Mi?rcoles, 26 de mayo de 2010
Es hora de acostarse. Apago las luces a la vez que me voy aproximando a la ventana de la habitación, puedo llegar sin iluminación; el último rito antes de meterme en la cama es el de subir un poco la persiana no tanto por necesitar de la luz del exterior para dormir sino por un hábito adquirido para observar el cielo. De nuevo, pese a esta lluvia pertinaz, hay una claridad fuera de lo común; los rayos de la luna traspasan el manto de las nubes inclementes permitiendo apreciar en acentuado dorado a la ciudad dormida.

Me pregunto el porqué de esta claridad monocromática una noche más y mis ojos encuentran la ventana. La mirada se queda absorta durante algún minuto variando mis pensamientos; dejo esa sensación de inquietud que me produce el destello de la claridad lunar y considero el porqué de esa estancia iluminada.

Hace unos meses que los antiguos vecinos abandonaron el domicilio. Era una pareja de jóvenes estudiantes que trabajaban a media jornada. El chico ocupaba la habitación contigua a la cocina y la joven se alojaba en la siguiente. Era común verles sin empeño a última hora del día cada uno en su habitación con la actividad más frecuentada: la de hacer codos en su escritorio propio, a veces con el ordenador encendido y en otras con los libros y apuntes esparcidos sobre el escritorio. Los fines de semana esta tarea era modificada por la de recoger la habitación o la de disponer la ropa de la semana siguiente. No era preciso hacer ninguna vigilancia especial, bastaba con asomarse a la ventana o al balcón y podía verse la escena familiar dado el proceder de ambos de no usar la persiana de varillas ni correr las cortinas.

No se supo muy bien el porqué dejaron el piso de protección oficial. Por el barrio se comentó que no podían atender el precio de la vivienda. Sin embargo la precipitación con la que se produjo la mudanza, así como alguna que otra aparición de patrullas de la policía a altas horas de la noche personándose, también por lo que se comentó en las ocasiones en que se produjeron los avisos, para comprobar un posible asalto a la casa, dejó ciertas incertidumbres.

Al poco tiempo llegó la nueva ocupante: una mujer de mediana edad sola para una casa de tres habitaciones y dos cuartos de baño; pensaba que no podía entregarse una vivienda de tal dimensión para una familia unipersonal pero debo de estar equivocada. También podría darse que han quedado varias casas vacantes durante los pocos años en los que llevan los bloques construidos por el ayuntamiento, y en la mayoría de los casos el motivo por el que han sido dejadas ha sido la imposibilidad de hacer frente al pago de los gastos mensuales. La mayoría fueron de nuevo ocupadas, quizás obviando las normas hasta ahora empleadas para entregar una residencia y así han podido dar nuevo uso a las mismas.

En las últimas semanas he vuelto a observar en la noche como la ventana permanece iluminada hasta el amanecer. Siempre, todas y cada una de las veces en las que he ido a comprobar si el viento, la lluvia o el cielo despejado con el satélite -en algunas ocasiones con una dimensión que pareciera que casi podría tocarse con la mano-, la ventana de la cocina, la ventana que permanecía con luz durante las horas nocturnas cuando la casa estaba habitada por los anteriores inquilinos, permanece con iluminación.

Por el barrio de vez en cuando alguien recuerda, sin dilatarse en la cuestión, que los jóvenes aseguraban al llamar a la policía, con evidente nerviosismo, que alguien se encontraba en el apartamento.


Publicado por Sina_Garcia @ 14:30  | Relatos
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