Lunes, 20 de julio de 2009

Pienso tantas veces que no cumplo mis promesas que hasta me he habituado a confesarme culpable de ello. Es cierto que son bastantes las ocasiones en las que es así, y otras no me es posible cumplirlas.

Querido amigo, amigo y camarada. ¡Tanto, tanto, tanto cuesta vivir!. En estas últimas noches quise hacerte compañía. Tomaste la iniciativa (¡divina iniciativa!) de utilizar el teléfono. Al ver el prefijo, ya sabía que podías ser tú. En estas largas charlas -como nos comentábamos con risa- aprovechando estas intuiciones que dejé de considerar y vuelvo a retomarlas pues suelen ser ciertas, a falta de otra profesión (obviando, por lo pronto, el hacer horas extras en la Casa de Campo) estoy por la labor de crear un gabinete de tarot y así predecir (con muy buenas referencias, espero, y mejores ganancias) el futuro que les deparará a otros; y sí, algo de brujita he de tener, pues el prefijo podría haber sido de otros tantos que viven por allí, pero eras tú quien llamaba.

La emoción que sentí al oír tu dulce voz era tanta como las ganas de que pudieras usar cuando quisieras ese número que te di. No fue nada complicado, ni un solo titubeo, porque no hubo que romper un hielo que no existía; era como si nos conociéramos de toda la vida. Y es que, en realidad, nos conocemos. Y nos queremos.

Me preguntaste si me molestaba que me llamaras, ¿cuántas veces lo habrás preguntado en las dos largas conversaciones que hemos tenido?. Y hasta, en principio, te confundía (suelo confundir, soy confusa, ¡no sé!, es algo que me viene ocurriendo con demasiada frecuencia) el que de una manera natural, sin dar tiempo a un “razonamiento” en la respuesta te dijera una y otra que no, que no, que no. Y es que pese a las horas, yo estaba aquí, con mis lamentos, y tú allí, con los tuyos. Y ambos son los mismos.

Se supone que yo tendría que haberte acompañado, dejar mi hombro para que reposaras tu dolor, ¡y han sido tantas, tantas las cosas que nos hemos dicho, sin que precisáramos decirnos, que también usaba tu hombro para reposar mi dolor!. Cuando se quiere como nos queremos hasta las palabras sobran. Por eso incluso un momento de silencio era también otro pilar de apoyo. Lo que me contabas, sin concretar, y lo que te respondía no ha sido tan importante como lo que tú me has dicho ante mi dolor. ¡Y yo que esperaba ser un consuelo sujeto por un hilo de teléfono!; pero no, hemos sido un hilo común con una lucha ligada: la de soportar el dolor del corazón unidos ante la misma causa.

Camarada, amigo, mi amigo del alma, ¡cuánto sabes dar sin que se te pida!. Reímos varias veces, ¡tantas horas dieron tiempo a pasar por tortuosos momentos, espacios de relajada conversación de amigos de toda la vida y hasta soplos de bromas para poder acallar los sollozos!. Lloré contigo, sentí tu llanto contraído conmigo; te sentí tan cercano como sabía que serías. Me preguntaste en un momento dado: “¿quién sufre más?, ¿quién deja o quién es dejado?”. Respiré profundo, quise responderte… pero no pude, intenté decir algo pero me pudo el llanto y sólo supe decir lo que sé: “no lo sé”. Te sentiste angustiado, casi pidiendo disculpas. Siempre con tu encanto, con tu delicadeza, pensando no sólo en ti.

Tenemos los dos el corazón roto y es difícil dejarlo echar a volar para que se recomponga junto al ser querido; demasiadas cadenas nos atan en cada caso.

Me preguntabas una y otra vez si estaba arrepentida de haber descolgado el teléfono, de si me habías defraudado. Y yo, sin duda alguna, rotunda, te decía una y otra vez que no, que todo lo contrario. Y entonces volvíamos a bromear por aquello de no andar con halagos, ¡lo recuerdo y me viene la risa!, me rectificabas: “no son halagos, es lo mejor que he podido hacer: llamarte”. Y yo, sintiéndome no sólo útil, sino turbada también por la sinceridad de tus palabras, te decía que era lo mejor que podías haber hecho, pues así la noche, las noches fueron para los dos más llevaderas. Fueron (serán siempre que “nos necesitemos”, nos prometimos con toda la confianza de los amigos sin nada que esconder sobre sus almas) de las mejores noches que en estos dos meses he tenido. Porque yo pensé que te haría compañía y eso me haría sentirme feliz al no dejarte sólo con tu dolor; pero nunca pensé que pudiera llorar por tanto sentimiento que me ahoga (al igual que a ti) y sentirme arropada con el cariño con que decías mi nombre y casi (bueno, sin el casi, con dulzura, pero con convicción a su vez) me regañabas al valorarme de la manera que lo hago.

El sábado dormí dos horas, lo normal en tantas y tantas noches. Habíamos terminado la conversación con una promesa: yo te llamaría en cuanto pudiera, para saber si algo habría cambiado para bien. Te dije que estaría pensando en ti todo ese día para darte fuerzas, las fuerzas de almas gemelas; y lo hice. Te tuve, te tengo, en mi pensamiento y en mi corazón para que te lleguen, por si es posible que pueda darte algo más que esas horas de conversación y de intercambios de sentimientos.

Pero el sábado empezó peor que otros días. Desde la mañana la tristeza estaba de nuevo invadiendo mi casa. Pasaban las horas y todo iba complicándose. Sólo podía estar al lado de ella, de mi madre, a la que quieres conocer como si de tu madre también se tratara. Esta vez estaban más claros los síntomas, creo que voy aprendiendo a descubrirlos con anterioridad. Estuve toda la mañana y al mediodía y ya a la tarde dándole amor, hablándola, haciendo que se hiciera querer, abrazándola, besándola y jugando al juego de “pillarla”; un juego que me he inventado, pues, para aquellos que desconocen cuando la enfermedad está calificada como crónica desde hace ya doce largos años y en un estado crítico, se ha de procurar usar recursos para atraer la atención del espíritu dolido y triste con cualquier herramienta que lo devuelva, aunque sea por un pequeño período de tiempo, y poder vislumbrar una sonrisa o conseguir que me responda con una salida tan genuina y tan suya que hace de mi madre una mujer tan especial.

Siguió el empeoramiento y tuve que avisar de nuevo a la urgencia médica. Llegaron pronto, consiguieron estabilizarla por… ¡ya ni sé!, “decimonona vez” y ya, viendo el resultado, se fueron. Sin embargo fue un tiempo corto el que transcurrió entre esa visita y otro anuncio de una posible repetición de una nueva crisis. Llamó una amiga que recién llegaba de vuelta de unas pequeñas vacaciones y yo, que estaba ya a punto de tocar el pulsador de nuevo, descolgué la llamada y al escuchar su voz arranqué en un llanto. Suelo ser menos propensa a tanta llantera, pero a veces es imposible controlar la impotencia. Ante mi “respuesta” no lo dudó, apenas me dejó explicarla, llegó con su pareja y decimos volver a llamar a urgencias.

Hicimos bien. Esa repetición era factible que se diera, pues cada vez le cuesta más "echar sus reaños” de mujer con sangre manchega para volver como lo ha hecho hasta ahora una y otra vez a levantarse dada su debilidad, los años y tantos y tantos otros problemas que se han acumulado.

Para cuando mis amigos se fueron ya de nuevo estaba a punto de amanecer. Quise acostarme, también las fuerzas me fallaban; aunque no conciliaba el sueño. Me levanté, encendí el ordenador (o quizás estuvo encendido, como otras tantas veces, durante todo ese tiempo sin percatarme de ello) y entré a mirar. Los mensajes decían que ya no estabas. Era normal, faltaba poco para las ocho de la mañana. Y lloré, lloré de nuevo al caer en la cuenta que había incumplido mi promesa.

Lloré porque te sentí perdido en este eterno sábado y no pude dejarte mi hombro para descansar en él tu dolor y yo no pude descansar mi dolor en el tuyo. Y me entristeció tanto esta distancia que aún siendo corta, se hace tan alejada.

Querido amigo, amigo y compañero del alma. Sigue mi promesa, como sigue la tuya vigente. Aunque nada haya que prometerse porque no hace falta cuando sabemos que nos tenemos el uno al otro. Estoy aquí, los días pasan, uno después del siguiente. El dolor… pasará, tarde o temprano. Pero yo sé, como tú sabes, que “nuestros hombros” se necesitan. Que el amor no duda ante un contratiempo, porque la sinceridad de todo lo dicho es imperturbable. Que aquella primera llamada ha sido de lo más precioso que me ha sucedido en mucho tiempo. Sí, entre tanto desamparo, debemos unir nuestras manos

Gracias por estar ahí, por hacerme partícipe de tus anhelos, por dejarme tener el honor de ser Sina, tu amiga, tu amiga y compañera del alma. Por conocerme como yo misma no me conozco. Por ser una persona tan hermosa; por dar tanto pese a todo.

Te dejo una canción, imagina que quien la canta es una chica (¡casi me parece oír tu carcajada!, ¡pero sí, échale imaginación!, jajaaaaa). Me gusta tanto que no he querido buscar otra que cantara una mujer. Expresa lo que sólo mi corazón ordena. Sabes, porque lo estás sufriendo, que es tan fuerte el sentimiento que no se puede ni controlar, ni razonar. Por ello sé que entenderás el porqué elijo esta canción y porqué el hilo, a veces, no se puede romper… o no puedo romperlo, al menos yo no puedo. Confío que cada día veas más cerca la felicidad que te mereces. Y para ello, confío que confíes en “mi hombro” y en mi amor.

Dulces y reparadores sueños, dulce y querido amigo.

"La quiero a morir"

(Versión del tema de Francis Cabrel en la bella voz de Daniel Betancourt)


Publicado por Sina_Garcia @ 3:38  | Sina habla
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Sina_Garcia
S?bado, 25 de julio de 2009 | 0:12
Sina quiere hacer una aclaraci?n:
S?, s? hay hilos que se pueden romper, de hecho muchos se rompen solos al no ser usados convenientemente.
Ten?a un cuento preparado para subir sobre una ara?a, su tela de ara?a y los hilos tejidos a modo y semejanza seg?n los gustos de otros insectos.
Pero no es tiempo de telas de ara?as, es mejor que todo est? ventilado y limpito.
Quiz?s un d?a se publique pero ser? para cuando lo decida la ara?ita, pues ahora est? tejiendo un nuevo sistema de permanencia: una telita transparente y n?tida como el coraz?n de las gentes que dan sin exigir nada a cambio.
O, al menos, sabiendo ambas partes a qu? juego se est? jugando.