Jueves, 04 de junio de 2009
Uno de los primeros poemas de amor que aprendí y me marcó de una manera positiva, a la par que deslumbrante, es del genial Don Francisco De Quevedo.
Mi padre tenía muchos autores y lecturas predilectas y, entre ellos, los textos de toda clase de Quevedo.
Tanto es así, que ese poema es "un trozo de mi vida". Un refugio al que recurres, al igual que una canción puedes tararear de manera inconsciente, cuando, sin motivo en apariencia concreto, recitas; una y otra vez, y otra, como si fuera la primera vez que la expresaras.
Hoy mis fuerzas están al límite, mi blog compartido con SINA_LU, como si de Pinocho y Pepito Grillo se tratara, está "algo" perdido, abandonado. Será porque es la sombra de mi propio yo: perdida, ... abandonada.
El cansancio (algo tan común en mí ) no es el habitual; este tiene otro porqué, su largo camino recorrido para que al final me alcanzara y me tumbara en la lona, como perdedora de un combate demasiado largo. Sola, sola, de nuevo sola. Y no me duele "esa soledad", me duele que yo sola no puedo ser suficiente para quienes pueden necesitar más de mí.
Escribo como puedo, física y mentalmente, ¡pero quiero, lo necesito!.
Este es mi refugio, mi compañero, mi desahogo, para evitarlo en aquellos que quiero. Y he de "llenar con palabras" este cada vez más grande vacío que siento.
No son mis palabras, son las de Quevedo. Podría haber elegido otras: "Érase un hombre a una nariz pegado, Érase una nariz superlativa..." e igualmente podrían haber llenado este hueco.
Pero esas palabras no son las que ahora retumban, en un eco ante la nada, en mi interior.
Volverán otros días. Retomaré las fuerzas. Mañana saldrá el sol, según las predicciones será un bonito día. Buscaré mañana un motivo para alegrarme y contagiar esa alegría, ¡pero dejarme hoy que sean las palabras las que cuenten lo que yo misma no puedo interpretar!. Que digan que ¡todo, todo lo hecho y lo que haga, valdrá la pena!, que vale la pena.


Amor constante más allá de la muerte

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

(Sonetos de Francisco de Quevedo)


Publicado por Sina_Garcia @ 2:52  | Sina y sus Vivencias
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