Martes, 14 de abril de 2009

Al mediodía, después de un largo recorrido en el autobús sin que ella dejara de usar el abanico, llegaron al hotel, comieron (deleitándose con los dulces y postres, además del resto del banquete) y después visita a una localidad próxima. Sus callejuelas, su historia, sus tiendas. Por supuesto ellas ya habían leído en sus folletos y libros esas peculiaridades y, como parecía iba a ser habitual a lo largo del circuito, prefirieron demorarse en algunas tiendas, buscando algo que a ella le agradaba mucho: cerámica o algo “típico” u original de la zona. Acabado el tiempo de la visita, llegaron al autobús las últimas. “Javi” tenía apuntado los que ya habían subido y, algo nervioso, golpeaba levemente el lápiz sobre la lista. Cuando ellas llegaron todos estaban sentados y les lanzaron una mirada como de reproche; se dio la orden de regreso al hotel. Ducha rápida, cambio de ropa y cena. El guía se quedó de nuevo en una zona de descanso para charlar con otros integrantes del grupo, tomando con ellos un refresco. Como era lógico, tenía que satisfacer a todos y actuar como buen anfitrión de su tierra y costumbres, preguntando si les agradaba lo visto y el alojamiento, charlando y respondiendo a cualquier curiosidad que los viajeros tuvieran.

Ciertamente cada vez el viaje les gustaba más. Ellas congeniaban a la perfección. Se organizaban en el baño de manera casi impensable. Sabía cada una lo que debía hacer con un gesto de la otra. Cada parada no les defraudaba, sino muy al contrario. El hotel y el recibimiento casi llegaban a resultar exagerado. Se sentían apabulladas con tanta atención. Cada paisaje, cada localidad, cada visita era una nueva experiencia de la que siempre sacaban partido. Esa noche, ¡siguiendo las órdenes estrictas del guía!, subieron a la habitación después de la cena; fue un continuo marujeo sobre el resto de los viajeros, de sus peculiaridades, de sus orígenes tan distintos, que también a ellas les estaba enriqueciendo. Sólo había una pequeña pega. Las chicas catalanas parecían querer seguir a su aire, ¡y, bueno, no era cuestión ni de pegarse como perritos falderos a ellas, ni de presionarlas, ni de criticarlas!. No parecía que hubiera transmisión entre ellas y las otras, aunque podía ser una apreciación adelantada, ¡había que esperar!, aunque cada vez que se metían entre ellas, sólo se hablaban en catalán. No, no era un inconveniente insalvable, pues captaban la mayor parte de lo que se decía, pero consideraban que no estaban siendo demasiado educadas con ese comportamiento, quizás, pensaron, están tan habituadas que no se dan cuenta. Y así terminó aquella noche.

Como parecía que el grupo ya estaba "domado", el guía empezó a aflojar en cuanto a imperativos. Algo que ellas enseguida supieron aprovechar: que tocaba visitar una tienda de elaboración de alfombras, con envío garantizado y pago mediante cualquier tarjeta, inclusive Corte Inglés (otras risas que echarse), pues ellas, con la charla del vendedor y la atención del guía sobre las operaciones que a buen seguro le reportarían comisiones, se escabullían y visitaban las tiendas de alrededor, mirando, oliendo y adquiriendo especias, comprado cerámica (a ella le gustaba la cerámica artesanal, por lo que tuvo a su sufrida compañera recorriendo varios lugares hasta encontrar el que le pareció tenía cerámica que considerar), eso sí, dejando a su amiga la parte del regateo, ¡pues era obligado y ella no sabía hacerlo!.

De igual manera, cada parada en esa jornada, la aprovechaban para abastecerse de agua, sin llegar a olvidar el uso de otros medios de combatir el calor: el abanico. Ella era la única que llevaba, y las demás mujeres empezaron a buscar entre las tiendas algo que pudiera asemejarse, lamentando el no haberlo considerado. Aunque, al no conseguirlo, se veía por todo el autobús movimientos continuos de cualquier objeto, sobre todo revistas, que poder usar para combatir un calor que iba subiendo al tener que cerrar las ventanas del autobús cuando las carreteras se convertían en caminos polvorientos. Entonces alguna le indicó el gran acierto al no olvidar el abanico. A lo que otra respondió que eso era “un arte”, la comunicación del abanico entre las antiguas españolas para la conquista, como comentario para el guía, que, sentado en el asiento próximo al conductor respondió, sin dejar de mirar al frente, con un -Sí, eso tengo entendido. Estudié en España. Aunque creo que en este momento ninguna de ustedes lo usarían para tal fin. Unas risas comunes entre todos los viajeros correspondieron a la observación de “Javi”, que también se reía, satisfecho, posiblemente, por el buen humor con que se tomaban el calor que tenían que sufrir en cada ruta.

Ellas jaleaban al conductor, un hombre ya maduro y muy afable, que tenía que adelantar repetidas veces y en el momento más adecuado por dichos caminos, a burros y a peatones constantemente. El resto del grupo empezó a tomar a broma la aptitud de las chicas, y cada vez era más común que “las miraran mejor” o que formaran conversación con ellas. ¡Había tanto tiempo en los largos trayectos para hacer cualquier cosa!. Y, además, parecía que se habían habituado a que ellas estuvieran en la puerta trasera antes de que aparcara el conductor para salir las primeras y que fueran las últimas en retornar, pues, hasta el momento, tampoco se habían excedido de la hora máxima estipulada.

Y así, el conductor, tomando también confianza, se animó a utilizar su desfasado radiocasete y a poner una cinta que llegaría a ser “la banda sonora de cada día”.


Publicado por SINA_LU @ 0:16  | Relatos
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Publicado por peixes
Jueves, 16 de abril de 2009 | 16:47
Que hermoso lo del abanico....!!!
Acabo de comprar uno hace muy poco, el verano fue muy intenso en Buenos Aires... no es espa?ol como me hubiera gustado, es peque?o y discreto... pero me da un poco de pudor usarlo en p?blico justamente porque me resulta muy sensual...!! no conoc?a lo del lenguaje del abanico, pero veo que es as?, como lo siento...!!!
Ahora me di? curiosidad... jaja voy a investigar un poco del tema...
Muy buena la historia...!!!