Domingo, 16 de mayo de 2010

Su voz armoniosa, intensa y emotiva, llena cada recóndito espacio de la memoria de mi cuerpo; el arrebatador timbre recorre de nuevo mi oído hasta entrar en mi mente, fluye por las arterias, extendiéndose con los impulsos del corazón, penetra en cada fibra, oxigena la musculatura e invade los poros de la piel, ruborizándola al igual que lo haría la caricia del amado. Me acompaña, siempre me acompaña y por ella sé de su fuerza, de su pasión, de sus luchas y sus miedos, de sus dudas superadas, de sus recelos olvidados, de sus días de soledad, de sus combates perdidos y de las lizas que le esperan cada jornada, de su sapiencia sobre los mortales y de las energías que les envuelve en el todo, su voz me lo revela. Guardo con la mejor de las sonrisas el secreto: le conozco, creo conocerle mejor que nadie. Quizás como nadie. Ese secreto me hace feliz...

El matrimonio llega con su viejo camarada. La madre la besa tiernamente a la vez que el esposo saluda a su hija con una fría distancia. El hombre, formal y algo desgarbado, espera se cumplan las frases de rigor de los padres y aparcando el eterno bastón amigo en una silla se acerca a ella. Con natural y habitual protocolo emprende su charla para finalizar con una exploración usando sus vetustos instrumentales.

Pocos conocen el principio de esa amistad entre el médico y el matrimonio, pero ha de ser lo bastante grande para que el hombre les acompañe en su labor aparentemente estéril. Ninguna noticia nueva: el diagnóstico confuso y las mismas dudosas expectativas de progreso, veredictos ya conocidos.

Cuando los tres efectúan su visita, el auxiliar empuja la silla hasta la habitación para dejarla próxima a la ventana, aún le queda algo de luz al día. En la soledad, la paciente esperará el transcurrir de otra semana hasta la siguiente visita de los sábados. A través del ventanal puede verse su figura; su sonrisa, inmutable, es un enigma para los doctores y para el resto.

Sólo ella podía oír aquella dulce voz de él, guardaba en sus sentidos, en cada rincón de su ser, recorriendo su interior como si fuera el único alimento, la única energía o el único sol que precisara. Aquella cadenciosa voz aliada que no esperaba a los sábados.

El matrimonio llega con su viejo camarada. La madre la besa tiernamentea la vez que el esposo saluda a su hija con una fría distancia. El hombre,formal y algo desgarbado, espera se cumplan las frases de rigor de los padres yaparcando el eterno bastón amigo en una silla se acerca a ella. Con natural y habitualprotocolo emprende su charla para finalizar con una exploración usando susvetustos instrumentales.

Pocos conocen el principio de esa amistad entre el médico yel matrimonio, pero ha de ser lo bastante grande para que el hombre les acompañeen su labor aparentemente estéril. Ninguna noticia nueva: el diagnósticoconfuso y las mismas dudosas expectativas de progreso, veredictos ya conocidos.

Cuando los tres efectúan su visita, el auxiliar empuja lasilla hasta la habitación para dejarla próxima a la ventana, aún le queda algode luz al día. En la soledad, la paciente esperará el transcurrir de otrasemana hasta la siguiente visita de los sábados. A través del ventanal puedeverse su figura; su sonrisa, inmutable, es un enigma para los doctores y para elresto.

Sóloella podía oír aquella dulce voz de él, guardaba en sus sentidos, encada rincón de su ser, recorriendo su interior como si fuera el únicoalimento, la única energía o el único sol que precisara. Aquellacadenciosa voz aliada que no esperaba a los sábados.


Publicado por Sina_Garcia @ 0:10  | Relatos
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