Jueves, 27 de mayo de 2010

Demasiada alzada y demasiado joven, quiz?s; hab?a tardado demasiado en llegar y ya en el umbral de la entrada a su consulta no estaba por la labor de abrir la portilla que permitiera el acceso con la silla en la que durante horas se hab?a retorcido el cuerpo aquejado. Un rudo saludo ??por qu? va en silla?, ? acaso no puede moverse??, mientras la voz que empujaba la silla replica: ??Qu? no ve que no se sujeta?, apenas tiene fuerzas?.

El joven interno, sin resoluci?n alguna y menor inter?s en querer inclinar su estilizada figura para abrir el seguro de la segunda de las hojas que forman la puerta de entrada, no responde a la mujer, fijando su mirada en la aturdida y ya impaciente que apenas puede llegar a devolver la mirada en un esfuerzo de elevar su cabeza. Mientras la madre intenta empujar la silla una y otra vez, para conseguir entrarla por el insuficiente espacio, alguien se aproxima. Un hombre, tambi?n parece vigoroso y con camisa de cuadros, dice algo mientras quiere ayudar a la mujer. El joven m?dico cede ante los comentarios que desde la sala de espera de la UPA le increpan y agarra fuertemente a la mujer por las mu?ecas para levantarla y evitar el que la dichosa puerta se abra en su totalidad.

Un chillido instintivo y el desplome irremediable al soltar bruscamente el interno a la mujer ante su reacci?n de lamento. ??Por favor, por Dios!, ?qu? no se da cuenta que no puede???. -??Salgan, salgan fuera, ella selevantar? sola!, ?fuera he dicho!?. La voz de la madre responde nerviosa secundada por el hombre de camisa de cuadros, seg?n se escucha el portazo de la ?nica hoja de la puerta abierta y la silla fuera, acompa?ada en el pasillo por el revuelo generado.

Aunque est? a mis espaldas presiento que me mira, me observa, es como si quisiera no s?lo medir mi posible respuesta sino la suya, a partir de esa primera toma de contacto. Estoy sentada en el suelo, de bruces, en la posici?n en la que ca? al soltarme las mu?ecas el interno, el doctor sigue cerca de la puerta y me arrastro, he escuchado que yo sola puedo moverme y se lo digo: ?s?, puedo, con dolor, con esfuerzo, pero puedo, lo he hecho antes, s? antes??.

Intento poner las rodillas, olvidando que el simple roce de algo en contacto con ellas puede ser de nuevo insufrible, gateo con la idea de llegar hasta una de las sillas de la consulta. Afuera, en el pasillo de los acompa?antes a las urgencias, siguen oy?ndose los comentarios. Mi madre parece quejarse ante la doctora que me atendi? al llegar a primera hora de la ma?ana, ya deben de ser m?s de las cinco de la tarde. El interno del ?rea de psiquiatr?a se aproxima al comprobar que ya he alcanzado la silla y que con los brazos intento encaramarme al asiento, el cuerpo es demasiado pesado para m? pese a haber perdido m?s de cuatro kilos en los ?ltimos tres d?as. Pasa sus brazos por debajo de mis axilas y con algo de cuidado me sienta. Me permito una peque?a licencia, mi pensamiento se evade por un segundo? ?alguna vez sentir? -adem?s de en aquellos cada vez menos frecuentes sue?os er?ticos- placer al imaginar a un hombre sobre mi espalda?... me extra?o de tal idea, mis rodillas ya no me dar?n felicidad, tampoco ellas.

Empieza el interrogatorio formal una vez est? en su sill?n. No puedo verle, estoy en la posici?n en la que hab?a quedado la silla: de cara a la pared. Se levanta y me coloca junto a su mesa. Horas antes no pod?a impulsar los aros de la silla de ruedas, tampoco mis piernas pod?an manejar esta silla m?s ligera pero no menos ardua de mover.

Preguntas repetidas a ciclos controlados, sopesando si mis respuestas son coherentes? pero son inc?modas, molestas, hostiga tanto protocolo y tan poca diligencia. Es joven, demasiado inexperto y me mira, me mira sin entender si todo es una interpretaci?n de la "victimita", de la madre preocupada en exceso, de un mero recurso para conseguir una visita m?s y un diagn?stico m?s haciendo uso y abuso de las urgencias, si hay un motivo real,? si ha existido otro intento de suicidio. Pregunta, pregunta y pregunta y lo entiendo, ?pero estoy tan cansada!... y de poco servir? -lo s?, lo s? de antemano, por ello no quer?a ir de nuevo a urgencias, otra vez no-, me hace tomar una pastilla, sus ojos siguen sin ser fiables, no s? si desconf?a de m? o de su propio dictamen. Le ense?o las manos y la boca abierta con la lengua de fuera, con sarcasmo: "me he tomado todo-todo!.

Hace pasar a mam? que no se ha movido de la puerta. Nos habla y pregunta a las dos. Pregunta por cu?les son mis problemas ?en verdad?, -??en verdad?, que no puede trabajar y le siguen llamando las empresas, ayer mismo?? pero no le interesa que le contemos nuestra vida; tambi?n por el tema econ?mico: ??Se ha gastado las tarjetas?, ?pero son suyas o de ella??, sonr?o gesticulando con exageraci?n, mam? no interpreta bien lo que la pregunta el "doctorcito": ?no, doctor, no, no las he gastado en el bingo, no? son m?as y estamos hablando de pagar las compras, la comida, las pastillas, ya sabe: el vicio de los pobres?. Mam? mira al m?dico estupefacta ??no, por favor, no, mi hija no se ha gastado en esas cosas lo de las tarjetas, no!, ?pero qu? quiere decir?, ella nunca ha ido a uno de esos sitios, ni nada de eso?. Mam? est? apunto de reventar, lo presiento, le mira con odio. Nos dice que me dejan en Observaci?n, que he de insistir en que se adelanten las citas que me han retrasado, que transcurridas unas horas me ver? de nuevo y valorar? mam? le exige que me siente de nuevo en la silla de ruedas; no habr?a hecho falta, antes de hacerlo ya estaba levantado y cogiendo la silla que mam? no hab?a soltado durante todo el tiempo de espera en el pasillo; el m?dico me incorpora con bastante cordialidad y me deposita en la silla sujeta por mam?.

Antes de salir le pregunto si puedo decir algo: -?S?, claro?. -?No sujete nunca a un enfermo de fibromialgia por las mu?ecas?. -?No pretend?a hacerle da?o, disc?lpeme?. Abre ambas puertas para que salgamos, afuera el hombre de la camisa de cuadros nos espera y sigue ayudando a mam?. Un auxiliar toma la silla y me lleva a la Unidad de Observaci?n a tomar la tensi?n, hipertensa y muy descompensada coment? la doctora que me hab?a visto en primera instancia. A lo lejos se oye a mam? hablando con el resto de los familiares de otros pacientes quej?ndose y exigiendo explicaciones del trato recibido.

A las once y media de la noche estamos de vuelta de nuevo en casa. La escena de Sina tirada en el suelo arrastr?ndose e intentando ir a gatas por el despacho del interno de urgencias de esas horas, es una experiencia nueva: mofada y agraviada? y lo peor de todo es que en ese momento me importaba una mierda.


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