | 20:56
Como en la vida, hija, como en la vida... un porrazo tras otro... pa'no aburrirse...Muchas risas
Espero que no te hayas hecho da?o... pero como escribes veo que no...Gui?o