Lunes, 16 de marzo de 2009
Papá, hoy sería tu cumpleaños. Visitaremos las dos -esta vez solas- tu columbario, el lugar en el que están tus cenizas, porque mamá quiere que sean unidas en su momento a las suyas.

No estás allí. Sé que de existir un Cielo, en él seguirás "viviendo" a lo largo de estos más de doce años. Aunque sabemos que sigues vivo con nosotras.

Mamá sueña contigo, sus sueños son hermosos. Siempre fuimos miedosas las dos con respecto a los muertos. Y, sin embargo, cuando se ama, la muerte no da miedo, no el cuerpo inerte de aquel que amas.

Yo sueño contigo, también. Pero no me hablas, sólo me sonríes. Cuando tengo ese sueño, muy habitual (aunque me gustaría que fuera más frecuente que aquellos sueños en los que no estás para sonreírme), apareces en un momento inesperado, ante un situación cualquiera; en una casa, en un paisaje, en una tienda, ..., mi sueño hasta ese momento es un sueño con otras personas y de repente te veo acercarte. Me sonríes y yo, siempre, siempre igual, te comento en tono de chanza: "¡pero qué pesado, papá, si sabes que estás muerto!, ¿qué haces aquí?”; siempre, siempre te digo lo mismo. Entonces me vuelves a sonreír, nunca me respondes y empiezas a desvanecerte... y despierto, despierto con una gran alegría al haberte "tenido tan cerca", al "volver a ver tu sonrisa". Plácidamente.

Mamá, cuando se lo comenté, me confesó que en su caso "le hablas" y, llegado el momento, incluso me confesó que sus sueños son muy, muy hermosos, pues incluso sueña contigo haciendo el amor. No se sonrojó, ya nos conocemos, sabe que no sólo no me causaría asombro, ¡es tan grande el amor que diste, tan grande el amor que los dos compartiste!, ¿por qué no iba a ser así?. Ella repite hasta la saciedad que tú le das fuerzas para seguir luchando, para seguir mientras la necesitemos.

No sé de dónde las sacó en su momento, cuando llegaron aquellos terribles días, apenas tres meses. En cuanto supimos que no había posibilidad alguna, ella no dudó: "hay que traerlo a casa, ¡que no le toquen los médicos!". En los últimos días, ante un dolor insoportable llevados por ambos, por ti (contenido por los calmantes y la morfina) y por ella, ya no sólo por la enfermedad, sino por unos acontecimientos incomprensibles entonces para mamá y para mí y muy, muy dolorosos, para vosotros dos, más que los de la enfermedad, justo en tu último trance, papá. Entonces ella te atendía sola, te levantaba y aseaba, cambiaba tus sábanas varias veces al día, atendía tu medicación y procuraba persuadir a aquellas visitas que no fueran las de familiares y allegados, intentando que no te cansaran; hablando contigo para distraerte cuando aún podías conversar.

Luego llegaba yo, del trabajo, pero casi todo estaba hecho. Lo único que podía hacer era atender el resto de las cuestiones domésticas, las compras, los trámites sanitarios para medicación específica o para cualquier otra cosa que necesitaras en esa situación, volver a colgar el teléfono descolgado y dejar que hablaran contigo o con mamá aquellos que creíamos tú deseabas atender, mientras pudiste hacerlo. Llegaba la noche y debíamos las dos turnarnos. Tus desvaríos causaban una estricta vigilia, sobre todo en las últimas semanas.

Cuando pude, a base de discusiones, conseguir adelantar las vacaciones en la empresa, ¡ya no quedaban muchos días!. Pero siempre nos comentábamos, yo comentaba a mamá (porque entiendo que ella no quería contradecirme): "hoy no será, mamá, ni mañana, no, todavía no". Ella callaba y no me miraba a los ojos.

Y así, aquella noche, a las 11, con tus manos agarradas a las de mamá, diste un último suspiro. No la oí, de hecho su silencio me extrañó; yo esperaba la llegada de mi hermana pequeña, esa noche íbamos las dos a turnarnos para ponerte la medicación que el generoso y eficiente médico de la Asociación me había dictado apuntara en la mañana para "los siguientes días".

Él sabía lo que iba a pasar, mamá lo presentía. Yo seguía pensando que "hoy no, ni mañana, no". No llegó P. a tiempo. Para cuando quiso entrar ya me había llamado mamá, en el pasillo la encontré, me agarró fuertemente y con un hilo de voz un: "Sina, hija, tienes que ser fuerte ... no ha sufrido". Sus ojos empapados en lágrimas, sus brazos tiritaban, pero cuando entré a la habitación rompiendo en llanto, ella volvió a sujetar tus manos mientras, sin dejar de mirarte y acariciarte, me decía: "tenía que suceder, se ha apagado poquito a poco, sin dolor, no ha sufrido, Sina, no podía seguir en el estado en el que se encontraba en los últimos días".

Mamá, con razón, como siempre, intuía que era cuestión de horas. Aquellos últimos días habías empeorado a una velocidad de vértigo. Apenas podíamos mantener una conversación contigo. El médico sabía lo que tenía que hacer. Se lo agradecimos; estuvo a tu lado y también nos ayudó a mamá y a mí.

Somos las dos miedosas; o lo éramos. Ahora entiendo mejor aquello de "hay que tenerle más miedo a un vivo que a un muerto". Te recogieron de tu cama para llevarte al Tanatorio. Aquella cama, una de las dos en las que mamá o yo dormimos (pues se desarmaron para poder realizar la reforma en la casa), sigue en la habitación, en tu habitación, papá.

Y ninguna de las dos tenemos ningún resquemor. Sí, se cambiaron los colchones no hace mucho tiempo, por aquello de renovarlos pasados los diez años. Pero poco más ha cambiado en la habitación que compartías con mamá. Bueno, que ahora yo también la uso.

Y es que, cuando me preguntan respecto al tema, respondo, ya con la distancia que causa que la pérdida sea más soportable, con un: ¿si mi padre era una persona estupenda, si nos quería, cómo va a "venir a pegarnos un susto"?.

Hoy pondremos flores en el jarroncito; retiraremos las previas y mamá se afanará en limpiar el pequeño columbario. No estás ahí, es un lugar al que ir, un ritual que seguimos, siempre que podamos, el día de tu cumpleaños. No estás ahí, estás en cada uno de nosotros, en mamá, en mis hermanos, en mí, en todos a los que quisiste y te queremos.


Publicado por Sina_Garcia @ 3:23  | Sina y sus Vivencias
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