Domingo, 16 de mayo de 2010
El camino parecía eterno y sin embargo apenas había unos metros de distancia entre su alcoba y el otro lado de la casa. Al llegar, casi sin aliento, abrió el cajón; de manera intuitiva palpó y pudo alcanzar las tijeras, no se había parado a encender la luz y tampoco era necesario, conocía cada rincón de la casa aún a oscuras. Regresó por el mismo pasillo hasta llegar al gran espejo y se paró frente a él. Había decidido cortarse el pelo y preparó cuidadosamente sus cabellos divididos en dos partes lo más simétricas que pudo. Su mano portando las tijeras no llegó a reflejarse en el espejo, su cara, ahora descompuesta, mostraba una mueca de un amago de sonrisa grotesca; sin darse cuenta su mano cedió ante el peso de las tijeras, que cayeron sobre el suelo.

No supo cuanto tiempo estuvo mirando aquel rostro sombrío y desconocido hasta que sintió sus pies empapados por una masa viscosa y caliente. La flaqueza hizo que su cuerpo se tambaleara, al mirar hacia el suelo buscando algo a lo que sujetarse para no caer vio que su ropa estaba manchada. Como pudo, extendió uno de sus brazos hacia el lavabo; el aturdimiento iba en aumento y para cuando estaba limpiándose cayó en la cuenta de que era en vano. A través de sus manos teñidas de rojo se mostraron las incisiones en las muñecas. Cuando la interrogaron lo único que recordaba era aquella imagen deformada en el espejo que repetía cáustica una y otra vez: -“Lo siento, señorita, pero no puede ser. Como ya le expliqué, usted no puede donar sangre”.

Publicado por Sina_Garcia @ 1:00  | Relatos
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