Jueves, 17 de septiembre de 2009

Estaba apesadumbrado. Demasiado tiempo en aquella ciudad de rascacielos y calles llenas de gentes que caminan sin mirarse a los ojos, a la carrera siempre, sin pararse a pedir disculpas por el empujón que, entre tanto bullicio, de forma inevitable las prisas producían entre los cuerpos. Ese día había decido caminar sin rumbo cierto; caminó observando aquellas caras que no le veían; aquellos pasos demasiado forzados por un reloj que todo lo marcaba; estaba nostálgico, ¡ya no podía más!. Sin darse cuenta se hallaba en un parque extenso, de plantas y árboles variados; pero apenas se percató de ello. Un aroma conocido, quizás un rayo de luz le ayudó a dirigir su mirada en busca del causante de aquel agradable olor. Y sí, no estaba equivocado; allí se encontraba él, hermoso, florido, brillante, con tu toda su grandeza. Sus latidos se aceleraron… ¡sólo deseaba sentarse bajo su sombra!, sentarse y descansar.

Ella leía con los ojos humedecidos, también su corazón latía; sentía esa melancolía, ese dolor como propio. Miró hacia otro lado, quiso respirar. Salió de la sala y abrió las ventanas de su balcón; respiró profundamente. Necesitaba fuerzas, fuerzas para seguir afrontando todo aquello.

Después de un largo tiempo, que pareció apenas un suspiro, se levantó. Parecía que durante todo ese instante nada hubiera cambiado; pero el sol había bajado. La sombra no era necesaria y, aunque no se percataba de ello, algo había cambiado definitivamente para él. Volvió a su habitación, recogió sus libros, sus anotaciones cuidadosamente, con una sonrisa, con una bella sonrisa, seguía sintiendo el aroma de aquel limonero y pensó en ella. “¡Cuán dulce puede ser un limón amargo, amor!”, se dijo. Sus amigos no le entendían. Había llegado a la capital para conseguir lo que tanto añoraba: escribir y ver sus escritos en las manos de otros, leídos y sentidos por otros; y eso sólo era posible con el respaldo de aquellos que le tenían fe, que sabían de su valor y de su pasión por el arte de escribir… que habían descubierto en él, ese joven pastor de ovejas, a un verdadero artista. Todos le apoyan, sin distinción, le habían acogido como a un hermano menor, mucho menor; pero aún siendo de diferente generación, de diferente procedencia y, sobre todo, apenas un aprendiz de aquel hermoso oficio, todos le consideraban ya un poeta. Sin embargo tenía que aprender ¡tanto aún!. Pero no, su decisión era firme: regresaba con los suyos, a su tierra, a su pueblo, con su gente y quería volver a sentarse junto al limonero de su patio para escribir; el resto, la fama y la gloria ¡ya llegarían!. Tenía que volver con ella, ¡añoraba tanto aquella melena morena!. Partió aunque tuviera que regresar después, pero marchó con esa sonrisa de niño feliz, sabiendo que era la mejor de las decisiones que en ese momento podía tomar. ¡Quería olvidar aquel desasosiego! y volver a escuchar, con su oído en el vientre, el fluir de la leche de aquella manada que como compañera fiel le animaba con sus balidos a escribir, entre parada y parada, algunos versos en su cuaderno.

Seguía leyendo. Esa lectura era una de sus favoritas, había ido a por el libro según dejó aparcado el ordenador; sólo que estaba vez la vivía con más intensidad, si cabía. Llegaba a la parte en la que ya habían pasado los años y volvía de nuevo a leer el reproche del hijo vivo: “¿por qué tuvo que regresar al pueblo?, a casa de mi madre, ¿para qué?, de haberse ido como le indicaron fuera del país, yo le hubiera visto de mayor, le hubiera conocido… ¿por qué?, ¿acaso no sabía que le atraparían?, oficialmente era un huido aunque le hubieran facilitado excepcionalmente la salida… ¿por qué?...”. Ella volvió a parar en ese punto; comprendía la actitud del hijo huérfano, de aquel dolor que causara no sólo de nuevo su encarcelamiento, sino la muerte segura, del sufrimiento y del hambre de la madre, de él mismo siendo un chiquillo. Y, sin embargo, mientras dejaba la lectura aparcada volvió hacia las ventanas abiertas. Hacía frío, habían bajado demasiado las temperaturas; aunque esta vez su frío interior era más profundo. Sus ojos seguían humedecidos y miraban al cielo enturbiado mientras se decía: “¿qué no daría yo por tirar un limón amargo?, de vivo amarillo, oloroso, brillante… y amargo, pero tan dulcemente lanzado, con tanto cuidado… ¿qué no daría yo porque él lo recogiera y se lo quedara y así sonriera con una sonrisa de niño feliz, sin que sufriera?”.



Publicado por Sina_Garcia @ 4:43  | Relatos
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