Jueves, 04 de junio de 2009

Con los pobres de la tierra

quiero yo mi suerte echar:

El arroyo de la sierra

me complace más que el mar.”

              José Martí


Mujer en una playa de Somalia
(Fotografía "FP")

Considero cuanto de egoímo podemos acumular despreciando, a veces con la indiferencia, el dolor de los demás. ¿Cuánto de egoísmo, egocentrismo cabe en mí?. Miro más allá de mi alrededor, más allá de mi ombligo, ¡y es aterrador el mundo para tantos, tantos millones de personas!. Allí donde halla escasez de agua, de alimentos, del derecho a la salud, del derecho a la educación, y existan prisiones en forma de derechos violados por gobiernos autoritarios, por gobiernos ultra-conservadores, ultra-radicales, intransigentes con excusas varias -religiosas o políticas-, prisiones mantenidas por la indiferencia del resto de los gobiernos, los llamados países ricos, países con poderes, de sus gobernantes, de sus pueblos,... sí, de nosotros mismos, el pueblo que no sufre esa escasez, pues hasta las cárceles en nuestros territorios son "paraísos" comparados con cada amanecer para ellos: los pobres de la tierra. Miro allí donde la anarquía reina a sus anchas como sistema para beneficiar sólo a los poderosos o a sus intereses.

No hace mucho se ha divulgado, entre otras tantas noticias, la del horror en cárceles africanas -cárceles con barrotes palpables-; en esa noticia se ilustraba la cuestión con imágenes atroces. Si el pueblo que está fuera de esas cárceles no tiene lo más básico, a dichas cárceles no llega nada, ni una miga de pan, sólo la muerte en una agonía fiera.

Como terrible es la esclavitud de niños que trabajan, de las mujeres sometidas y ultrajadas. Porque cuando el pueblo tiene menos, cuando el pueblo es más pobre, débil, sin cultura posible y arraigado en costumbres alejadas de lo racional y lo humano (no digo lo civilizado), y atrapado por aquellos que usan la religión para un sometimiento mayor, son los miembros más débiles -los que la historia demuestra siempre lo han sido y siguen siéndolo-, los niños y las mujeres, quienes más sufren esa misera. Hay otras cuestiones que, sin embargo -por eso no empleé el término "civilizado"-, son dignas de secundar: el respeto que se otorga en muchos de esos pueblos en "vías de desarrollo" a sus mayores.

De este modo llego a mi última consideración. De nuevo vuelvo a mi entorno, a mirar mi ombligo y decirme: "no quiero insensibilizarme, no con ellos, pero tampoco con los míos y no debo juzgar a quienes todo he de perdonarles, pues yo no soy quién para juzgarles; no quiero tener sueños que no pueden ser realidad, pues no tengo derecho, ni mi conciencia debería permitirme, el considerarlos; no debo dar ilusión a quién no puedo dar otra realidad que no sea la que tengo; no debo, no, no debo,...".

Sí quiero extender la mano; no sólo a ellos (los pobres reales, por carencias y derechos reconocidos internacionalmente), sino a los pobres de memoria, rácanos con la buena voluntad, aquellos que a pesar de seguir ligados por vivencias únicas, por la línea de sangre única de un único tronco -árbol aún con vida, sí, tronco común- se repliegan ante una batalla absurda: la que cada cual contempla en un momento puntual, obviando una riada de momentos afrontados en aliado apoyo; aquel momento que tiene una raíz, pero raíz germinada por la propia vida, que no por las raíces de sus progenitores; ¿por qué el pago con la indiferencia?. Extiendo mi mano para unirme en un lazo también común: el del cariño no olvidado, el del amor fraternal. Sólo pido, creo que tengo derecho a pedirlo, ese cariño; no hay otra solicitud, el resto está ya solucionado; no falta ni agua, ni alimentos, ni sanidad, ni una educación por muchos años recibida, los hortelanos ayudan en el resto de menesteres que se precisen para intentar mantener el árbol en las mejores condiciones, ni hay otro interés; sólo el del cariño. Podría decir que yo no lo preciso, pero eso sería tan absurdo como decir que no preciso alimentarme cada día; así pues no seré falsa en ese sentido. La falsedad no cabe en esta pretensión, en este momento.

Sí, extiendo la mano, también por mí. Porque mi reflexión ante toda la vida vivida y siendo testigo de toda la vida del tronco común y de cada una de las ramas, me ha llevado a lo más importante: mi mano es la suya. Y porque no vale sólo mi mano, mi cariño, mi amor para mantener el árbol vivo. Su vida necesita no del riego de agua, sino del riego del amor de cada una de las ramas que fueron brotando. Ninguna en esta labor es menos precisa ni menos querida para el árbol. Sin el cariño de cada una de esas ramas, el árbol muere. El árbol lo ha dado todo: su savia ha regado con tanto cariño para cuando lo precisaban cada una de sus ramas, tantas veces ha perdonado el que cada una se torciera o quisiera ser un tronco distinto, tantas veces sufre por cada daño en cada rama, que el árbol se ha quedado sin esa savia. Y sólo el cariño que mi savia le da, aunque el riego sea cuidadoso cada día, no es suficiente. No le vale. No, no es suficiente, ni justo que no reciba una mínima parte de lo que durante su vida ha dado con entrega absoluta y desinteresadamente... sólo por amor, que es la savia que ha de seguir moviendo el mundo y el  mejor ejemplo de obrar para nuestros descendientes.

Cuadro: "Viejo Olivo" (Francisco Ruíz Domínguez)



Publicado por Sina_Garcia @ 22:24  | Sina y sus Vivencias
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