Domingo, 16 de mayo de 2010

-“¿Y después, qué?”... repetía insistiendo, buscando la respuesta que ella no dio, que no quiso o no pudo dar. Sabía cual era, la que pretendía que le confesara y no, no había orgullo para no decirlo, no era eso. Era miedo ante una nueva ilusión que quizás no se cumpliría como la previa; también una necesidad de seguir siendo ella, sin precisar aún de alguien más, de no depender de él, al menos hasta no verse perdida, completamente perdida. La vida le había enseñado que ante cualquier adversidad tenía que buscar la salida sola. Tantas experiencias habían crecido demasiado su autosuficiencia y el negar lo contrario era afrontar lo que no podía ni estaba aún preparada para afrontar. Buscaba respuestas a esa pregunta sin tener que decir la que quizás tendría que haber confesado, hasta que se quedó sin ninguna y un llanto, al principio ahogado, se apoderó de ella.

-“¿Y después, qué?”... sintió tantas aflicciones en su alma como veces multiplicadas por mil había hecho aquella pregunta. Y lloró, lloró amargamente, mientras entraba en la habitación su amiga y enfadada le quitaba el teléfono. “Él no merecía sus lágrimas”, la dijo. Pero ello lloró, sin palabras para responderla, con el corazón desolado, postrada, seguía llorando, mientras se despedían con aparente frialdad. Porque el amor a veces duele y los sentimientos afloran traicionando lo que se intenta negar una y otra vez sin conseguirlo. Ese fue el principio de una pena, de un dolor, que sólo quienes saben de un amor afligido puede entender.


Publicado por Sina_Garcia @ 4:00  | Relatos
Comentarios (0)
Comentarios