Viernes, 23 de abril de 2010

Durante mucho tiempo las flores campestres fueron mis favoritas; las margaritas, las amapolas, las violetas y las pequeñas campanillas eran las que prefería, después la rosa empezó a fascinarme. Sobre todo una tierna rosa, no un ramo, sino una única rosa aún sin abrir, con sus pétalos cerrados; me gusta observarla en todos los colores aunque el rojo me sigue produciendo un embeleso especial. No desdeño a la humilde e inocente margarita, de hecho puedo estar largo tiempo mirando un campo florido, pero ha dejado de molestarme el que las rosas tengan sus espinas. Pienso si no es casual el que el día de San Jordi sea el díaen el que se regala una rosa y que, por ello, ambos estén unidos.


... A veces no es por culpa de una hembra

Tienes el nombre de dos santos guerreros. No nos poníamos de acuerdo con tu nombre, como era habitual entre las tres; seguramente el de Antonio hubiera sido un bonito nombre, pero ya había demasiados "Antonio´s" en la familia. Estábamos tan ilusionadas con tu llegada que no dejamos que otros nombres pudieran considerarse, poniendo pegas a los que indicaban mamá o papá. Ana y yo nos decantamos por Miguel y varios eran los motivos que lo ratificaban: Miguel como "el morritos" Jagger, como Miguel Ríos y, ¡cómo no, en mi caso ese nombre!, el ser como el del poeta Miguel Hernández… a Piedi también le gustaba, pero a lo largo del verano cambió de idea: le gustaba más el de Jorge, Jorge como el vecino cubano que había llegado hacía poco al portal, cuya belleza no pasó desapercibida y así nos indicó en cuanto le vio- y es que, como ya nos tenía acostumbradas, aún siendo la pequeña de las tres, era ver a un chico macizo y “tirarle los tejos” y ponernos en antecedentes-. Después de unos días de duda y bastantes discusiones sobre tu nombre sobrevino tu nacimiento antes de tiempo y fue en la misma clínica donde se decidió por sorteo entre los favoritos, saliendo elegido el de Jorge Miguel -"YorYi" te digo en broma, aunque no te guste ni las bromas, sobre todo si son mías, o que se te recuerde la procedencia del porqué de ambos y mucho menos el que haya un famoso cantante gay británico con el mismo nombre artístico, ¡eso ya te pone de los nervios, jajaaaa, ahhh!-.

Un jueves dos de octubre, una noche muy calurosa, mamá notó los primeros síntomas. Era ya muy alta hora de la noche y papá estaba con un ataque de gota inmovilizado, así pues mamá y yo fuimos acercadas al hospital por el vecino del piso de arriba, Paco. Mamá llevaba un vestido con un pequeño fruncido y apenas había ganado peso durante el embarazo y yo un blusón ibicenco que me había confeccionado también con frunce, por lo que al llegar a admisión y gritar Paco: -"¡venimos de parto!", la monja y la enfermera que salieron fuera del mostrador nos miraron a las dos y preguntaron: -"¿cuál de ellas?". ¡Qué de risas cada vez que lo comentamos!. Mamá apenas se quejaba de los dolores que debía de estar pasando y es que, como ella decía, era ya el cuarto por el que pasaba… el ginecólogo nos informó desde el principio que era un embarazo de riesgo y no sólo lo fue por la edad de mamá y el tiempo transcurrido desde el embarazo anterior, sino también por todo lo acontecido aquel año. Ese verano mamá tuvo que localizar por teléfono a Piedi hablando una y otra vez con los unos y los otros, con los padres del chico, "ese chico", ese primer chico que no fue Víctor -con el que también sucedería lo mismo pero, como después diría papá a mamá cuando volvió a repetirse la misma historia, “ya era mayor de edad”-; Ana y David iban a la salida del trabajo a recorrer los lugares en los pensaban que estaría y preguntaban a los amigos de la pandilla y finalmente papá y los tíos fueron a por ella una vez ubicado el lugar en donde paraban… yo no tuve ninguna participación afirma “cierto texto largo-largo”, “no hice nada, sólo estaba en casa”... acompañando a mamá, llevando la casa y siendo testigo de lo que se decía y decidía, ese fue mi cometido; y es que, como venía ocurriendo en los años previos, ayudaba a mamá -que hacía tiempo había sido operada de su enfermedad crónica- y llevaba la casa. Desde los trece años había sido así.

En la clínica dijeron que ese día no nacerías pero que en cualquier momento podían repetirse los dolores de parto, por lo que dejaron a mamá ingresada y yo me quedé a acompañarla. Mamá me había indicado antes de salir que preparara la maleta con sus cosas y las tuyas -luego todo lo que llevamos te estaba demasiado grande y tuvimos que comprarte nueva ropa- y de paso cogí la labor de ganchillo que aún no había acabado. Durante las horas siguientes aprovechaba en la misma habitación a tejer la colchita que te hice de angelotes y que luego los sobrinos la usarían… no entiendo como Piedi ha podido ir desprendiéndose de aquellas prendas, de todos los trajes que de pequeños o de mayorcitos os fuimos haciendo mamá y yo, supongo que quien nunca ha hecho una tarea tan delicada desconoce el valor de lo que significa cada una de esas prendas que arropan los cuerpecitos de los pequeños; sólo guardamos mamá y yo el trajecito que te hice para salir de la clínica.

Recuerdo cómo las monjitas se acercaban a la habitación entusiasmadas por aquellos angelotes; entraban avisadas por las otras y opinaban sobre aquella colchita para tu cuna. Nos hacía gracia a mamá y a mí tanta algarabía y, cuando papá pudo ir el sábado, aún más al comentar las ocurrencias de aquellas monjitas y del recibimiento del jueves previo. Sólo aparté el ganchillo ese sábado en el que naciste y la noche que le siguió, pues mamá sufrió una subida tal de tensión que estuvo a poco de perder la vida… y no, no es exageración, es la realidad que quedó reflejada en el informe médico. Una confusión médica que pudo causarle la muerte.

Viene a mi memoria ese mismo sábado las visitas de todos los familiares y amigos hacia el nido en el que te encontrabas, y nosotras, tus hermanas, apuntándonos a acompañarlos para verte una y otra vez, y tú, guapísimo y con una piel de un rosa aterciopelado que llamaba la atención, empezaste a ser el centro de atención de todos, de todos... y de esta tu tata que sigue felicitándote cada San Jorge: feliz “uno de los dos santos”, Jorge, ¡feliz!. Aunque aún no hayas cogido el teléfono, feliz santo, tato.

... Mamá dice que te conozco como si te hubiera parido. No, no creo que sea así, pues “me las metes” de vez en cuando. Lo que tengo claro es que cuando dejes de ser tú, que es exactamente igual a como eras hace dos años -para qué engañarnos-, ¡no me lo creeré!, fijo que entonces diré: -“me lo han cambiado, ¡este no es mi tato!”.


Publicado por Sina_Garcia @ 23:56  | Sina y sus Vivencias
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