Mi?rcoles, 02 de septiembre de 2009

Querido amigo:

Pasaba el domingo y mi mente empezaba a repasar lo acontecido. Habías llegado el viernes y estuviste visitando mi ciudad hasta el sábado por la tarde, momento en el que habíamos quedado. Entraste en mi casa y conociste a mi madre y después nos fuimos a tomar "unas birras", como previamente comentaste podíamos hacer en tono de humor en alguno de los mensajes que precedieron a tu agradable visita.
Me hablaste largo y tendido, el tiempo pasó demasiado rápido para mi gusto, demasiadas cosas que contar... pero había que regresar a casa con mi madre.
No "me puse pesada" y no insistí para que te quedaras a cenar y tú
no quisiste marchar demasiado tarde hacia tu alojamiento. Y así finalizó este sábado, principio de tu visita. El despertar del domingo fue distinto a lo común en las últimas semanas. Mi madre me insistía, ante mi cansino desperezo por un reposo que no parecía suficiente, que casi eran las doce. Rápidamente -al menos, lo más rápida que puedo ser- iba preparando el desayuno.
En seguida comencé a comentar, consideré que igual no habías podido localizar a aquellos amigos a los que querías ver. Que siendo las horas que eran, el domingo iba a alcanzar las altas temperaturas del día previo. Y decidí telefonearte para saber de tus proyectos para tu último día en Madrid. No hubo ningún impedimento, encantadas volvimos a recibirte. Una comida relajada, una charla con tu estupenda compañía y así también llegó el momento en el que te tenías que marchar; un largo viaje te guardaba de regreso.
Cuando te marchaste apenas le quedaba un par de horas de luz al atardecer, el domingo se iba apagando poco a poco. Y mi mente repasaba lo acontecido... repasaba lo acontecido.
Querido amigo, me regalaste tu compañía, tu discrección a la vez que tu sinceridad, también esos pasteles tan golosos; y aún más: me regalaste tus palabras. Tus palabras dichas con toda naturalidad y hasta permitiéndome alguna pregunta un tanto indiscreta; me abriste tu corazón, tus sentimientos y contaste tu historia, que es la de tu vida, generoso siempre. Tus palabras escritas también me las has regalado, palabras que empiezo a leer, con calma, en los momentos en los que puedo disfrutar del roce del papel y pasar las páginas siguiendo un texto que ya me tiene atrapada. Me regalaste lo mejor que podías darme, sin duda, tu proximidad, tu amistad, tu franqueza. Y no tenías porqué obsequiarme con nada y lo hiciste, sin embargo.
Y escribiste en la primera página: " ... y que hoy me desvelará el dulce misterio de su sonrisa".
Amigo, querido amigo, creo que no pude desvelarte nada; dudo hasta de que pueda seguir teniendo una ya no sólo dulce sino una sonrisa. Siento que no te he correspondido como te mereces; que sólo tú aportaste algo en esta amistad. Los dos días no han sido días en los que haya sido "yo", algo a lo que no me acostumbro; no te abrí mi corazón, nada de mi vida o de mis sentimientos, de lo que me ha pasado o me está pasando;  no, no he sido en este encuentro una amiga de verdad. Tengo esa sensación cierta y me duele el no haber estado a la altura de las circunstancias.  Hablo de días y... ¡es tanto el tiempo en el que me hallo encerrada en una espiral forjada a base de pasiones con encuentros y desencuentros!, en la que a veces parece puedo tocar un sentir anhelado y enraizado al que le sigue el despertar del encantamiento y pierdo de nuevo el rumbo.
Desde el domingo intento comprenderme, comprender mi actitud. Cuestión compleja. Intento comprender porqué no he sido más cercana contigo. Porqué no lo soy apenas ya con casi nadie. Y hoy
al mediodía, primer día de este septiembre, al volver a usar el ordenador, después de varios días y una vez realizadas unas gestiones, visitando como venía haciendo el nuevo blog de alguien muy querido (Blog Deletras: Lectura, tecnología y otras cosas), he roto a llorar; he escrito un privado, aludiendo torpemente a una canción de Serrat ("Balada de Otoño") ... tenía que hacerlo; mi mente no cesaba de escuchar el tema "Nemo",  y los versos de Alfonsina parecía se clavaran como estacas mortales; a una gran amiga le he respondido a duras penas al que me había enviado días atrás; seguía llorando; quería haber escrito uno más para otra gran amiga... pero seguía llorando.
Me siento anulada. No tengo sino cansancio en el cuerpo y en el alma. Sí, es cierto que la enfermedad de mi madre me ha de afectar, claro, son muchos días, semanas, sin apenas dormir ni descansar. Pero no, no es eso. Al menos no es eso sólamente. Me siento anulada, sí, vencida por estos sentimientos rotos en tantos pedazos como amor creía o creo puedo dar. Y por ello no sé, no puedo decir como ni porqué estoy así, cual es mi historia, cual mi situación... me faltan las palabras.
Querido amigo sigo leyendo, con calma, tus palabras. Mi casa es ya tu casa, está abierta como te dije, yo lo estoy para tu amistad, tu compañía y para compartir los momentos que nos depara la vida, aunque no pueda expresar todo lo que a un amigo podría, tendría que decir. Al menos, no hasta que no descubra qué me ocurre; hasta que una pequeña guía vuelva a encaminar este corazón desgarrado y perdido. Deseo un próximo encuentro en el que pueda mostrar más sobre mí, incluso el poder ofrecerte una sonrisa con la que, aunque no se desvele ningún misterio, puedas encontrar a tu amiga tras ella.
Queda poco para que amanezca, el sueño se escapó jugando con mis pensamientos. La luna está hoy brillante, de nuevo vuelve a crecer y a iluminar una noche estrellada, con trazos de nubes que hacen vislumbrar un camino; la luna se ha convertido en una compañera desde hace tiempo.

Un gran beso, querido amigo.



"Luna" ( Alessandro Safina)


Publicado por Sina_Garcia @ 6:04  | Sina habla
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